Cuando Nuestro Señor Jesucristo dijo que el Reino de los Cielos es de los pobres de espíritu, sus palabras se entendieron perfectamente. Así lo entendió la Iglesia durante siglos. Aún no se había inventado la doctrina bergoglita, que no es más que un marxismo de arrabal, venido a la existencia por el odio a los contrarios. Por eso ahora, con los nuevos aires hermenéuticos, se entiende la predicación del Señor de forma diferente. No paran de hablar de los excluidos y de que hay que acogerlos. Pero digo yo que en el momento en que a estos excluidos se les incluye, dejan por eso mismo de ser excluidos. Con lo cual ya no habría que tenerles lástima. Una vez más, el espacio es superior al tiempo, como dice el Einstein bonaerense.

A pesar de que suena muy bien eso de incluir y no excluir, lo cierto es que si algo se incluye, es porque otro algo se excluye. Al menos en las matemáticas clásicas, aunque no sea normal en la contabilidad de los políticos, de los partidos y de esa especie de banda denunciadora de pecados capitalistas, que son los utópico-sinvergüenzas de nuestros días.

Esto lo digo a propósito de la noticia, tan exquisitamente preparada y realizada, del Jubileo de los Sin Techo, y de la Misa celebrada especialmente para ellos hace unos días. Gran cantidad de pobres acudieron a la celebración. Dice el cronista que eran más de 4.000 venidos desde toda Europa. Daba gusto ver sus caras, gozando del momento en que podían tocar el borde de la túnica de Bergoglio, que procesionaba entre ellos con una cara un tanto avinagrada. Venid a Mí, benditos de mi Padre, vosotros que habéis sido excluidos por el Sistema Capitalista.

Y para abundar más en el tema, y para hacerles auto-conscientes de por dónde deben ir tirando sus odios, Francisco les pidió perdón en el mismo acto. Perdón por los cristianos que ven a un pobre y miran para otro lado. Cuanto más aumenta el progreso, más aumenta la exclusión. Así dice el Oráculo. Yo, -que soy un fraile inculto en esto de la economía-, creo que cuanto más aumenta el progreso, más aumenta la posibilidad de que muchos sin techo puedan trabajar. Si no hay progreso no hay trabajo. Y si no hay trabajo no hay Techo. Así me lo ha corroborado Fray Peseta, que entiende de esto una barbaridad.

Ya he comentado muchas veces, que Bergoglio quiere hacernos creer que en la Iglesia -y en la Cristiandad en general-, nadie se ha ocupado de los pobres hasta que ha llegado él. Algo tiene de verdad, aunque yo lo matizaría: Nadie se ha preocupado de los pobres como él, porque nadie ha hecho de los pobres (esos excluidos del sistema capitalista), una bandera televisiva populista y electorera. La Iglesia ha cuidado a los pobres sin tanta algarabía, sin que la mano izquierda supiera lo que hacía la derecha y sin los utópicos supuestos marxistas. El Señor lo sabía muy bien y por eso decía: Pobres siempre tendreis entre vosotros. El plan de acabar con la pobreza de forma absoluta es una utopía. Es verdad que el marxismo acabó con la pobreza de muchos millones de seres humanos, pero eso fue por la vía rápida. A pesar de que ya se sabe que los comunistas eran los mejores católicos que hay en el universo. Pobrecillos. Los mandaban al otro barrio para que no sufrieran. Y es que los católico-comunistas (valga la redundancia), creían en la Otra Vida.

Le comentaba yo a mis hermanos de hábito, que estos excluidos -una vez que llegaron al Vaticano-, ya no eran excluidos. Todos ellos vinieron a esta celebración porque conocían a alguien, tenían algún enchufe, pudieron tener una recomendación y pudieron recibir dinero para el viaje. Como se puede ver en la grabación, todos -o casi todos-, llevaban celulares para hacer selfies de esos al paso del cortejo pontificio. Seguramente porque habían conocido a alguien que les dejó los celulares para la ocasión, digo yo. Porque si son sin-techo, deben ser sin-móvil. Los sacerdotes con albas y estolas de apariencia mugrienta, más bien estarían en la lista de los sin-champú. Esos son ontológicamente auto-excluidos.

Puestos a decir la verdad, los auténticos excluidos son aquellos pobres que no pudieron formar parte de estos 4.000 llevados a Roma. No conocían a nadie, nadie les invitó a viajar, ningún sacerdote-amigo les animó a venir, ninguna oficina papal les propuso la posibilidad de viajar a la Ciudad Eterna. Se quedaron sin invitación. Nadie les dijo nada. Como aquel paralítico de la piscina que le dijo al Señor: No tengo a nadie. Nadie los incluyó en el viaje a Roma. Quedaron completamente excluidos. De donde se deduce en lógica matemática, que no todos los excluidos fueron incluidos. O sea, que hay excluidos VIP. De ahí la gran farsa del Demagogo de turno.

Pero hay más. Cuando el Señor nos decía que había que salir a los cruces de los caminos y traer a todos los pobres, cojos, lisiados… al Banquete de Bodas, se preocupó mucho de asegurarse que llevaran el vestido adecuado. Hasta el punto de que cuando sorprendió a uno de ellos sin el traje requerido, lo mandó a los calabozos. ¿Se preocupó Francisco y sus mariachis de que estos Sin Techo fueran realmente católicos, antes de distribuir la Sagrada Comunión de forma tan burda y mercantil como se puede apreciar en el video? Porque si es verdad que en el ejercicio de la caridad no hay que mirar quién es quién, en el Sacramento de la Eucaristía se requiere el traje limpio. Sí, ese traje que Francisco quiere hacer desaparecer, dando sus particulares lecciones de teología y criterios de verdad, en la inspirada encíclica Amoris Laetitia. La sastrería de Bergoglio es como el taparrabos de Tarzán. Así lo entienden también sus sabuesos prestos a recibir el cardenalato con el color rojo, símbolo del martirio. Roma sí paga traidores en estos tiempos.

Y ya que estamos, podemos referirnos a otra visita a sus particulares excluidos. Esta vez en sus propias casas y ante las cámaras televisivas, claro está. Visita que rinde el Sumo Pontífice a los que un día abandonaron su sacerdocio. Para animarlos a seguir adelante. Para bendecir (y dar besitos) a sus esposas y a sus niños. Para …¿pedirles perdón, quizá?… o para seguir sembrando la duda y la contradicción.

¿No serán los verdaderos excluidos aquellos que permanecieron fieles a su sacerdocio en medio de enormes dificultades? ¿O es que resulta que, con los nuevos aires papales, los que NO traicionaron su vocación no merecen una palabra de aliento y de recompensa por su fidelidad? ¿Qué misericordieo subyacente hay en esta visita aparentemente inocua?

Por el momento, los cuatro cardenales que le han pedido explicaciones por su doctrina ambigua en la que peligra la fe, están excluidos. Ni les hace caso, ni les mira a la cara; y con su silencio, los desprecia. Les manda mensajitos entreverados de amenaza. No se atreve a responderles en directo y en claro. Yo creo que deberían haberse disfrazado de obispas suecas lesbianas antes de presentar sus dudas. Les habría contestado enseguida y les habría llamado por teléfono.

Menos mal que ya se acaba en estos días el Año Santo de la Misericordia Selectiva. Fray Malaquías está feliz, porque dice que ahora viene el Año Santo de la Justicia.

Así sea.

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