Estamos a las puertas de la Semana Santa. En el monasterio nos vamos sumergiendo en la plegaria que nos lleva a celebrar la Pasión del Señor. El tiempo ya es escaso y no puedo entretenerme. Este año, es San José el que nos abre camino hacia el Domingo de Ramos. La solemnidad de su fiesta se celebra a pesar de estar ya en las vísperas del Domingo de Ramos. Tenía que ser así. Este hombre extraordinario no puede dejar de celebrarse. Necesitamos de su constante protección. Y por eso mismo, su intercesión y atención a todas nuestras peticiones es eficaz, como decía nuestra querida Santa Teresa.

Este año no me resigno a contemplar especialmente a San José como Patrón de la Iglesia Universal. “Excesivo trabajo, para alguien que ya está en la Gloria”, decía yo en broma a mis novicios. Porque ciertamente, ocuparse ahora mismo de la Iglesia Universal debe ser arduo incluso para un santo, si se me permite la expresión. La situación de la Iglesia Católica, aunque alumbrada por los fastos del Año de la Misericordia, esconde bajo su manto las vergüenzas de una situación nunca antes vivida. Sepulcros blanqueados por fuera, carroña y podredumbre por dentro, aunque dicha corrupción y vicio se vea tan claramente, asomando la patita por debajo de la puerta. Una iglesia dirigida por alguien que va contra ella y animada por los miles de aplaudirores de oficio, que claquean y ovacionan, incluso a lo más profano y desacralizado.

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San José tiene que interceder por la Iglesia. Siento que nosotros no podemos hacer nada; solamente rezar y permanecer en fidelidad. Pero la sensación de abandono de esa misma Iglesia Universal es tan profunda y de tal magnitud, que su reparación requiere muchas fuerzas sobrenaturales y todo tipo de intervenciones divinas. De momento ya hay una intervención, porque parece ser que el Señor no ha querido que se mancille la imagen de su padre en la tierra con la publicación -en el día de su fiesta-, de la cacareada Exhortación Apostólica sobre la Familia. Jesucristo ama tanto a san José, que ha movido a los destructores y derrumbadores a esperar al mes de abril para hacer la transgresión ya anunciada por el cardenal Kasper, que tras un periodo de tiempo desaparecido, volvía esta semana a la carga con expresiones triunfales y aclamaciones misericordiosas. No le tengo ninguna envidia a este pobre Cardenal.

La Oración de la Misa de San José lo dice con claridad:

Te rogamos Señor, que nos ayuden los méritos del Esposo de tu Santísima Madre: para que alcancemos por su intercesión, lo que no podemos conseguir por nuestros méritos.

Y es que por mucho que queramos, esta situación de la Iglesia, en manos destructoras que derrochan y dilapidan el DEPÓSITO, solamente puede recomponerla el mismo que la fundó. Yo pido insistentemente para que la intercesión del Glorioso Patriarca San José abrevie los plazos para que todo vuelva a la normalidad y podamos ver con claridad lo que ahora sabemos por la fe: que las puertas del Infierno no podrán contra Ella.

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