Como mis novicios no saben castellano, les he tenido que dar una pequeña conferencia sobre el sentido de los gestos, y de ahí me he pasado a comentarles ciertos gestos pontificios, pues son los que más me preocupan. El gesto es un movimiento de las facciones que expresan claramente un estado de ánimo. Tener un gesto amargado, hablar con los ojos, fruncir el ceño… son gestos que hablan por sí solos y no necesitan palabras aclaratorias.

Pero gesto viene  a ser también, aunque el diccionario no lo recoja en su plena acepción, un modo de actuar que desvela lo que alguien piensa sobre algo. Y lo dice mejor que con un discurso completo. Un gesto displicente, es sin duda una muestra de disgusto o desdén. Un gesto de desprecio, es una suerte de irreverencia y vilipendio que se hace en cuestión de mili-segundos. Les he advertido a mis novicios -para que lo entiendan bien-, que los gestos pontificios no requieren que luego salga el P. Lombardi a reinterpretarlos, hermeneutizarlos y echarles vaselina. Se entienden por sí solos, sin intérprete.

Este Papa está lleno de gestos. Gestos amorosos y eufóricos para lo que le gusta. Gestos de ultraje, burla y ninguneo, hacia lo que odia y le enerva. Sí, porque aunque habla tanto de la misericordia y del perdón, siempre le sale el gesto de resentimiento y resquemor ante lo que desprecia. Parece que en estos casos, el olor a oveja se troca en olor a mostaza.

Estos días sale a la luz el ya famoso libro de las respuestas del Papa, ante las preguntas escogidas de muchos niños de todo el mundo. Me río yo de los peces de colores. Esas preguntas de niños han sido elaboradas por sus mayores, han sido escogidas por los pelotilleros curiales y han sido respondidas, mucho antes de conocer las preguntas. Dicen que soy muy mal pensado, pero no me resisto a creer que muchas de las cuestiones, han sido aprovechadas para meter de matute unas respuestas previamente pensadas. Primero contesto, después pregunto.

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Me imagino a los arquitectos del libro conversando: ¿Aprovechamos para meter alguna cosita sobre la Misa Tradicional? ¿Cómo lo hacemos? -Ya está: un niño le pregunta al Papa si él era monaguillo y Francisco -que para esto no necesita asesores-, contesta pegando un garrotazo vil de desprecio por esta Misa.

Y es así cómo en un libro de preguntas insulsas, con contestaciones geniales, aparece de repente, por arte de birlibirloque un gesto más del Sumo Pontífice, que en ese momento entra en proceso sicoanalítico y rememora su infancia, haciendo ver que el pobre niño Bergoglio lo pasaba fatal en esa misa, porque hay que tener en cuenta que: era muy aburrida, no entendían nada, el cura estaba de espaldas, el libro pesaba mucho y había que cambiarlo de sitio.

Estimado Alessio, sí, yo era monaguillo. ¿Y tú? ¿Qué puesto ocupas entre los monaguillos del altar? Es más fácil ahora, ya sabes: Es posible que, sepas que cuando yo era un niño, se celebraba la Misa de forma diferente. En aquel entonces, el cura miraba hacia el altar, que estaba junto a la pared, y no mirando hacia las personas. Luego, el libro con el que decía la Misa, el misal, se colocaba en el lado derecho del altar. Pero antes de la lectura del Evangelio se lo tenía que trasladar hacia el lado izquierdo. Ese era mi trabajo: llevarlo de derecha a izquierda. ¡Era agotador! ¡El libro era pesado! Lo tomaba con toda mi energía, pero yo no era tan fuerte; una vez lo tomé y se cayó al suelo, por lo que el sacerdote tuvo que ayudarme. ¡Vaya trabajo que hice! La Misa tampoco era en italiano. El cura hablaba pero yo no entendía nada, y tampoco lo entendían mis amigos. Así que para divertirnos nos gustaba hacer imitaciones del cura, alterando un poco las palabras para componer extraños dichos en español. Nos divertíamos, y realmente disfrutábamos de servir en las Misas.

Parece que el niño Bergoglio era muy poco piadoso, porque yo he conocido en mi infancia a muchos niños que estaban deseando ayudar a Misa. Y que comprendían el encanto de la Misa, habían sido educados en la belleza de la Misa y se sentían orgullosos de ser monaguillos. No se dedicaban a divertirse, ni a imitar al cura. Al niño argentino le encantaba bailar, pero se aburría en Misa. Qué bien.

Este es sólo un ejemplo. Gestos por aquí y gestos por allá. Unos de más calado y otros de menos importancia. Pero todos destructivos de la sana doctrina.

No me resisto a poner otro ejemplo de estos días: Si para enaltecer la misericordia de Dios y su capacidad de perdón, se dice que no hay que decir los pecados y solamente arrepentirse, se está bombardeando directamente la doctrina de la integridad de la confesión. Se ve que cuando el niño Bergoglio ayudaba a Misa aburrido, tampoco se aprendió bien el Catecismo de entonces que ponía como condición de una confesión bien hecha: decir los pecados al confesor. Seguro que ya pensaba por entonces este niño poco piadoso: Si alguna vez soy Papa, quitaré estas tonterías.

Esta semana celebraremos (?) el tercer aniversario del comienzo del Desmantelamiento. Lombardi sigue interpretando y muchísimos otros despistando. Otros, gozando.

Parece una eternidad…. y el virus sigue matando gente.

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