cicutaLos cuentos que se narraban a los niños en años pretéritos, educaban en las virtudes cristianas, ensalzaban a los héroes que luchaban con valentía por una noble causa, o ponían como modelo a los santos que habían abandonado todo por amor a Dios y brillaban por sus virtudes. Todavía no había llegado esta época gloriosa que sufrimos, en la que se escriben cuentos para niños aclarando lo que es una familia con una mamá y otra mamá, o unos papás que son papá y papá, o unos hermanitos que nacieron en una probeta, o unos titos que eran tito y tita, pero se cambiaron y ahora son tita y tito. En aquellos cuentos de toda la historia anterior a este dichoso siglo XXI, ya felizmente liberado de tabúes y de imposiciones culturales, desprendido de una educación impuesta por un cristianismo totalitario e impositivo, no habría cabido la historia del Piccolo uovo y del pingüino desubicado que tanto ha dado que hablar, explicar, desdecir, desmentir y disimular las pasadas semanas. piccoloAquellos cuentos de antaño se remontaban algunos siglos atrás hasta los Hermanos Grimm o los cuentos populares, o mucho más atrás hasta las fábulas de Esopo que luego los españoles Samaniego o Iriarte supieron transcribir e imitar.

Pues bien. Una de las enseñanzas habituales de los citados cuentos era siempre el intento de educar a los niños para que supieran distinguir la verdad de la mentira; la bondad de la maldad; las apariencias de la realidad. De ahí que se les advirtiera que debían llevar cuidado, porque la abuelita de Caperucita, tan enfermita ella y con su camisón puesto, bien podía ser el Lobo Feroz; o que aprendieran de las precauciones que llevaban los Tres Cerditos con los que llamaban a la puerta con voz débil y suave, porque también podía ser el Lobo. O que desconfiaran de las viejecitas que ofrecían generosamente manzanas muy grandes y apetitosas, pues bien podían ser el Hada Malvada que quería destruir a Blancanieves. O que fueran cautelosos ante la Madrastra que trataba muy bien a Cenicienta en presencia de su papá, pero en cuanto éste se daba la vuelta, la ponía a fregar suelos y la maltrataba sin misericordia.

O sea, que se enseñaba a los niños que las cosas no siempre son lo que parecen y hay que ser precavidos. Gracias a eso, muchos héroes de los cuentos se salvaban, con el consiguiente final feliz. Porque esta es otra: aquellos cuentos tenían final feliz, o sea, que brillaba la verdad, triunfaba la bondad y los malos se iban a freír espárragos sumergidos en un castigo muy merecido. Bien podríamos decir que estos cuentos se añadían a esa sabiduría popular que los abuelos enseñaban a sus nietos y los padres a sus hijos para que no se la pegaran fácilmente. Dicho en paladino romance: Hijo mío, estáte alerta y espabila para que no te la peguen o para que no te den gato por liebre. Cuántas veces me repetiría eso mi abuela, una mujer ruda pero sabia y nada alelada ante la realidad.

Nuestro Señor nos proveyó también de jugosas sentencias, intentando provocar en los cristianos el espabilamiento para no dejarse engañar: Cuidad que nadie os engañe. O para que empleáramos la astucia y no nos fiáramos facilonamente de cualquiera: Sed sencillos como palomas, pero astutos como serpientes. O para que supiéramos descubrir cuándo un sepulcro blanco por fuera podría estar repleto de podredumbre por dentro. O cuando una ovejita claramente aderezada de lana, pudiera ser un auténtico lobo.

Algunos de mis novicios dicen que yo me paso de mal pensado y suspicaz. Tienen mucha razón, pero la verdad es que prefiero pasarme por ese lado, antes que convertirme en un ingenuo-pazguato-crédulo que se trague las informaciones tal cual. Y más en este mundo en que vivimos, en el que se transmite justamente lo que se quiere que el oyente crea. Nuestro sabio refranero lo expresa muy bien al recordarnos que no es oro todo lo que reluce, que donde menos se piensa, salta la liebre, o si piensas mal, acertarás.

La verdad es que después de dos años y medio de desatinos y desgarros en la Cristiandad, en que se han puesto entre paréntesis doctrinas pacíficamente admitidas por los católicos desde siempre, no me fío ahora de las posibles buenas acciones. Y se han puesto entre paréntesis por medio del cotilleo periodístico, alentado e insuflado desde arriba, promoviendo encuestas entre los cristianos para ver qué piensan que se debe hacer con la Ley Divina. Lo siento, pero no me fío. Era el Señor también quien nos decía que al árbol se le conoce por sus frutos y no se puede esperar un fruto bueno de un árbol malo. Y yo, francamente, si me encuentro en el huerto del convento un árbol que tiene todos los frutos malos, no me arriesgo a comerme un fruto chiquitín, aunque aparentemente se encuentre en buen estado. Que lo coma quien quiera, pero yo no.

La misericordia se puede servir en bandeja de plata, pero puede llevar unos cuantos gramos de cicuta. Yo veo que la decisión de legalizar las confesiones de los sacerdotes de San Pío X, no ha hecho otra cosa que armar lío. También aquí se puede aplicar el divide y vencerás de los romanos, adoptado después por Maquiavelo. El espectáculo de división ha estado muy bien servido en el mundillo bloguero: los que acatan el comunicado con sumisión, los que lo celebran con alegría, los que lo celebran con no tanta euforia, los que dicen que no añade nada, los que piensan que no hacía falta y los que acusan de traidores a los que lo celebran. La verdad es que el espectáculo ha sido genial, mientras la prensa y los medios progresistas alaban una vez más esta especial misericordia que abre la puerta a los recalcitrantes, mientras éstos siguen en sus trece y se tiran los trastos entre ellos.

Cui prodest?, se preguntaban también los romanos. ¿A quién beneficia esto?, le decía yo a mis novicios ingenuos. Quienes ya se confesaban con estos sacerdotes, seguirán confesándose y los que no se confesaban no creo que los busquen para confesarse (teniendo a mano otro confesor de manga algo más ancha). ¿Algún infocatólico buscará confesión entre los lefevbrianos? ¿algún lector de religiondigital irá en busca de un píodécimo? ¿algún obispo cederá los confesionarios de su catedral para que estos sacerdotes puedan dar la absolución? ¿qué le pasará a un seminarista de cualquier diócesis española (pongo por caso) que diga que se ha confesado con uno de la Fraternidad San Pío X? ¿algunos de los frailes que conozco bien, pedirán confesión a éstos? ¿podrán entrar en algún convento de monjas si alguna de la comunidad desea confesarse con ellos?

Francamente, no lo creo.

Pero mientras tanto, ha quedado claro que la misericordia es para todos. Y aplicando una vez más la sospecha de los frutos en el arbolito, pienso que lo que se quiere transmitir es esto: que así como hemos tenido misericordia con los raritos de la Fraternidad de San Pío X, la tenemos que tener también con los divorciados vueltos a casar. O con la autora del cuento del Piccolo Uovo. O con el Obispo que defiende a los homosexuales flamantemente recibido en audiencia.

En el conocido cuento, las ovejitas querían ver la patita por debajo de la puerta para comprobar si era su mamá la que llamaba. No eran tontas. No se fiaban de la voz suave, ni de la piel de oveja, y sabían muy bien que las garras de las patas son difíciles de ocultar.

Y es que hay cariños que matan, y caramelos envenenados. Hay misericordias para cambiar la ley divina y misericordias aderezadas con cicuta para armar lío.

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