Uno de los temas frecuentemente repetidos en el Nuevo Testamento y que siempre estuvo anclado en lo más profundo de la espiritualidad cristiana de todos los siglos, es el que se refiere al espacio de tiempo que falta hasta la Segunda Venida del Señor. Venida que será en poder y majestad. Para recapitular todo, para dar el premio a los buenos y el castigo a los malos. O -para decirlo con las mismas palabras del Señor-, para separar a las ovejas de los cabritos. Curiosamente, los cabritos están a la izquierda y las ovejas a la derecha. No sé si es que el evangelista que transmitió estas palabras del Señor era un tradicionalista precoz o un declarado anti-teólogo de la liberación. Según las enseñanzas magisteriales de hoy en día, los buenos son los de la izquierda y los malos los de la derecha, que además siempre andan de puntillas y con avinagramientos de carácter. Tendría que haber dicho los buenos a la izquierda y los pepinillos a la derecha. Pero dejemos eso por ahora.

El caso es que -incluso el mismo Señor,- nos alertó de la importancia de que este tiempo de espera, sea vivido en nuestra propia vida con ansiedad y con vivos deseos, con fidelidad y paciencia, con alegría y esperanza. Porque en todos los tiempos de la Iglesia, se supo que este mundo es pasajero y que es en el cielo donde tenemos nuestra morada permanente, según dice la Carta a los Hebreos. O sea, que merece la pena esperar. Y esto mismo exige, por otra parte, una actitud que lleva consigo el saber conservar lo que se tiene para que cuando venga el Amo lo encuentre todo bien preparadito: así, los criados que esperan a su amo a que vuelva de las bodas; las vírgenes que esperan la llegada del Esposo; o el que vigila atenta y cuidadosamente para que si llega el ladrón, no se lleve los muebles.

Hay en el evangelio de san Mateo (24,45) unas palabras del Señor que exponen esta doctrina de forma exageradamente actual. Tenemos que meditarla, para que no nos ocurra a los que estamos en el sacerdocio y somos pastores del rebaño (aunque ahora no se piense así).

Habla de un siervo puesto al frente de la servidumbre: o sea, de uno constituido en autoridad sobre el resto de los siervos; el que tiene que darles la ración de comida en el momento adecuado, el primer administrador de los bienes del Amo. El Jefe, aunque él no quisiera que le llamaran así. Debe ser fiel y prudente, dice Jesús. Lo cual indica mucho: tiene que guardar lo que se le ha encomendado (fiel) y lo tiene que repartir de forma adecuada (prudente). Tiene que saber repartir bien la ración de trigo y a quién la debe repartir. Si cuando el amo vuelva lo encuentra obrando así, lo pondrá al frente de toda su hacienda: lo encumbrará más todavía. Lo recompensará infinitamente. Dichoso él, dice el Señor.

Y sigue el texto evangélico con estas terribles palabras:

Pero si ese siervo fuese malo y dijera en su corazón: “Mi amo tarda” y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y a beber con los borrachos, volverá el amo de aquel siervo el día menos pensado y a una hora imprevista y lo castigará duramente y le asignará su suerte con los hipócritas. (24, 48-51)

En este texto ha consistido mi charla de hoy a mis novicios modernistas (a los que vienen a mi celda a preguntar a escondidas). Con su habitual ingenuidad me preguntaban que querría decir entonces eso de “golpear a sus compañeros” y “comer y beber con los borrachos”, actitud que según el Señor tendría el Siervo Mandamás que se cree que el Amo no vuelve, o que va a tardar tanto que no merece la pena esperar. Y por eso mismo se piensa que es el Amo de toda la hacienda, disponiendo de todas las cosas a su antojo.

Les he dicho que no estoy bien seguro, pero hay una cosa clara: que les atiza a los suyos (a los que en teoría son sus compañeros de viaje); y se corre las juergas con los de fuera (con los que no esperan en nada y les importa un comino la venida del Amo). Borracheras y juergas con los de fuera.  Bastonazos y estacazos con los de la propia casa. Destrozo del material de la propia casa. Cuidado exquisito con las malvadas propiedades de la casa de los borrachos. Latigazos hacia adentro y piropos hacia afuera. La verdad es que no estoy muy seguro de qué querría decir el Señor….

La suerte de estos malos administradores, la recompensa a su funesta gestión es la misma que se les asigna a los hipócritas. Se les manda con ellos. Se les mete en el mismo grupo sociológico y eterno. Y es que atreverse a ser el administrador, o hacer gestiones para convertirse en administrador… y luego destrozar la hacienda y encima beberse los buenos vinos del Amo con los enemiguetes, que dicen que el Amo jamás vendrá, es para poner los pelos de punta. O rechinar los dientes, dice Jesús.

 

 

 

 

 

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