Mal deben andar las cosas, y bastante se deben estar abriendo los ojos, para que algunos ya se atrevan a solicitar al Colegio Cardenalicio que se piense bien si Francisco debe seguir en su puesto, o por el contrario sería mucho mejor que pasara al dichoso, feliz y bienaventurado escaño de los Eméritos, de manera que alguien pudiera reconducir la divina doctrina revelada por los cauces que previó el Señor.

Los que siempre han visto con naturalidad que en otras épocas hubiera Papas desastrosos para el gobierno de la Iglesia, papas débiles, papas políticos, papas inmorales e incluso –¿por qué no decirlo?–, papas sinvergüenzas; los que aceptan con toda serenidad los datos de la Historia de la Iglesia en torno a papas inútiles, bajo cuyo pontificado la Iglesia quedó debilitada y seriamente dañada… no se atreven a admitir que hoy en día pudiéramos estar viviendo una de esas etapas calamitosas y catastróficas de la historia eclesial y que por eso mismo esté necesitada de una seria reforma. No se atreven a admitir –al menos con la boca grande y hacia afuera–, que este Pontífice nos está dejando por los suelos la Institución y la Doctrina.

Creo que para los sedevacantistas, esto no constituye problema. Están esperando que les caiga del cielo un Papa auténtico. Y cada día se les hace más difícil, porque encontrar ahora un Cardenal que hubiera sido ordenado sacerdote y obispo antes del Concilio, es bastante improbable. Como según ellos estamos ya muchos años en Sede Vacante, parece difícil poder remontar la situación. Por eso, aunque me merecen profundo respeto, los sedevacantistas están enquistados en la necesidad de fundar para ellos otra nueva Iglesia que mantenga esas coordenadas.

Más acertados me parecen los seguidores de Monseñor Lefebvre, que no son sedevacantistas y reconocen que Roma perdió el norte hace muchos años. Al fin y al cabo estaba predicho en multitud de profecías, que era posible que Roma perdiera la Fe o que la apostasía se instalara en sus muros. Pero también desde esta perspectiva las cosas tienen difícil solución. Solamente les queda esperar a ser reconocidos con pleno derecho en esta Iglesia actual, y de ahí proceder a una reforma absoluta de arriba abajo. Pero claro está que dialogar ahora mismo, tal como está el panorama, no deja de ser un riesgo. De ahí que entre los propios obispos y miembros de la Hermandad de San Pío X haya cismas internos, reacciones y contra-reacciones, abandonos, quejas y luchas que no producen otra cosa que permitir que el Enemigo se frote las manos y el desconcierto siga siendo monumental. Por eso mismo me siento favorable a que sigan como están por el momento, haciendo el bien y proclamando la doctrina de siempre… y Dios proveerá.

Comprendo que es tal la confusión, –de manera semejante, aunque mucho mayor a la de otras épocas de la Iglesia–, que hay opiniones para todos los gustos. Y no puedo desdeñar ninguna de ellas, porque la gravedad de la situación así lo exige. Suelo ser muy respetuoso con todos ellos, unos y otros, aunque a veces ellos no muestran excesivo respeto por los que pensamos de otro modo; o por los que sencillamente, no han tenido más remedio que estar dentro de esta Iglesia que tanto nos hace sufrir, viendo lo que vemos, pero aguardando que Dios Nuestro Señor ponga fin a esta situación, bien con su Venida Gloriosa, bien con su Amor por la Iglesia de la cual es Cabeza y a la que por lo tanto, algún interés tendrá en reconducir. Aquí podríamos recordar aquél versículo de Isaías citado también por Jesús: La caña cascada no la quebrará y el pabilo vacilante no lo apagará, porque no puede Dios dejar que la Iglesia muera, aunque sí está permitiendo que resulte gravemente herida. Me parece que si no adoptamos esta postura, nos vemos obligados y necesariamente abocados a pensar que podemos construir cada uno de nosotros una Iglesia separada de Roma.

Comprendo que este punto de vista desagradará a muchos (de hecho tengo en mi convento opiniones de todo tipo), pero me parece que es la única salida. También en esto el grano de trigo tiene que morir para dar fruto. Las preocupaciones de tantos cristianos, las oraciones de tantos fieles desarmados por los hechos actuales, el sufrimiento de tantos sacerdotes, la sangre de tantos mártires, serán las encargadas de conseguir de Dios que esta situación se enderece, cuando lo crea conveniente Su Voluntad.

Pero volviendo al actual Pontificado, si hubiera que poner un ejemplo gráfico y bien visible del desastre, los españoles lo entenderían muy bien si dijera que este Papa en el Vaticano, es como Zapatero en la Moncloa. Y supongo que cualquier hermano hispanoamericano puede poner en sus labios un ejemplo análogo. Todos nos entendemos.

Pero ya hay muchos que hablan de la defenestración como una solución posible. Nada habría de extraño. Nos han bombardeado tanto en este último año y medio con actitudes inesperadas y cambios repentinos, que nos vamos haciendo a la idea de que pueden pasar cosas impensables hasta la fecha, sin que se produza ningún trauma. Los que nos quedamos de piedra cuando Benedicto XVI -menuda decisión que sólo Dios conocerá- anunció su renuncia, veríamos ahora con bastante gusto la renuncia de Francisco. Él mismo lo dijo hace poco en su habitual estilo: tenemos un Papa Emérito, y nada pasaría si tuviéramos dos, igual que tenemos muchos obispos eméritos y nadie se extraña de ello.

Claro que lo que se propone ahora no es solamente el hecho de la renuncia, sino una renuncia precedida de defenestración. O sea, una expulsión en toda regla, por las consecuencias inevitables de la traición a la misión recibida. Lo explican muy bien los que proponen tal cosa. Usted está incapacitado para gobernar, usted está despedido.

RenunciaPero los cardenales nunca harán esto. No olvidemos que ellos mismos son lo que eligieron abrumadoramente al cardenal Bergoglio. Y no se van a dar ahora un baño de humildad diciendo que se equivocaron. Pocos serían los que reconocieran todos estos hechos. En realidad, ellos han sido los grandes culpables de esta situación y de ello tendrán que dar cuenta a Dios. Por tanto, no creo en esa defenestración organizada y mayoritariamente aprobada. A pesar de que estoy seguro de que alguno habrá que pronto tendrá que hablar todavía más claro.

Sin embargo, reconozco que tal pensamiento me agrada. Ya no es posible ver con los mismos ojos a quien está destrozando la Viña con sus manipulaciones, su soberbia, su displicencia hacia la fe, su totalitarismo disfrazado, su impiedad y su populismo de pacotilla. La alegría de los Enemigos de la Fe ante esta situación es prueba de ello. Y una buena defenestración en el momento adecuado, probablemente no estaría mal. Aunque con ella habría que reducirlo al silencio más profundo, porque un incontinente verbal emérito es un más peligroso que el ébola. Habría que enviarlo al páramo, a hacer penitencia y estar a pan y agua hasta el fin de sus días, con la boca cosida y sin posibilidad de manipulaciones mafiosas de esas que tanto denuncia.

El tema está en manos de los Cardenales. Pero no esperen ustedes gran cosa. Mientras tanto, las malas noticias se agolpan y seguirán acumulándose. Pero para Dios nada hay imposible. Tendrá que suscitar reacciones. De momento ya hay mucha gente bastante descontenta y malhumorada. Hay mar de fondo. Dios puede actuar.

fueraPero cada día tengo una cosa más segura. Quien decidió que Francisco viviera en Santa Marta, no fue él mismo sino el Señor. No es posible que Dios permita habitar en los Palacios Vaticanos, a este hombre que vino del fin del mundo a demolerlo todo. Dios no ha querido permitirlo. Y por eso lo ha dejado en el vestíbulo. Al menos las estancias donde vivió San Pío X o Pío XII no se han visto rebajadas y degradadas en su dignidad.

Y es que Dios actúa poco a poco. Sin prisas. Pero actúa.

Anuncios