En los primeros años del post-concilio se puso de moda la llamada Denuncia Profética. Todos los sacerdotes pro-conciliares, acusaban de pre-conciliares a los que no pensaban como ellos, al tiempo que fundamentaban sus sermones denunciando a todos con el dedo de Dios. Eran los años de las predicaciones acusadoras, al estilo de los profetas más tremebundos del Antiguo Testamento, concentrándose en la opresión (el pueblo gime en el dolor, quiere resurgir…), en los explotadores (que Dios quebrante al explotador…), en las estructuras injustas y así sucesivamente, desempolvando textos de los Salmos y de los Profetas, leídos -claro está- en clave estrictamente marxista, que es lo que entonces se llevaba. Cada sermón de muchos curas obreros, fontaneros, miembros de sindicatos comunistas, en los escasos momentos que visitaban su propia parroquia, representaba un nuevo paso adelante en el arte de insultar a los que estaban presentes (asistiendo a misa), y alabando a los que no venían: porque eran auténticos y no se identificaban con esta Iglesia de ricos y de cumplidores. Hace mucho tiempo ya de esto, pero lo recuerdo con mucha claridad. Denuncias Proféticas que comenzaron a disminuir cuando cayó el Muro y se le vio definitivamente el plumero al socialismo que ellos llamaban “real”. Fue en ese momento cuando comenzó a entrar Gramsci por la puerta de servicio, tal como ya comenté en alguna otra ocasión.

A mí me recuerdan mucho aquellos tiempos cada uno de los sermones de Santa Marta. Todos son acusaciones contra cristianos falsos, o mediocres, o tibios o inauténticos o de apariencias. Y como aquí ya nos conocemos todos, pues se sabe a quiénes se está refiriendo. Me gustaría escuchar al Papa algún sermón sobre la belleza de la doctrina cristiana, sobre la importancia de algún dogma, sobre la liturgia, sobre la moral o sobre la profundidad de las doctrinas espirituales de los místicos o sobre los santos. Sería estupendo escuchar de sus labios magisteriales (¡) alguna profundización en las verdades dogmáticas o algún escarceo por la historia de la Iglesia. O sencillamente alguna demostración de que se puede leer el Evangelio sin rencor y sin claves. Me da pena cuando veo esos videos santa-martinos tan divulgados (pero ya tan cansinamente repetitivos), en los que improvisa cinco minutos de disimulados exabruptos y andanadas, enviadas inevitablemente en una determinada dirección.

Siempre hay ocasión de acusar a los otros y siempre tiene que poner el ejemplo correspondiente, citando algo que caracteriza a cristianos más o menos tradicionales o que cumplen las normas. Parece que habla sin corazón, con denuncia profética, acusando más que animando, sin referencia alguna a la necesidad de lucha cristiana y por supuesto sin una palabra de aliento. Desconcertante modo de actuar de un Padre (¡) que se supone que tiene que hablar a la Cristiandad, necesitada de doctrinas serias y sólidas. Y no de una charlita pobre de parroquia chusca, más propia de cristianos resentidos que de verdaderos entusiastas de su fe.

Ayer hablaba de los cristianos tibios. Todos sabemos lo que esto quiere decir. Un cristiano tibio es el que tiene el corazón enfriado de caridad. No ama lo suficiente a Dios, no siente por Él la más mínima afección porque su corazón está lejos de Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor. Que buena ocasión para hablar de tantos cristianos que han abandonado su vida de piedad, y que deben volver a recuperar su asistencia a los sacramentos, a la relación con Dios, al Amor de Dios, a la Eucaristía y a la Santa Misa.

Pues no. Para el Papa Francisco, los cristianos tibios son los que están contentos porque van a Misa. No tiene otro ejemplo que poner que los que se sienten seguros porque están en Gracia de Dios.

Quien vive así – afirmó el Papa – piensa que no le falta nada: “Voy a Misa los domingos, rezo algunas veces, me siento bien, estoy en gracia de Dios, soy rico” y “no tengo necesidad de nada, estoy bien”. Este “estado de ánimo – advirtió – es uno estado de pecado: la comodidad espiritual es un estado de pecado”. Y con éstos – recordó el Santo Padre – el Señor “no ahorra palabras” y les dice: “Porque eres tibio estoy por vomitarte de mi boca”. Sin embargo – prosiguió explicando – les da el consejo de “vestirse”, porque “los cristianos cómodos están desnudos.

Desde luego que puede darse esta situación. Pero ¿por qué enzarzarse precisamente con los que van a Misa? ¿Por qué engrescarse con los que están casados por la Iglesia?

“¿Yo soy uno de estos cristianos de apariencias? ¿Estoy vivo dentro?, ¿tengo una vida espiritual? ¿Siento al Espíritu Santo?, ¿escucho al Espíritu?, ¿voy adelante, o …? Pero, si parece que todo está bien, no tengo nada que reprocharme: tengo una buena familia, la gente no habla mal de mí, tengo todo lo necesario, estoy casado por la Iglesia… estoy ‘en gracia de Dios’, estoy tranquilo. ¡Las apariencias! Cristianos de apariencia… ¡Están muertos! Pero hay que buscar algo vivo dentro y con la memoria y la vigilancia, reavivar esto para que vaya adelante. Convertirse: de las apariencias a la realidad. De la tibieza al fervor”.

Parece que si un cristiano me dice que él escucha al Espíritu, es que va adelante. Pero si está casado por la Iglesia y vive en gracia de Dios, la cosa es preocupante porque puede ser un cristiano de apariencias.

Comentando esto en el coro, me decían algunos novicios que yo soy muy exagerado y que el Santo Padre no ha querido decir exactamente esto. Puede ser verdad, pero desde luego la lectura que se desprende de estos sermocillos es de pena. No quisiera dar otros calificativos. Pero realmente me produce auténtica pena, abatimiento, desazón y desconsuelo. Por eso me viene a las mientes la denuncia profética. Los malos son los demás. Y los buenos son los que no cumplen, pero escuchan al Espíritu. Me río yo de las escuchas del Espíritu sin una vida de piedad y de sacramentos. A mí ya no me la pegan los predicadores profetas de estos tiempos.Mientras tanto, la burla está servida. No hay más que asomarse a este video, que al fin y al cabo produce una pena que aflige y atormenta el alma, para ver en qué estado nos encontramos. Señor, ten piedad.

 

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