Nos llaman nostálgicos a los que echamos de menos aquella Iglesia anterior al Concilio Vaticano II, y es verdad. Pero no aciertan en el verdadero porqué de nuestra nostalgia. Dicen -de forma malvada-, que echamos en falta la pomposidad, el boato y la ostentación, las formas y maneras de entonces. Hasta el Papa Francisco, en uno de sus muchos insultos a los amantes de la tradición, llegó a decir que echamos en falta las puntillas. O le dijo al famoso monaguillo que por qué llevaba las manos pegadas. Bueno, se le puede perdonar, porque él ha sido así de poco puntilloso toda su vida, por lo que cuentan sus compatriotas argentinos.

Lo cierto es que, sin entrar en más detalles, me ha impresionado la filmación que me ha enviado un buen amigo. Mis novicios dicen que produce mucho respeto y unción. Cómo será, para que ellos -infeccionados de modernismo-, digan esto. Pero es que no cabe duda: para cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad, de amor a la Iglesia y al Papado, este video genera nostalgia. Provoca unción. Suscita sobrenaturalidad. Digan lo que digan los enemigos de estas formas y maneras. Pues bien, yo me quedo con aquellas y me espantan las actuales, con besitos del papa a todos los que se encuentra, con chatitos de mate y con saludos de finalista olímpico. Lo siento. Mea culpa.

Probablemente tenga que someterme a una revisión sicoanalítica por parte de algún psiquiatra cardenalicio, o tendrán que darme una cura de medicina campestre y un reiki de urgencia. Tendré que escribir doscientas veces: No seré pelagiano y amaré la liturgia creativa, pero desde luego a mí no me la pegan. Lo de antes era unción, recogimiento y fervor. Lo de ahora es hortera, macarra, mediocre y ramplón. Y desprovisto de sobrenaturalidad, claro.

Y no digo más. El que pueda entender que entienda, y el que pueda disfrutar, que disfrute.

 

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