Cuando Francisco I subió al poder pontificio –que no al Solio-, una de las primeras confidencias que hizo a la prensa fue que él no era un príncipe renacentista. Llamó la atención de todos cuando no asistió a un Concierto en el que se esperaba su presencia, mostrando su lejanía con el concepto de Pontífice del Renacimiento. Más bien desde entonces ha querido que le veamos como Príncipe Popular, que es lo que a todos los progres les suele gustar que les llamen. Hacía tres meses que había sido sabiamente elegido y entonces estas cosas sonaban raras. Hoy ya no se extraña nadie. Es más, a estas alturas año y medio después, se extrañaría el pueblo fiel si le viera asistir a algún evento culto, mientras no produce asombro alguno verle tomar mate durante sus paseos por la Plaza de San Pedro, o besuquear a Cristina Kitchner y abrazar a Maradona o a algún que otro cura mariquita (aunque en el pecado lleva la penitencia, la verdad).

Sin embargo, como siempre suelo decir, basta que alguien presuma de algo para hacer notar en seguida alguna carencia como dice el refrán: dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Una de las características de los Papas Renacentistas, fue su labor como mecenas de la cultura occidental. Grandes papas que se ocuparon quizá excesivamente de estos temas, pero que no se dedicaron a  patear la doctrina de la fe. Creían en el pecado y ellos mismos se sabían pecadores. Y ni se les hubiera ocurrido decir de pasada que la corrupción es un mal mayor que el pecado. Pero bueno, es que aquellos papas habían estudiado teología.

Tenían estilo, maneras y modos grandiosos. Y dejaron un legado monumental. Gracias, por ejemplo al Papa Julio II, que decoró con Miguel Angel la Capilla Sixtina, hoy puede el Papa Francisco alquilarla a los de Porsche para que hagan un evento millonario, de esos que nunca le han gustado a él porque lo suyo son los pobres. Yo creo que debe habérselo sugerido el cardenal Burke, porque eso no le pega a Francisco.

Otra característica propia de los pontífices renacentistas fue la de colocar nepotes entre sus cardenales, obispos y corte palaciega. Cosa que sí veo que le gusta al papa actual. Pero también en esto hay diferencias. En aquellos tiempos gloriosos, los nepotes tenían categoría y también poseían estilo. Sabían teología y eran auténticos señores en lo que se refiere al empaque con que se movían. Pensemos por ejemplo en el gran San Carlos Borromeo, nepote del papa Pío IV que le nombró cardenal y administrador de los Estados Pontificios con tan solo 22 años y además de eso arzobispo de Milán (antes de que desembarcaran allí Montini y Martini cuatro siglos después), que tanto contribuyó al Concilio de Trento y colaboró con Pío V en la obra de la Reforma Tridentina.

carlos_borromeoHoy día los nepotes son vulgares y advenedizos. Como los nuevos ricos. Ni se hubieran imaginado que los podrían crear arzobispos (de la nada), ni que iban a tener acceso a los Palacios Pontificios, ni que la Prensa les iba a tener en vilo y podrían contar cotilleos y dogmatizar sobre lo divino y lo humano. Pensemos en el arzobispo Fernández (Rector de la Universidad A-Católica Argentina); o en el ya famoso secretario particular; o en el nuevo cardenal de Buenos Aires; o el nuevo secretario de la Conferencia Episcopal de Italia. Y en otros nombramientos a dedo que ha ido haciendo Francisco. Y los que vienen por ahí. Todos son nepotes. Nepotes de pacotilla. Corte de pelotilleros que aplauden y firman documentos con tal de no caer bajo las iras del Príncipe.

tuchoPor eso insisto en que no me suelo creer las declaraciones de principios, hasta que los veo cumplidos. Hoy suben puestos los amiguetes. Siempre y cuando amen a los pobres, claro. Alguno de los expertos en nombramientos del Papa y que se conocen la Curia a fondo, deberían hacer la lista de Nepotes de Francisco. Nos enteraríamos de muchas cosas interesantes. Y veremos que en el fondo, el papa Francisco se parece en algunas cosas a los Príncipes Renacentista. ¡Ya lo creo!

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