El final del Sínodo y el correspondiente discurso del Papa este último fin de semana, ha tranquilizado a muchos que ya andaban nerviosos por las barbaridades de las semanas anteriores. En medio de alguna otra ambigüedad, pero con mucha suavidad y evitando expresiones y palabras que puedan molestar al mundo verdaderamente preocupado con la auténtica doctrina católica, todos hablaron de la importancia de la familia.

Me llamaron poderosamente la atención, las palabras tan firmes del Santo Padre sobre su papel como custodio del depósito de la fe, insistiendo en que no es dueño del depósito, sino siervo de lo que la Iglesia nos ha transmitido. Yo estaba francamente admirado y asombrado. Quién diría que estas palabras las estaba pronunciando la misma persona que lleva año y medio conmoviendo las estructuras de la verdadera doctrina, con sus discursitos populacheros, sus intrigas palaciegas (por mucho que diga que las odia), su estilo principesco renacentista de promover a amiguetes (por mucho que exponga de boquilla su rechazo a estos sistemas) y sus empujoncitos a todo obispo que sea progresista y cuanto más hereje, mejor.

Decía mi abuela que nunca es tarde si la dicha es buena, pero creo que en este tema tan grave, sí que es tarde. Se ha propugnado un estilo de Iglesia completamente embobada por el pecado y la moral de siempre. Y se han recogido los frutos en la calle, por mucho que ahora se intente dar algo de marcha atrás. Fue tan grave el escándalo de los documentos presentados, de las opiniones de algunos de los obispos, de las propuestas para una Iglesia más adaptada a la cultura dominante, que al final han tenido que disimular y suavizar el último capítulo.

Ahora bien, yo no me fío. Tras los disparates mayúsculos, la teoría de la piel de oveja ha tenido que funcionar para que no haya un cisma descomunal y para acallar protestas. Prefieren disimular, pero insisto en que el mal ya está hecho. No creo que ningún divorciado vuelto a casar vaya a comprobar si al final se ha aprobado que pueden acceder a la Comunión: comulgarán y ya está. Estos Obispos Sinodales que se habían propuesto saltarse la moral, volverán a las andadas en cuanto puedan. Ahora, de forma más subrepticia y con nuevas propuestas misericordinosas. A estos ya no los para nadie, y por muchas bellas palabras del Papa sobre la custodia del depósito de la fe, mi postura es que si no lo vemos en el día a día y de forma constante, yo desde luego no me lo creo. Tendré que ver otro estilo en Santa Marta, otro estilo en el gobierno y otro estilo en los gestos. Tendrá que dejar de ser un incordio para la Doctrina Cristiana. Y me da la impresión de que no va a ser fácil. Cuando alguien me ha robado mucho dinero durante mucho tiempo, por más que me jure que ya no lo volverá a hacer más, no tendré más remedio que verlo con mis ojitos. Ya lo dijo el Señor: Si hay malos frutos, es porque el árbol es malo.

He estado recordando estos días el Salmo 1 y no sé por qué mi mente lo aplicaba automáticamente al Sínodo Maldito que acabamos de sufrir.

Bienaventurado el hombre que no sigue el consejo de los impíos (non sequitur consilium impiorum), ni va por la senda de los pecadores (viam peccatorum non ingreditur), ni se sienta en la reunión de los cínicos (in conventu protervorum).

Así que ya lo saben. Bienaventurados los Obispos que hayan peleado por rescatar la ley divina de las manazas de los cínicos. De lo otros, no me fío. Volverán a las andadas, porque no hay cosa peor que poner a las zorras a guardar el gallinero.

Se abren las apuestas.

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