Iniciado y desarrollado este Sínodo de la Vergüenza, llegaremos este sábado al documento final. La batalla ha sido cuidadosamente planteada entre dimes, diretes, entrevistas que no se han dado, pero que se han dado y que han sido grabadas, aunque las niegue con desenfado y desenvoltura el que ha sido grabado. Aquí, más que pillarlos con las manos en la masa, se les pilla con la voz en el micrófono. Se hacen su propio photoshop, que en este caso es entrevistashop: una vez acabada y grabada, se la puede dar la vuelta y manipular con todo descaro. Quitar unas sílabas por aquí y unas expresiones por allá, como si fueran ojeras o granos en la oreja en una foto comprometedora.

Toda una portentosa organización revolucio-sinodal, ha puesto en claro que lo que se pretendía era precisamente eso: enredar, manipular y embrollar en una doctrina suficientemente asumida por la Iglesia en tiempos anteriores y ahora puesta en duda por la fuerza de los hechos, por la situación real, como nos están diciendo insistentemente todos los actores de este Drama organizado desde arriba, apoyado por la prensa más enemiga de la Iglesia y sofisticadamente presentado como un deseo de muchos Obispos, que no tienen más remedio que luchar contra otros conservadores que impiden el avance de la Iglesia.

Cualquier que sea el documento final, el mal ya está hecho. Las opiniones y discusiones están hasta en la barbería de la aldea más pequeña. Y el resultado es el que han querido que piense el pueblo desde el principio: esto tiene que cambiar. Hay que tener en cuenta la situación de hecho (esta expresión es muy importante para ellos) y mirar con otros ojos las normas, mandatos y leyes. Sí, -se nos dice-, por supuesto que las leyes son importantes, pero hay que acoger con cuidado a los que no las cumplen, porque comprendemos que están en una situación delicada. Vamos que esto es como si la Policía de Tráfico, viendo pasar el automóvil a 200 kilómetros por hora -cuando hay una prohibición máxima de 120-, nos detuviera el coche para decirnos que nos comprenden, nos acogen, no nos ponen la multa -¿quién soy yo para multar?- y nos llevan a un centro de acogida para darnos una merienda que no se debe entender como algo que es un premio para los perfectos, sino un aliciente para los que han alterado la ley. Algo así, si se me entiende el símil.

Echo en falta en el Evangelio, alguna frase en la que el Señor acogiera a los fariseos y les diera palmaditas en la espalda. Más bien veo por doquier palos, repalos y estacazos del Señor, que no soportaba la hipocresía y el pecado de estos sujetos. Raza de víboras, sepulcros blanqueados, estais muertos en vuestro pecado, sois hijos del Diablo, podredumbres, guías ciegos… son los calificativos acogedores que el Señor les dedicaba con esa gracia tan humana que tenía el Hijo de Dios.

Sí. El Señor repartía varapalos y bastonazos con los pecadores que se enorgullecían de sus pecados. Misericordia y amor con los pecadores que venían a decirle que por favor les perdonara y que prometían no hacerlo nunca más. Claro que el Señor todavía no había leido la Evangelii Gaudium ni escuchaba a Lombardi. Esa ventaja tuvo respecto a nosotros.

Dios no tuvo ningún respeto por las personas achicharradas en Sodoma porque ellos estaban cómodamente instalados en sus sodomíticas prácticas. Y no querían cambiar. Y eso que no tenían parroquias a las que acudir en aquella época, como ocurre ya en tantos lugares del mundo.

Me gustaría saber qué diría algún Obispo que yo me sé y algún cardenal que yo me imagino, si se le presentaran unos cuantos gays pidiendo la Misa Tridentina y sus derechos a aplicar el motu proprio Summorum Pontificum. Seguro que lo primero que les dirían es que no tienen derecho a eso, pero que les pueden nombrar algún capellán arco-íris para alguna misa que responda mejor a la acogida que ellos se merecen.

“En primer lugar se mira la persona, no su orientación sexual. Cuando el catecismo o el sínodo hablan de “acogida” se refieren a un comportamiento humano y cristiano básico. Cada persona humana tiene una dignidad que va más allá de todo lo demás. Pero eso no significa, ni significará, que la Iglesia diga que el respeto por cada persona signifique respeto por todo comportamiento”.

Ya lo saben. Según Schönborn, cardenal de Viena (qué vergüenza para la Orden Dominicana), la dignidad de la persona va más allá de todo lo demás. Incluso del pecado. Creo que el Señor no respetó a las personas de los Fariseos. Claro que a juzgar por los Sermones de Santa Marta, los fariseos a los que el Señor vapuleaba  eran justamente los tradicionalistas de hoy. Y a esos, hay que darles caña: porque no son personas.

 

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