Ya dije en otra ocasión que quien se crea que el marxismo se hundió con la caída del muro de Berlín, es un ingenuo de tamaño natural, además de un pardillo. Las tácticas impuestas por Gramsci se han conseguido un lugar importante en nuestra sociedad occidental atontolinada y dormida, de tal modo que bajo capa de democracia, bondad natural y tolerancia, nos encontramos a los más dignos representantes de la intolerancia, practicantes de las más puras formas de totalitarismo –encubierto al principio… y desatado después–, cuando todos los bobos les han votado o ya les han elegido.

Desde los años sesenta del siglo pasado, se han empleado las tácticas demócratas para imponer el totalitarismo más zafio. Siempre escuché a los intolerantes hacerse los tolerantes y atacar a los demás con el calificativo de fascistas, intransigentes, exaltados y fanáticos. Es la táctica marxista de siempre, puesta en práctica con toda fidelidad por los discípulos de los déspotas de cada época.

Hay algo que es muy habitual en estas prácticas. Se trata de estar predicando y proclamando el amor por las libertades de todo tipo. Apertura de trabas, claridad en las decisiones, libertad de opinión y de expresión, impulso a todo lo que sea contrastar criterios, insistencia en la necesidad de que haya discrepancias… y un largo etcétera. Con estos prolegómenos se llevan a cabo las elecciones políticas, las votaciones, las consultas y los simposios. Hasta que, llegado el momento de ver los resultados, como haya alguien que levante la voz, que discrepe o se queje, lo tiene claro, porque el sistema actúa contra él de forma inmediata. Los que sean viejos o conozcan la historia de la España reciente, verán que los socialismos son la viva estampa de esta actitud. Que ganan las elecciones…, pues machacan al contrario y le echan en cara que nadie les ha votado. Que no las ganan…, pues organizan un golpe de estado, una impugnación de los resultados, una algarabía en la calle, protestas y manifestaciones, hasta que echan al contrario del poder. Así es como actúan.

Claro que lo mismo veo que ocurre en la Iglesia desde los años inmediatamente preconciliares. Ya dijo alguno que el Rin desembocó en el Tiber. Y más ahora, que el Sumo Pontífice se ha declarado previamente como más de izquierdas que de derechas. O sea, que conoce las tácticas no sólo por los libros. Y que le encantan, a juzgar por sus modos y maneras.

El caso es que comenzamos el Sínodo con los consejos de Francisco de que todos hablaran con libertad y no tuvieran miedo de decir lo que pensaban. Por supuesto que muchos no nos lo creímos. Continuamos el Sínodo escuchando disparates de los obispos más lanzados, dispuestos a pisotear la doctrina sobre el matrimonio. Convencidos todos ellos del apoyo papal, por supuesto. No sabemos nada de lo que han dicho o comentado los opositores a Kasper y sus compinches, porque ya se han encargado los dicta-informadores de que no se filtre ni una sola palabra a los medios. La sonrisita de Lombardi mientras cuenta lo que ha pasado, es de antologia.

Y mira por donde, hacen una votación para elegir a los que tienen que redactar el documento final, salen elegidos los representantes del ala más conservadora, y entonces el Papa elige a seis de signo contrario para que sea imposible que las tesis del magisterio de siempre salgan adelante. El que no quiera verlo, peor para él.

Esto es digno de un programa doble cinematográfico: El Imperio-Kasperita contra-ataca y La venganza de los Bergoglianos.

Y es lo que yo digo. Tanta libertad en la boca, tanto G-9 y tanta Colegialidad para destruir, pero nunca para perder la partida. Ya lo decía mi abuela: Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Cuando alguien me dice que le encanta ver opiniones diversas contrastadas, me pongo la cogulla y me sumerjo en la oración: Te pedimos Señor por los intransigentes (con piel de tolerante) que hay en este mundo, para que les hagas perder la partida y que, en su rabia y rechinar de dientes, aprendan a practicar la Verdadera Libertad. Amén.

Espero que no le hayan apagado el micrófono a Burke, como hicieron en su día con Ottaviani. Porque la historia -inevitablemente-, se repite.

Cuando acabo de escribir esto, toda la red está horrorizada con el documento redactado y lanzado ya a la prensa y al populacho, encantado de ver que se instala el pecado en el Templo de Dios. Los católicos, asustados por lo que se viene encima. Ya era hora de que muchos se dieran cuenta. Por mi parte, cada vez me cuesta más trabajo escribir en clave satírica y de humor. Por eso les dejo esta carta, escrita por alguien que pregunta de forma angustiosa lo que muchos ya se están cuestionando, aunque todavía con cierto miedo.

Pero yo sigo insistiendo: los cardenales opositores a este golpe de estado, tienen que hablar YA con fuerza o se harán cómplices de tamaña apostasía. De todos modos, la victoria definitiva será de Dios,  Al lado de este totalitarismo, el de Lenin o Stalin era una broma. Porque este que estamos sufriendo es el que pretende implantar la dictadura del pecado. El que no quiera pecar, irá al Gulag. Al menos, hasta que se manifieste el Hijo de Dios, que según anunció Él mismo anunció, acabará poniendo a sus enemigos como escabel de sus pies.

th

Anuncios