Me he alegrado mucho al leer las palabras del Santo Padre en la celebración -con sus hermanos jesuitas-, de los 200 años de la restauración de la Compañía de Jesús (1814), después de haber sido suprimida por Clemente XIV en 1773. No hace falta entrar en cuestiones históricas de fondo, que dejo a los historiadores. Se han aducido muchas causas, entre ellas el hecho de que el citado Papa Clemente se habría dejado dominar por la masonería imperante en aquellos años y llevó a cabo la supresión de una Orden Religiosa boyante, influyente (quizá excesivamente influyente) y necesaria para la vida de la Iglesia. Y eso que todavía no habían empezado los jesuitas con la Teología de la Liberación, los cursos de yoga, las conferencias gays, las psicologías antropológicas liberadoras, los marxismos, los feminismos, las teologías negadoras de dogmas, las universidades católicas entre Comillas, y los adeptos de la Orden a la Masonería como el propio historiador Ferrer Benimelli S.J., ya fallecido.

clemente XIV Insisto en que está claro el hecho histórico de su supresión, fuera por los motivos que fuera. No es mi deseo, ni es de mi competencia explicarlo en este momento, y así se lo he hecho saber a mis novicios modernistas, siempre indagando maliciosamente en mis criterios y puntos de vista.

El caso es que no se podían sospechar los hijos de San Ignacio que un Papa Jesuita (el primero y quizá el último), iba a celebrar el doscientos aniversario de aquella dichosa decisión de Pío VII de suprimir el decreto de supresión. Y desde luego que lo han celebrado, nada menos que con la presencia del propio Papa en la histórica iglesia del Gesù en Roma, con la presencia del Prepósito General, para rezar un Te Deum y las Vísperas solemnes (no sé con certeza si en latín y por la Forma Extraordinaria).

pio viiDecía que me ha dado gusto leer el discurso, porque como Francisco siempre tiene la costumbre de enviar mensajes subliminares para aviso de navegantes, me parece que en las palabras del papa tienen los Franciscanos de la Inmaculada una llamada de atención y un consejo espiritual seguro para que sepan aguantar el chubasco de su supresión-aniquilación-amordazamiento, siendo fieles al amor de Dios y aceptando la prueba que Dios les manda, viendo todo con humildad y reconociendo los propios pecados.

En tiempos de tribulaciones y turbación se levanta siempre una polvareda de dudas y de sufrimientos, y no es fácil seguir adelante, proseguir el camino. Sobre todo en los tiempos difíciles y de crisis llegan tantas tentaciones: detenerse a discutir las ideas, a dejarse llevar por la desolación, concentrarse en el hecho de ser perseguidos y no ver nada más.
Leyendo las cartas del p. Ricci me impactó una cosa: su capacidad para no dejarse sujetar por estas tentaciones y de proponer a los jesuitas, en el tiempo de la tribulación, una visión de las cosas que los arraigaba aún más a la espiritualidad de la Compañía.
El p. General Ricci, que escribía a los jesuitas de entonces, viendo las nubes que se espesaban en el horizonte, los fortalecía en su pertenencia al cuerpo de la Compañía y a su misión. He aquí: en un tiempo de confusión y turbación hizo discernimiento. No perdió el tiempo para discutir ideas y quejarse, sino que se hizo cargo de la vocación de la Compañía.

Desde luego, los Franciscanos de la Inmaculada fieles al P. Fundador han sido pacientes y obedientes, han aceptado todo sin rebelarse, siguiendo el ejemplo del propio Padre Manelli. Así que ya ve Francisco que sus deseos de obediencia para los demás, lo han cumplido éstos muy bien. Pero que no olviden los Franciscanos de la Inmaculada (los de siempre, no los advenedizos), que según el Papa tienen que hacerse cargo de la vocación de la Orden. Como hicieron los jesuitas. Vamos, que se espabilaron para no perecer del todo.

Se goza el Papa de que precisamente fuera un soberano protestante y una soberana ortodoxa los que salvaron la existencia de la Compañía (en una gozosa afirmación de ecumenismo retrotraído al siglo XVIII: se ve que estos monarcas tenían el espíritu del Vaticano II adelantado a su época), pues gracias a ellos, una vez restituida la Compañía, pudieron retomar su vocación y su misión.

Hoy, sin embargo, los Obispos que han decidido incardinar a los frailes Franciscanos que quieren subsistir -como los jesuitas de antaño-, intentando vivir su primitiva vocación (no la que quieren imponer el Cardenal de Briz y su acólito Carvallo), son inmediatamente apuntados en la lista negra de los colaboracionistas que tanto se lleva ahora por los pasillos vaticanos.

Claro que digo yo, que si la restauración de la Compañía estuvo bien, sería porque la supresión estuvo mal. O sea, que el Papa Clemente XIV se equivocó. No cabe la menor duda. O sea, que un Papa se puede equivocar al suprimir o desmochar una Orden Religiosa beneficiosa para la Iglesia. O sea, que igual que se habría equivocado Clemente XIV al luchar contra ellos, se podría equivocar otro papa al luchar contra otros.

¿O es que Clemente XIV sí se podía equivocar y los Papas medievales y renacentistas también, pero los de la segunda mitad del siglo XX no?

Parece que la explicación es bien sencilla: Es que aquellos papas del siglo dieciocho estaban dominados y presionados por la masonería, cosa que ahora es imposible que ocurra. Por eso ahora no hay decisiones equivocadas. ¡Viva!

Anuncios