Derribados, pero no aniquilados. Estas palabras son de San Pablo. Me vinieron a la mente mientras estaba en el Coro y el demonio del cansancio intentaba apoderarse de mí. Ya me lo conozco bien. No es un cansancio físico, a pesar de mi avanzada edad. Tampoco es lo que vulgarmente se conoce como el pecado capital de la pereza, pues ya desde jovencito aprendí a dominarla, como tantos otros vicios que rondan la vida de un fraile o de cualquier cristiano, que pretenda vivir una vida de santidad y un catolicismo sincero.

Hoy día, este demonio del cansancio intenta agotar las fuerzas y mermar las raciones de ánimo largamente acumuladas y cuidadosamente atesoradas. Sabe que tiene en su mano la posibilidad de destruir lo que ya se va tornando débil y enclenque. Es el cansancio de tantos y tantos cristianos sinceros, que andan preocupados por el estado de la Iglesia y que se sienten a la vez acorralados por sus Pastores. Por aquellos que no cesan de repetir que el pastor debe llevar olor a oveja, pero que solamente están prestos para oler a las ovejas que huelan como ellos o que huelan a lo que ellos quieren que huelan. Indudablemente son pastores-a-todo-riesgo, que eligen a sus ovejas predilectas y desprecian y abandonan a las que se lamentan del deterioro de los pastos y de la adulteración de la doctrina de siempre. Esos pastores que se quedarían con las 99 modernistas y les importa un bledo la oveja tradicional que se siente dolida, abandonada y perpleja.

Iba a titular esta columna El Asedio, porque ésa es realmente la situación de los susodichos cristianos. Estamos sitiados, cercados, despreciados… y aquí es precisamente donde entra el desaliento, que es un enemigo mortal de la virtud de la esperanza.

Después de luchar y mantenerse firmes desde marzo del pasado año en denunciar la nueva situación –que yo mismo tantas veces he lamentado y comentado en estas páginas–, percibo en el ambiente una cierta desazón o si queremos una suerte de desasosiego y tendencia a tirar la toalla. Ha sido tal el descalabro y el desastre, que se advierte este demonio del cansancio en los medios tradicionales, quisquillosamente embestidos y hostigados por esos pastores con olor a oveja modernista.

Por eso digo que es una verdadera situación de asedio, algo tan conocido en la historia militar y de tanta eficacia en la estrategia de la guerra. Han cortado las comunicaciones, se ejerce sobre nosotros una presión brutal, se nos desprecia y odia por querer mantener los principios de toda la vida, por no democratizarnos con la Iglesia, por no querer meternos en el lodazal de la aceptación del pecado, por seguir creyendo en la vía sobrenatural y no querer sintonizar con este mundo, cuyo Príncipe va reinando cada día con más agilidad y desenvoltura.

Ordenes religosas intervenidas, obispados investigados, mientras en la propia Casa se tachan de pecadillos de juventud las asombrosas historias de altos cargos de la Curia. Se persigue a los que hacen estudiar a sus novicios la doctrina teológica tradicional, mientras en la propia Urbe se imparten doctrinas que hubieran asombrado a los primeros fundadores y profesores universitarios lateranenses, gregorianos, urbanianos, anselmianos o antonianos. No pasa nada si se niega cualquier dogma. Te investigan si mantienes su validez.

Lo pensaba esto mientras estaba en oración y pasaron a despedirse mis novicios modernistas, prestos a irse en pleno mes de julio a hacer el Camino de Santiago. Peregrinación, le llaman ellos, mientras se ríen de que yo me pase en el coro buenos ratos intentando pedirle fortaleza a Nuestro Señor, que afortunadamente sigue en el Sagrario y no se va de peregrinación. Pobrecillos, cuando se den cuenta de que literalmente, los han estafado.

Las críticas al estado de la Iglesia y a la labor sistemáticamente destructora de este Pontífice (lo siento, pero no puedo decirlo de otro modo), se van repitiendo de página en página por las redes. Y no pasa nada. El bulldozer sigue adelante arrasando a su paso.

Nuevas entrevistas, nuevos disparates, nuevos desmentidos….

Nuevos gestos, nuevos abrazos ecuménicos, nuevas insistencias en que no hace falta la conversión….

Nuevos ataques a la liturgia, nuevos desprecios a la Misa, nuevas payasadas….

Nuevos nombramientos, nuevos ceses fulminantes.

Nuevas pullas, nuevas ocurrencias, nuevos amiguetes, nuevos modos y maneras…

……./…..

Sí. Hay muchos que se sienten cansados. Y los enemigos lo saben, como saben los sitiadores que es cuestión de tiempo el que falten los víveres o que cunda el desánimo, o que algunos se pasen al otro bando, o que otros sean vencidos por sus miedos, o que finalmente falte la munición suficiente para contrarrestar los intensos ataques. En eso precisamente consiste el estado de sitio: que reine la confusión y el desconcierto, para que haga su entrada el desánimo más aterrador y destructor. Entonces es cuando el Enemigo se los engulle en un santiamén.

Por eso las consignas de San Pablo vienen al pelo para todo aquel que no quiera dejarse llevar por el desaliento. Dado que somos débiles y flojuchos, Dios nos guarda para que no desfallezcamos. Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, es verdad. Y por eso lo que nos falta a nosotros, nos lo pone Dios. No podría desanimarse quien lea estas palabras del Apóstol de los Gentiles:

Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro para que se reconozca que nuestro poder es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, pero no angustiados; perplejos, pero no desconcertados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos…. (2 Cor. 4, 7-9)

Este asedio no puede durar muchos años, porque nuestra vida es breve. La victoria está garantizada, si sabemos ser fieles a lo que ahora nos quieren robar. Y esa fidelidad es alabada en el Evangelio: “Muy bien, siervo bueno y fiel: has sido fiel en lo poco, pues ahora yo te voy a constituir sobre lo mucho.”

Viendo salir a mis novicios hacia su especial peregrinación con sus pantalones vaqueros, sus mochilas, sus i-phones y sus auriculares puestos, le he pedido al Señor para mí y para todos los que ahora mismo nos sentimos sitiados y abrumados por el Demonio del Cansancio, el que algún día podamos encontrarnos con Cristo Rey  y le podamos decir con todo orgullo, emoción y entereza:

–¡¡Sin novedad en el Alcázar, Señor…..!!

 

 

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