Esta enjundiosa sentencia, fue pronunciada por el Señor. Aparece concretamente en el evangelio de san Mateo -capítulo 7-, y también en otros evangelistas. Parece evidente que con ella nos quiere decir Jesús, que no nos precipitemos en juzgar a los demás, porque al fin y al cabo todos vamos a terminar siendo juzgados por Dios. Y en la misma medida que seamos jueces exigentes y abruptos con el prójimo, nos estamos labrando el que Dios lo sea también con nosotros. Paralelamente dejó dicho también el Maestro: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Me parece que hasta un niño de catequesis (de las de antes), puede entender esto con toda claridad.

La teología moral de siempre (no la de ahora, que lo pone todo en duda), nos decía al hablar del octavo mandamiento, que los juicios temerarios son aquellos que se emiten sin el suficiente fundamento. Queriendo voluntariamente hacer daño, o bien teniendo la imprudencia y la excesiva ligereza por consejeras. Son pecado grave contra la justicia. Y nos dice Santo Tomás, que más vale engañarse muchas veces teniendo un buen concepto de un hombre malo, que hacerlo pensando mal de un hombre bueno (S. Th. II-II, 60, 4 ad 1).

Sobre algo de esto ha predicado el Papa esta semana. A propósito del pasaje de la pajita en el ojo ajeno o la viga en el propio, ha hecho un discurso de los suyos sobre el tema en cuestión. Pero habría que hacer algunas aclaraciones, siempre necesarias en el batiburrillo dialéctico de Francisco, dicho sea con todos los respetos. No sé si esto le suele pasar porque no estudia (dicen algunos que nunca estudió), o porque predica según le va insuflando “el espíritu”, pero claro está que con tanta homilía espontánea en Santa Marta, es difícil tener la precisión del Aquinate. Aún así, se puede vislumbrar por dónde van los tiros.

Veamos algunas de las felices expresiones, entresacadas del texto del noticioso vaticano:

Por eso, quien juzga se equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es para él. Pero no sólo se equivoca, también se confunde (…) Confunde la realidad, es un fantasioso. Y quien juzga acaba derrotado, termina mal, porque la misma medida será usada para juzgarlo a él.

Jesús, delante del Padre, ¡nunca acusa! Al contrario: ¡defiende! Es el primer Paráclito. Después nos envía al segundo, que es el Espíritu Santo. Él es el defensor: está delante del Padre para defendernos de las acusaciones. ¿Y quién es el acusador?

En la Biblia, se llama ‘acusador’ al demonio, a Satanás. Jesús juzgará, sí: al final del mundo, pero mientras tanto intercede, defiende…En definitiva, quien juzga es un imitador del Príncipe de este mundo, que va siempre detrás de las personas para acusarlas delante del Padre.

Aparte de que me hace cierta gracia esta definición de primer paráclito y segundo paráclito, tan modernista ella (Raymond Brown la espetó en sus libros), he de confesar que mis neuronas frailunas no alcanzan a comprender estas palabras, que rezuman una vez más ambigüedad y falta de claridad doctrinal, rozando la falsedad -si es que se analiza el texto con cuidado-.

Todo el mundo sabe que un juicio verdadero, es el que coincide con la realidad objetiva. Tan fácil como esto. Y la realidad objetiva del pecado la pone el pecado mismo, que ha sido además declarado como tal por Dios. Si yo veo a Pepito robando y digo: “Pepito está robando”, no estoy haciendo ningún juicio temerario, sino que estoy exponiendo un hecho que se puede ver. Vamos, lo que siempre se expresó en el castellano clásico diciendo pillar a uno con las manos en la masa. Entonces, puedo decir con toda tranquilidad y veracidad: “El que roba está en pecado, porque está transgrediendo el séptimo mandamiento”.

De modo similar, si la homosexualidad ha sido condenada como pecado en la Sagrada Escritura, el que comete ese pecado objetivamente, el que se enorgullece de ese pecado públicamente, el que practica ese pecado ante todos y se jacta de ello, es pecador. Si lo acuso de pecador, no estoy faltando a la caridad. Por supuesto que no habrá que juzgar de sus intenciones, porque esas solamente las conoce Dios, pero habrá que denunciar como pecado esas acciones concretas.

Cualquiera podría hacer esto, aunque es evidente que no a todo el mundo le corresponde la labor de denuncia sistemática del pecado. Lo tendrá que hacer de modo especial el Pastor de almas, si es que quiere llevarlas a buenos pastos y no darles gato por liebre. Y no digamos en el caso del Papa, que se supone que es Pastor de toda la Cristiandad (no sólo de Roma), y tiene el mandato específico de confirmar en la fe a sus hermanos. El Papa no podrá decir en público que Fulanito es homosexual. Por prudencia y caridad. Pero sí que podrá –y deberá– denunciar que la homosexualidad es pecado. Y que todo el que esté en esa situación está en pecado y debe arrepentirse y dejar de pasear sus vergüenzas en el Orgullo Gay de turno.

Resulta extraño que diga el Papa que Jesucristo no acusa, cuando el mismo Señor se propone como acusador de todos aquellos que le nieguen delante de los hombres: A quien me niegue delante de los hombres, yo mismo lo negaré ante mi Padre que está en los cielos. Lógico: Por que el que niega a Jesucristo delante de los hombres lo está negando objetivamente, y el mismo Señor no hace distingos de si tenía o no buena voluntad al negarle.

Resulta extraño que diga el Papa que no podemos acusar de ninguna de las maneras, cuando vemos que el mismo San Pablo dice a los Corintios esta frase tan singular:

Os escribí en la carta que no tuvieseis trato con los fornicarios. No digo con los fornicarios de este mundo en general, o con los avaros, ladrones o idólatras, pues entonces tendríais que salir del mundo. Mas lo que ahora os escribo es que no tengáis trato con ninguno que, llamándose hermano, sea fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho o ladrón; con ese tal, ni siquiera toméis bocado. Pues ¿qué tengo yo que juzgar a los de afuera? ¿No es a los de adentro a quienes habéis de juzgar? A los que son de afuera los juzgará Dios. ¡¡Quitad al malvado de en medio de vosotros!! (1 Cor. 5, 9-13)

Claro que San Pablo no había leído al cardenal Kasper. Ni parece que tenía excesiva misericordia. Aunque me cuesta creer que el Apóstol de los Gentiles sea un imitador del Príncipe de este mundo, si atendemos a lo que dice Francisco.

De todos modos, en modo alguno me encaja que el Santo Padre utilice con tanta misericordia la ausencia de juicio para los homosexuales –¿quién soy yo para juzgar a un homosexual si tiene buena voluntad?–……

……y al mismo tiempo juzgue con tanta violencia –incluso verbal–, a los mafiosos. Véanlo si no, en las palabras pronunciadas en el viaje a Calabria esta misma semana:

“Los que en su vida tiene el camino del mal, como son los mafiosos, no están en comunión con Dios, ¡están excomulgados!”,

Uno de mis novicios, entusiasmado con estas acusaciones del Papa a los mafiosos, me quiso tomar el pelo diciendo que si yo estaba de acuerdo con ellas. Yo le respondí: ¿Y quién soy yo para juzgar a un mafioso, si tiene buena voluntad y busca a Dios? De hecho, muchos mafiosos seguro que colaboran en las obras de la Iglesia y bautizan a sus hijos, y se relacionan con cardenales, y reciben condecoraciones de la Iglesia. Justamente como los homosexuales de las parroquias gays de California o de Nueva York… ¿Por qué no condenar a unos y –extrañamente por el contrario–, sí condenar a otros? ¿No puede ser que haya cierto populismo y cierto oportunismo en estas diferentes actitudes?

Definitivamente, no lo entiendo. Yo creo que el Papa debe condenar tanto a homosexuales como a mafiosos. A no ser así, se expone a que su magisterio doctrinal quede al albur de las simpatías personales. Y si es que quiere repartir misericordina, entonces que la reparta para todos.

 

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