Mientras mis novicios y hermanos modernistas han pasado tres días literalmente pegados al televisor para ver en directo retrasmisiones papales, yo he intentado mantenerme al margen de los discursos, abrazos, besamanos, besuqueos y compadreos que han tenido lugar en Tierra Santa.

Me había propuesto no escribir ni comentar nada sobre el Viaje del Siglo, dado que no tendríamos por dónde empezar ni por dónde cortar. Después ha venido la consabida rueda de prensa del regreso, sobre la cual también me propuse no hacer comentarios. Ya se sabe que en estas regurgitaciones de la vuelta a casa, se pueden decir muchas barbaridades e insulseces de esas que hacen mucho daño a la opinión pública, atontada y lisonjera. Menos mal que el viaje de Tel-Aviv a Roma es corto. No quiero pensar lo que puede dar de sí la rueda de prensa que tenga lugar en el próximo viaje, volviendo desde Corea del Sur.

Pero hay algo que he visto en la última parte de la entrevista papal, que me ha impulsado a escribir, porque quisiera compartir con mis amables lectores la juerga que ha provocado en mí. El médico me recomendó hace años que me tomara a broma los problemas más serios, enfocando por otra vía los sufrimientos y disgustos que me suscitaban, evitando así que el marcapasos se estropeara. Pero la verdad es que cuando me entra un ataque de risa, el marcapasos se pone a toda velocidad y me produce un cosquilleo interior que provoca un inevitable efecto hilarante. Como me dé en el Coro, contagio a media comunidad y no podemos acabar el rezo de vísperas, de la risa que se propaga por doquier.

Esto es lo que me ocurrió ayer cuando leí la respuesta que dio Francisco a la pregunta de un periodista sobre la beatificación de Pío XII. No se lo van ustedes a creer, pero el Papa dijo con toda soltura que es imposible por el momento, ya que todavía no hay milagro. Vean la respuesta completa:

«La causa de Pío XII está abierta. Yo me informé: todavía no hay ningún milagro y si no hay milagros no puede avanzar ¿no? Está parada allí. Debemos esperar la realidad, cómo va la realidad de esa causa y luego pensar en las decisiones. Pero la verdad es ésta: no hay ningún milagro y se necesita por lo menos uno para la beatificación. Ésta es la situación actual de la causa de Pío XII. Y yo no puedo pensar ¿lo beatificaré o no?, porque el proceso es lento».

Me dio la risa y casi me caigo y hago trizas las bisagras del canterano en que me apoyaba.

¿Que el proceso es lento? ¿Que si no hay milagros no se puede avanzar?

Me parece recordar que algunos de los procesos de última generación han sido no solamente rápidos, precipitados y acelerados, sino reclamados por los tiempos políticamente correctos que se venían encima. Tanto el proceso de Juan XXIII como el de Juan Pablo II no se han cocido a fuego lento, que yo sepa. Y hacer que en el domingo de la misericordia pudiera llevarse a cabo la canonización del polaco, y juntarla en la Semana Fantástica de Rebajas con la del Papa Bueno, hizo que dichas rebajas se desataran hasta el punto de que el propio Francisco decidió como Pontífice -que para esto sí que le gusta decir y demostrar que no es sólo el Obispo de Roma-, perdonar al bueno de Juan XXIII su segundo milagro. Porque no había manera de encontrar alguien que hubiera rezado al papa que convocó el Concilio y había prisa.

Como estamos en un Pontificado de gestos, mucho hay que pensar (y no todo bueno), del significado de ambas posturas. Gesto de hacer la vista gorda y aprobar a Juan XXIII sin milagro, y gesto de exigir todas las legalidades y papeleos a Pío XII.

Ya estamos acostumbrados a estas distintas gesticulaciones con los vivos. Gestos de rigor y fuerza con los Franciscanos/as de la Inmaculada por un lado; comprensión y no-tiene-importancia-alguna con los pecadillos de juventud de Ricca, el del ascensor. Y así podríamos seguir…

Claro que el periodista que le plantea esto a Francisco, justamente cuando acaba de besuquearse con los rabinos amiguetes, que odian a Pío XII, actúa con bastante imprudencia y Francisco tiene que salirse por peteneras. El judaismo internacional, que tuvo que ver en tiempos cómo uno de sus rabinos más afamados -el de Roma-, se convertía por la acción de Pío XII y se bautizaba con el nombre de Eugenio en señal de agradecimiento al Pontífice,  es ahora el que ve cómo otro Pontífice reza ante la tumba de Teodoro Herlz, padre del sionismo. Por cierto, el mismo sionismo que maneja ese mundo capitalista, financiero y de venta de armas que tanto aborrece Francisco.

En fin, no quiero enzarzarme de nuevo. Voy a ver si le pido a Pío XII la conversión de alguno de mis novicios, o al menos que me conceda la gracia de ver a mi Prior estar alguna vez en el convento y no andar dando clases de yoga por ahí, o que destruya el virus viajero que tienen casi todos los Obispos. No sé, algo con que podamos alegrar al papa Francisco, que debe estar deseando que le comuniquen el milagro de Pío XII.

Aunque yo creo que ya tenemos uno para ser estudiado. Ha sido el Papa Pacelli el que ha evitado la destrucción total de la gruta de la Natividad en Belén, tras la visita de Francisco. Consiguió del Señor que el fuego pudiera ser sofocado milagrosamente. Y es que Dios también habla con gestos, aunque sea con dos días de retraso.

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