Hace ya muchos años, se asumió como algo normal la escasez de vocaciones en las históricas y clásicas Órdenes Religiosas. Siguiendo el famoso adagio impuesto desde arriba, que rezaba a modo de mantra druídico: Post hoc, sed non propter hoc, se nos “invitaba” a pensar que la caída en picado del número de jóvenes con deseos de acceder al sacerdocio o a la vida religiosa era debida a alguna influencia astrológica, a las nuevas relaciones sociológicas y culturales, a los ciclos circadianos, a las influencias de Plutón y cosas por el estilo. Pero estaba prohibido pensar que era una de las consecuencias de la terrible crisis de la Iglesia, provocada por el Concilio. De eso nada.

Se nos decía que no había que preocuparse en modo alguno, puesto que esto era normal. Si alguien se atreviera a lamentarse por esta decadencia de la vida sacerdotal o religiosa era tachado inmediatamente de pesimista, ya que en aquella época todavía no se había profundizado en la teología de la cara de pepinillos en vinagre, tan popularmente conocida en la actualidad. O derrotista. O carca y antigualla, que no sabía leer los signos de los tiempos. Pero el caso es que los conventos se quedaron medio vacíos. O vacíos.

De este modo, fueron pasando los años. Incluso en pleno pontificado de Juan Pablo II y a pesar de las Jornadas Mundiales en las que la Juventud se volcaba con el Papa, las vocaciones no crecían. Poco después, ya en los años 90, parece que cierto aumento empezó a notarse, comenzando entonces a subir tímidamente la curva de crecimiento que estaba por los suelos. Las estadísticas se manejaron entonces por parte de los cabalistas de turno, con el mismo triunfalismo con el que ellos había criticado anteriormente –en la época de Pío XII–, la enorme cantidad de vocaciones. Claro que entonces era una época en la que no había esta sinceridad de ahora, (nos decían). El aludido aumento era mínimo, casi imperceptible y por supuesto incapaz de compensar las muertes y abandonos que todavía seguían teniendo lugar.

Si esto sucedía en las órdenes llamadas de vida activa, daba pavor lo que sucedía en la vida contemplativa, que por otra parte se había desprestigiado como algo absolutamente inadecuado para estos tiempos modernos, en los que dedicarse a la oración estaba considerado como obsoleto, desusado y caduco. Algunos lo negarán ahora, pero los que vivieran aquella época me darán la razón. Así como los sacerdotes tenían que empezar a trabajar como obreros, los religiosos y religiosas de vida contemplativa tenían que dejarse de contemplaciones –nunca mejor dicho–, y salir a la calle, dar testimonio, ser conocidos, unir la oración a la acción… y tantas otras recetas pastorales cocinadas en los Restaurantes de la Alegría Pastoral-Pascual.

Así fueron cayendo en el olvido tantos y tantos conventos y monasterios en los que no había repuesto generacional y en los que las pobres monjas y monjes ancianos se tenían que cuidar a sí mismos. El mundo de las monjas de clausura cayó estrepitosamente, mientras las que quedaban, siguiendo las instrucciones post-conciliares, quitaban las rejas clásicas y las sustituían por un enrejado moderno, por el que casi cabía una monja entera. Mientras tanto, las puertas del convento se abrían y cerraban sin parar para que las religiosas de turno pudieran ir a hacer la compra, salir al médico, visitar a una tía abuela enferma en el hospital o asistir a una vigilia juvenil en la parroquia más cercana, o en la capital jotaemejotera más lejana.

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Un nuevo bum apareció entonces, que comenzó a llenar los conventos: los neocatecumenales, que sirven para todo y que lo llenan todo, entraban en las Órdenes Religiosas e iban llenando con su estilo peculiar el convento en cuestión. Lo que antaño se llamaba espiritualidad propia o carisma específico se fue sustituyendo por el guitarreo, la danza, el jolgorio y la “alegría pascual”. Todo ya uniformado en la diversidad. Así es como el famoso convento de clarisas contemplativas de Lerma se llenó de chicas jóvenes, la mayoría de ellas procedentes del Camino, que acabaron machacando el monasterio de Clarisas contemplativas en el que se sustentaron al principio. ¡Vivan las Estadísticas!!

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En otros lugares, y siempre buscando el aumento del número de aspirantes, se comenzaron a idear nuevas fórmulas que permitieran que la vida contemplativa se viera como algo normal. La búsqueda incesante y nerviosa de vocaciones abrió la puerta de los monasterios de clausura. Había que crecer a toda costa. Y la fórmula que comenzaron a vender era siempre la misma: aquí estamos chicas normales, que venimos de la universidad, que hemos tenido novio y que hemos abandonado todo para venirnos aquí.

De este modo, los monasterios se abrieron al exterior, con la consiguiente desaparición de la vida contemplativa, de la vida de oración, del sentido de una entrega en total apartamiento del mundo para ser la Esposa de Jesús. Aquellas monjas de cara tapada por el velo, de rejas con cortinas para las visitas más imprescindibles, de rodillas clavadas ante el Sagrario la mayor parte del día, aquellas monjas de clausura que tenían que tener una mandadera (mujer de confianza para que les hiciera los recados y no tener que salir ellas a la calle), fueron haciéndose más mundanas. El atractivo vocacional había que venderlo de otra manera. Ya no había sitio para almas entregadas a Dios con caras tristes, pelagianas y de rezo constante.

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Ahora, estas esposas de Cristo se reúnen con todos los que van a visitarlas para hacer vigilias conjuntas de oración, para charlar con ellas y escuchar testimonios de “entregas generosas”… con acceso a una página web que muestra al exterior la vida del convento, los horarios, las fotos de los recreos y todo un conjunto de chicas risueñas, pues para eso aman a Jesús. Nada de caras largas, nada de tristeza, nada de disciplina conventual y nada de dejar el mundo… porque sabemos que en estos monasterios se sale y se entra cuando se quiere.

La variedad de tonterías (perdóneseme el vocablo) que se han llevado a cabo en esta Nueva Pastoral Vocacional como ellos la llaman, es inconmensurable. Véase a modo de ejemplo esta iniciativa de unas carmelitas descalzas –prueba 15 días de clausura–, y las primeras frases del texto periodístico de referencia:

Lo primero que se oye al entrar en el convento de las carmelitas  de Valladolid-Campo Grande son las juguetonas voces de las monjas. Voces desinhibidas, incluso chillonas, que rasgan el silencio de los muros con una alegría que parece dar la razón a la frase, de Santa Teresa, que ha recibido al visitante en la entrada, frente al torno: «Esta casa es un cielo, si lo puede haber en la tierra». No es lo que uno esperaría encontrar en un convento de clausura. Pero la sorpresa no ha hecho más que comenzar. En tiempos de indiferencia religiosa, descristianización y falta de vocaciones, este monasterio ha logrado triplicar sus miembros en diez años, pasando de 9 a 26.

Ya ven las estadísticas. De 9 a 26 en diez años. Casi como en los años cincuenta del pasado siglo. Quien quiera puede ir 15 días al monasterio a hacer la prueba, como si fuera un hotelito de montaña, y ver si le gusta la vida contemplativa o no. Si Santa Teresita de Lisieux levantara la cabeza, se moría del susto. Y si la levantara Santa Teresa de Jesús, cogía un tronco del huerto del convento y la emprendía con las promotoras y con las aspirantas. Seguro que tienen buena voluntad, pero es una prueba más del estado de las cosas. La vida contemplativa ya no es lo que era.

Y la prueba es que los que elaboran los artículos periodísticos en cuestión, dicen sin querer la verdad de lo que pasa: “No es lo que uno esperaría encontrar en un convento de clausura. Pero la sorpresa no ha hecho más que comenzar”.

Pues claro. Pero son voces desinhibidas, no como las que cantan gregoriano. Hasta hay una chica –hay que llamarlas así–, que fue campeona de boxeo. Bueno, al menos ya no tendrán estas monjas que contratar servicios de seguridad por si las atacan.

En este otro lugar, se puede ver también el estado de la cuestión. Monjas al teclado de internet haciendo trabajos para el Banco Popular. Claro que una de ellas dice que lo más divertido, ha sido rezar. Pasen y vean, si tienen tiempo y buen temple.

Sí, ya sé que se me acusará de raro y de murciélago. Pero he visto esto mismito en mi convento en los últimos años. Ahora seguimos siendo cuatro gatos, y las nuevas vocaciones andan correteando por todas partes menos en el convento. La vida de oración ha desaparecido. No hay tiempo. La casa está llena de jóvenes vocacionables que llegan con sus amiguitas a ver el convento. No sé por que, siempre me preguntan que quién limpia una casa tan grande. Seguramente piensan que tenemos contratada alguna Empresa de Limpieza. Porque ellos quieren venir para hacer vigilias de oración contemplativa. Siempre a partir de las 10 de la noche, claro está.

El verdadero drama que se esconde tras estas euforias, engañifas y mentiras es que la vida contemplativa tal como la ha entendido siempre la Iglesia, ha desaparecido. Ha muerto. Y por mucho que quieran convencerme, la realidad se impone. Porque digo yo que para hacer dos horas de oración al día, no es menester meterse a monja contemplativa carmelita descalza.

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