Siempre creí que cuando el Señor lavó los pies a sus discípulos, lo hizo en un contexto de amor absoluto por ellos. Al fin y al cabo, el versículo de san Juan que precede al lavatorio (Jn. 13, 1) nos aclara que “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.  Creo que esta expresión de los suyos que estaban en el mundo es suficientemente aclaratoria. El amor hasta el fin, en este momento preciso, es hacia LOS SUYOS. Y los evangelistas dejan bien a las claras los que eran suyos y los que no lo eran. El momento de la Última Cena no fue, como muchos quisieran, una comidita judía de hierbas amargas, sino el momento crucial de la Institución de la Santa Misa.

Detalle-de-El-lavatorio-de-los-pies-Giotto

Por eso siempre me ha admirado la facilidad con que los comentaristas y exegetas de las nuevas hornadas, convierten esta actitud solemne y sublime del Señor con los suyos, en una especie de obsesiva reivindicación de los pobres al estilo de cualquier oenegé. Vamos, como si eso del lavatorio de los pies pudiera ser una pantomima más, de tantas como hoy día se llevan a cabo.

Desde luego el Señor no hizo este lavatorio en plan ostentoso, porque no tenía que hacer alarde de nada. No había cámaras de televisión, ni fotos interesadas, ni periodistas acreditados, ni revistas que publicaran a los cuatro vientos cómo, dónde, cuándo y a cuántos iba a lavar los pies. Tampoco había ninguna necesidad en que los destinados a ser lavados tuvieran que abrazar todo el espectro y el arco iris cultural, religioso, étnico y carcelario existente. Eran sencillamente sus discípulos, a los que amaba, y a los que les quiso hacer ver que Él, el Maestro y el Señor les lavaba los pies para que ellos también se amaran unos a otros. Y a los que transmitía el encargo de que actualizaran el mismo Sacrificio hasta el fin de los tiempos.

Insisto en pensar que una interpretación humanoide, superficial y pobretona de este pasaje, convierte toda esta acción del Señor en una más de tantas actitudes rastreras en que se nos quiere convertir ahora el catolicismo. La Iglesia, cuando pensó en imitar el lavatorio de los pies en la liturgia del Jueves Santo, la concibió para hacernos ver en esta actitud del Señor, la necesidad de poner en práctica el amor fraterno entre todos los cristianos, algo que está muy lejos de la fraternidad masónica, liberal y ramplona que nos quieren meter hoy por las narices como esencial al cristianismo. Porque el amor fraterno de Jesucristo no es el amor predicado por el nuevo orden mundial, ni se le parece de lejos.

Claro que imagino que los exegetas (tan empeñados siempre en hacernos ver que lo escrito en los Evangelios no es original, sino un invento posterior), nos dirían que el Señor en realidad lavó los pies a doce representantes de todas las sensibilidades que le rodeaban. Pero la comunidad primitiva -al escribir el relato-,  oscureció el conjunto de los invitados y dejó escrito que lavó los pies a doce hombres, uno de los cuales (Judas), se largó inmediatamente. A lo mejor alguno le habría felicitado por su “sinceridad” y por seguir los dictados de su conciencia.

En realidad -les encantaría decir-, manuscritos encontrados por investigadores de fama, han dejado claro quiénes fueron los elegidos: parece ser que 2 fariseos (uno extremista y otro integrista), 2 saduceos (uno más a la derecha y otro más a la izquierda), 2 miembros del sanedrín (el más joven y el más viejo), 2 romanos (un legionario y un centurión: para que no hubiera elitismos), 1 seguidor de Barrabás (radicales anti-romanos), 1 zelote (los extremistas de la época), 1 representante de los criados del Palacio del Sumo Sacerdote –a ser posible mujer-,  y 1 de Samaría (a los que nadie podía ver, preferentemente mujer también). Como se ve, en estos elegidos, están todas las etnias y todas las religiones. Faltaría más. Y cubre el cupo de presencia femenina.

Me parece que en la Iglesia, a lo largo de tantos siglos, nunca se ha dejado de practicar la caridad. Y se ha hecho sin bombo y sin platillos. Tanto es así, que cuando el Estado ni siquiera existía, era la Iglesia la que se encargaba del socorro de los pobres, enfermos y abandonados: de los parias. Mucho antes de que vinieran los socialistas a hablar de los parias de la tierra, por los que en realidad ellos jamás se han preocupado, aunque han ayudado a engrosar su número. Y la Iglesia misma, nunca distinguió entre estos pobres si iban a misa o no, si se confesaban o no. Los curaba, los cuidaba y practicaba con ellos la misericordia… y los evangelizaba. Y si no eran cristianos los convertía, los catequizaba, les hacía ver que la religión cristiana es la única verdadera. Los bautizaba.

Ahora se nos quiere mentalizar en lo contrario. A juzgar por el modo de actuar de muchos Pastores, da la impresión que la Iglesia siempre estuvo olvidada de estos pobrecitos, y solamente ahora, con la llegada de los nuevos aires televisivos, el Mundo comprende que de verdad se vive la caridad. Y más todavía si entre los pies que van a ser lavados, hay pies de musulmanes, gnósticos, paganos y anti-católicos, que son los hoy valorados por el mundillo.

Pero el Señor dijo a los discípulos: Vosotros no sois del mundo.Y esto no hay quien lo quite del evangelio por mucho manuscrito que se analice.

Yo voy a hacer este año el lavatorio de los pies. A pesar de mis achaques reumatoides, me voy a agachar para lavar los pies a mis novicios modernistas. Pobrecitos. Eso sí, no lo voy a retransmitir vía satélite. A nadie le importa lo más mínimo lo que yo haga en mi convento. Viviremos la Cena del Señor sin papparazzis….

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