Muchas veces, allá en mi lejanísima infancia,  escuché a mi abuela esta expresión. En la Vieja Castilla se solía utilizar para expresar que lo importante es conseguir algo, cueste lo que cueste. A cualquier precio. Dicho de otro modo: que si se tiene propósito firme de lograr alguna cosa, se alcanza pase lo que pase. Y para ello se utilizan los medios que sean necesarios. Siempre en plan malo, por supuesto.

El caso es que me ha venido a las mientes este refrán de mi niñez, a medida que iba leyendo los últimos y estupendos artículos que está publicando Tradición Digital sobre el tema de las canonizaciones huracanadas que se nos vienen encima. No he visto ningún comentario en los habituales blogs o diarios digitales (ni en lo nidos de antaño, ni en los pájaros de hogaño), que por el contrario están ensimismados con el evento y piensan que nosotros somos carcamales con cara de pepinillo en vinagre o incluso peor, con ojos saltones de anti-papismo desbordante. Mis novicios andan ya preparando su mochila del peregrino para su viajazo a Roma (llaman a eso peregrinación), cuando los que vamos a tener una verdadera romería seremos los frailes que nos quedemos en el convento, sustituyendo y haciendo el trabajo de los que se largan a la Ciudad Eterna. Trabajo doble, para que ellos puedan peregrinar. Para esos menesteres estoy yo, que soy un vejestorio que no entiendo de estas cosas, dicen ellos.

Bueno, el caso es que el refrán de mi antepasada viene a cuento de lo que se está hablando sobre los milagros. Mi vecino Sofronio ha hecho una lúcida exposición de lo que Santo Tomás de Aquino decía sobre los milagros. No dejen de leerlo. Ha dejado claro -sin lugar a dudas-, que aquí (en estas dos inminentes) hay gato encerrado. Incluso algunos de los expertos de la Comisión Investigadora abandonaron la sospechosa comisión al ver los chanchullos que se estaban preparando.

Pero yo quisiera añadir algo más, que por no estar científicamente comprobado podrá enojar a unos y encabritar a otros: Santo Tomás no pudo prever esta situación que vivimos en estos últimos años, en la cual lo primero es la intención de canonizar y después se buscan los milagros. Esto explica que haya que rastrear entre los testimonios y buscar un milagro como seaa costa de lo que sea.

Y como este sistema lo inventó e ideó magníficamente Juan Pablo II, pues se lo han aplicado a él. Hoy por ti y mañana por mí. Esta conversación, -puramente literaria- pudo haberse dado alguna vez entre los lejanos 1990 y 2005, por decir alguna fecha:

– ¿Adónde viajamos el año que viene?

– A una isla polinesia que se llama Futuna, Santidad.

– Hay que hacer alguna misa de beatificación. ¿Tenemos algo?

– Estamos buscando…

– ¡No me digas que no hay nadie para beatificar!

– Parece que hay un monje que era nativo del lugar y que tenía fama de estar mucho tiempo en el confesionario perdonando a la gente sus pecados. Incluso también confesaba a los miembros de una tribu fetichista. Al final consiguió reunir a todas las tribus en un rito penitencial conjunto y logró la pacificación de la isla. Todos le querían.

– Nos puede valer, porque la gente seguro que lo tiene por santo. ¿Hay algún milagro por ahí?

– Parece que hubo una mujer que hace años iba a dar a luz, todos los médicos le decían que era peligroso y ella se encomendó al cura-brujo. Al final tuvo un parto normal y no le pasó nada…

– Uhmmm… nos puede valer. Díselo a la Comisión. Que se den prisa porque el viaje es dentro de diez meses.

– OK, Santidad.

De esta forma salen los milagros, muy por encima de las disquisiciones del Aquinate. Ni naturales, ni preternaturales… Nada por aquí, nada por allá… Voilà!

Tengo para mí que muchos de los últimos milagros han sido confeccionados en los laboratorios vaticanos. Y buena prueba de ello es que ya hay muchos que no están muy conformes con las canonizaciones de los últimos lustros. Incluso he leido por ahí que gente de cierto relieve lo pone en duda… aunque se hayan acostumbrado ya a dejar las cosas en manos de Dios.

Creo que este año, coincidiendo con el 50º aniversario del Vaticano II, había que buscar milagros como fuera para canonizar al Concilio en sí. Bueno, y al post-concilio también. Y las prisas, angustias, premuras y apresuramientos han sido descomunales. Fíjense si será así, que incluso para Juan XXIII, ha tenido que recurrir el Pontífice a declararlo santo sin milagro alguno. O sea, no daba tiempo ni siquiera a encontrar algún laico voluntario de la ONU o de alguna ONG que hubiera sido secuestrado por los talibanes y que le hubiera pedido al Papa Roncalli que les librara de los ataques enemigos. Pero no pasa nada: dicen ahora que hay un sistema utilizado antiguamente por los Papas para canonizar a quien quieran por su mero poder pontificio. O sea, que éstos cuando quieren recurren a la tradición y cuando quieren se la zampan y engullen diciendo que es algo malo.

Resumen: que la santidad en los milagros no está tan clara, y la santidad en la vida y doctrina tampoco. Por eso, el antiguo portavoz vaticano con el Papa polaco, entrevistado para la ocasión, no ve otra salida que decir que en realidad el milagro de Juan Pablo II era la propia vida cotidiana. Creo que el muy pillín se ha escapado por la tangente. Toma, para eso no hace falta entrevistar a un experto. Hay mucha gente para la que el verdadero milagro es su vida diaria. Que me lo digan a mí, que es un milagro cada día que pasa, el hecho de que no me hayan expulsado de la Orden. O de tantos cristianos tradicionales para los que es un milagro diario el poder subisistir entre católicos que los desprecian. Me huele todo esto a una sucesión de tópicos muy bien elaborados. Y el famoso portavoz da buena fe de ello.

Así que no hay problema con los nuevos sistemas de canonización. Si quiere usted un santo, pulse la tecla adecuada, busque el momento oportuno, organice el evento y apañe la celebración, movilice a las masas y busque su milagro. Nunca le faltarán peregrinos enfervorizados para refrendar la cosa.

¡Ah! se me olvidaba. Mucho cuidadito con los santos que se ofrecen a los de la derecha eclesial para que no se quejen: ahora se habla de Chesterton, para calmar los ánimos. No hay problema. La santidad está al alcance de todos. Ya se está viendo.

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