Siempre me llamó la atención la inteligente y habilidosa estrategia de Antonio Gramsci para conseguir que se extendiera como la pólvora la ideología comunista en los paises latinos. Mientras en Rusia se andaban aburriendo con El Capital de Marx, o la no menos insoportable obra de Lenin Materialismo y Empiriocriticismo, o los diversos panfletos de tantos y tantos teóricos del Partido, Gramsci desde la cárcel ponía los cimientos a una estrategia sumamente inteligente y práctica. Eso sí que era verdadera praxis. Se trataba de hacer llegar a todos los rincones de la vida cotidiana de los italianos y por ende de todos los europeos, el modo de pensar, de actuar, de vivir que impone el ideario marxista. Y no de una forma teórica y filosófica, sino de una forma práctica: Marxismo a la cultura, a la prensa, a los hogares y a las familias, a las iglesias y a los mercados, a las fábricas y a los colegios, a las universidades y los conventos. Marxismo hasta en la sopa, inteligentemente cocida a base de pocos, pequeños, pero constantes sobrecitos y pastillitas a los que todos pudieran tener acceso.

gramsci

Así se introdujo el maxismo en los países no-marxistas en los años sesenta del pasado siglo, así se introdujo en la Iglesia postconciliar  y así continúa el marxismo después de la caída del muro, aunque los tontos piensan que ha desaparecido tras el derribo. Creo que  aquella destrucción, abrió las puertas a la extensión ya descarada de las ideas marxistas por el mundo liberal. Al fin y al cabo son los mismos perros con distintos collares. Nuestra cultura putrefacta está infectada por todas estas ideillas marxistonas que la televisión se ha encargado de popularizar. No hay pueblo, villorrio o ciudad, que no tenga un concejal o concejala, consejero o funcionario comunista encargado de los Festejos Culturales (?), especialmente si el alcalde es de derechas, dedicado a promover lo más granado de la retrointeligencia -que dicho sea de paso-, siempre es anticatólica, anticlerical y pro-todo lo que venga desde las alcantarillas más zafias del pecado.

La misma estrategia viene utilizándose en la Iglesia desde hace años. Sólo que ahora, de modo más informal, más dicharachero, más campechano, con buen humor y sobre todo, sin ceremonia. Para que se vea que hay naturalidad y que no hay hipocresía. Hay un modo muy útil de ir desmoronando columnas levantadas hace siglos, como-quien-no-quiere-la-cosa, con habilidad, descaro y cierta soltura. Este método lo han aprendido de forma especial los más malos del Colegio. No me refiero al Cardenalicio, sino a cualquier colectivo que quiera destruir lo que antes quedó firme y seguro.

Y es que una frasecita dicha por aquí, un comentario jocoso hecho por allá, una recomendación ingenua (aparentemente ingenua) realizada por acullá, una sonrisita y un gesto por no muy allá… en el momento oportuno, ante el auditorio oportuno, con la retórica oportuna, pueden ser fenomenales para la destrucción y muerte de lo que se proponga. Si esto lo hace una Alta Autoridad, entonces está servido el éxito. Y si todavía más, lo realiza una Alta Autoridad con la que están drogadas y fanatizadas las masas, entonces ya la aceptación alcanza niveles estratosféricos.

Veamos por ejemplo, cómo se puede quitar de un plumazo en la mentalidad de los oyentes la obligatoriedad de cumplir con el tercer mandamiento que es santificar las fiestas: o sea, ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar:

“¿Cuáles son los deberes del cristiano? Quizás me dirás que ir a Misa todos los domingos o vivir el ayuno y la abstinencia en Semana Santa. Pero el primer deber del cristiano es escuchar al amor de Dios. Escuchar a Jesús”.

No cabe duda de que aquí nadie ha dicho nada malo. Pero ¿es lo correcto? ¿puede generar en los oyentes (en este caso va a llegar a todo el mundo) una cierta impresión de que no es tan necesario ir a misa en domingo?

Veamos otro ejemplo, para decir como si nada que la penitencia y la conversión consisten en el socorro a los necesitados, como en este discurso:

“La Cuaresma es para ajustar la vida, organizar la vida, cambiar la vida, para acercarnos al Señor. El signo de que estamos lejos del Señor es la hipocresía. El hipócrita no tiene necesidad del Señor, se salva por sí mismo, así piensa, y se viste de santo. El signo de que nosotros nos acercamos al Señor con la penitencia, pidiendo perdón, es que nosotros cuidamos a nuestros hermanos necesitados”.

¿Y quién es el hipócrita?

¿Qué hacen los hipócritas? Se disfrazan, se disfrazan de buenos: ponen cara de imagencita, rezan mirando hacia el cielo, haciéndose ver, se sienten más justos que los demás, desprecian a los demás. ‘Pero – dicen – yo soy muy católico, porque mi tío es un gran benefactor, mi familia es ésta, y yo soy… he aprendido… conocido a tal obispo, a tal cardenal, a tal padre… Yo soy…’. Se sienten mejores que los demás. Ésta es la hipocresía. El Señor dice: ‘No, eso no’. Ninguno es justo por sí mismo. Todos tenemos necesidad de ser justificados. Y el único que nos justifica es Jesucristo.

Todo perfecto. Pero me parece que mi frailuna experiencia puede desbrozar en estas palabras –una vez más-, ciertas referencias a ciertas actitudes. Esos son los hipócritas: los que rezan mirando hacia el cielo… pero no atienden a sus hermanos. Es verdad, pero hay una cierta intencionalidad muy-muy populista en estas palabras, que va calando entre los oyentes de todo el mundo. Sacar de aquí un titular para El País, es de lo más sencillo.

Sin embargo, en la misma misa que se celebraba en Santa Marta, se había leído la lectura del Antiguo Testamento sobre Sodoma y Gomorra. Qué ocasión tan estupenda para hablar y explicar por qué Dios castigó a aquellas ciudades. Parece, sin embargo, que se pasa de puntillas por el pecado de la sodomía

Y comentando la primera Lectura, tomada del Libro de Isaías, observó que el Señor llama a la conversión a dos “ciudades pecadoras” como Sodoma y Gomorra. Lo que evidencia que todos “tenemos necesidad de cambiar nuestra vida”, mirar “bien en nuestra alma” donde siempre encontraremos algo.

Así se va extendiendo el reguero de pólvora. Igual que se ha extendido con la futura comunión -que en realidad ya se ha aceptado con naturalidad-, de los divorciados vueltos a casar; con el ya famoso ¿quién soy yo para juzgar? que se lo conocen hasta los niños de pecho; con el hagan lío, que ya se lo han aprendido hasta los santos sindicalistas Cándido Méndez y Fernández Totxo y con el recen por mí, que va a empezar a decirlo muy pronto Mariano Rajoy.

Voy a hacer circular entre los hermanos de mi comunidad, que lo importante para ser buen fraile es tener misericordia de los viejos monjes tradicionales –como yo-,  y no tanto el asistir a los conciertos de los curas rockeros de las localidades adyacentes a este viejo monasterio. Aunque dudo del éxito de mi empresa.

Y es que para emular a los populistas, hay que ser populista.

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