Como pueden ustedes suponer, esta Cuaresma de 2014 aparece con unas características que no podíamos sospechar el pasado año, cuando todavía no había comenzado la Revolución Francisco, que tanto ha gustado a todos y a todas. Si se nos está diciendo que hay que ver desde otra perspectiva las situaciones morales que en otro tiempo se llamaban pecado; si hay que poner ojos misericordiosos ante lo que antes se llamaba adulterio; si hay que juzgar con tolerancia lo que antes era sodomía y si hay que llamar Eminencia a lo que antes se llamaba hereje, me estoy quebrando las neuronas para ver cómo podemos plantear esta Cuaresma con los términos habituales de conversión, arrepentimiento, penitencia, sumisión a Dios y preparación para la celebración sincera y profunda de la muerte y resurrección del Señor… sin que nos quedemos demasiado anticuados y nos digan que estamos sumergidos en una moda que nostalgia y añora otros tiempos. Ya se sabe que está de moda acusar a otros de que están sumergidos en una moda, sobre todo si son tradicionalistas o afines.

He visto a uno de mis novicios modernistas, encantado y sublimemente embobado con el Mensaje del Papa para esta Cuaresma, que se hizo público hace unos meses. Me lo ha dejado para que lo medite, en un intento por convertirme a esta nueva concepción de la Iglesia que ahora se lleva. Menos mal que esto no sale en los periódicos, porque tengo que decir con toda sinceridad, que me ha desalentado y descorazonado. No digo decepcionado, porque los niveles de chasco los tengo al límite. Ya no me decepcionan las personas o personajes de los que ya conozco el pie de que cojean, como diría el clásico.

El titular elegido para tal mensaje pontificio es un versículo tomado de San Pablo, que desde mi juventud consideré una de las frases más sublimes de sus cartas: sublime en profundidad, en espiritualidad y en belleza; esa belleza de Cristo de la que supo hablar tan bien este judío converso (mal que les pese a los que yo me sé), que es hoy día una de las columnas de la Iglesia. Cristo, siendo rico se hizo pobre, para que vosotros os enriquezcáis con su pobreza. (2 Cor. 8, 9)

Estudié y medité desde mi juventud conventual que Jesucristo se hizo pobre, se anonadó y se hizo pecado por nosotros (como dice san Pablo con diferentes expresiones). Pero la Pobreza del Señor es algo muy serio, que no se puede entender en clave puramente material. La Pobreza del Señor es el despojamiento absoluto de un Amor que se entrega absolutamente, para que también nosotros podamos entregarnos en absoluto a Él. Nos lo da todo, para que nosotros podamos darle todo a Él. La explicación del ciento por uno y la vida eterna a los que lo hayan dado todo por amor a Él,  es la explicación de un dar y recibir que se despoja y que se llena en un amor total y absoluto.Es la mostración más palpable de Su amor por nosotros para hacer posible y eficaz nuestro amor por Él. La Pobreza del Señor no es ninguna broma.

Creo que la interpretación en clave material o en clave de subdesarrollo ya está bastante manida por parte de los seguidores de la Teología de la Liberación, que estos días ha sido rehabilitada en actitudes y en fotos con poncho –todavía no en documentos oficiales–, por nuestro Supremo Guardián Müller, y que osó poner a estas palabras de la Escritura límites marxistas y liberacionistas.

Y de alguna manera, se vislumbra dicha interpretación en las palabras del Mensaje del Santo Padre, tal como lo ve mi retina frailuna. Distingue al principio entre pobreza material, moral y espiritual… pero si leemos bien el texto del mensaje, vemos que al final, las dos últimas (la moral y la espiritual) acaban reducidas también a la material. Pueden echar un vistazo y lo comprobarán.

Porque al final todo queda en miseria y subdesarrollo, falta de condiciones higiénicas, droga y pornografía, falta de trabajo, condiciones sociales injustas, ruina económica, falta de igualdad en los derechos… pero sin hablar ni una palabra de la esclavitud del pecado, que según el Señor es la suprema esclavitud y la suprema miseria. La cantinela y el dale-que-dale liberacionista no sale de sus estrechos límites de la opresión puramente política e indigenista. No se les puede pedir otra cosa, porque en realidad han perdido la brújula sobrenatural. Así se ha robado el catolicismo de gran parte de la América Hispana, –ellos dicen Latinoamericana– por clérigos marxistas que solamente les  proponían ese tipo de liberación, mientras el evangelismo les hablaba de Dios.

No me gusta esta Cuaresma edulcorada con el consabido saborcillo populista. Así que he decidido hacer de mi capa un sayo y montarme la Cuaresma al estilo de siempre. Al que nos hacía recordar que tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados y hacer penitencia, sin echarle la culpa a las estructuras injustas. Les he pasado a mis novicios un texto de la encíclica Mediator Dei, en la que el papa Pío XII hablaba casi de pasada de la Cuaresma, pero que expresaba en cuatro líneas mucho más que centenares de páginas de documentos actuales:

En los días de Cuaresma nuestra Madre la Iglesia multiplica sus cuidados para que cada uno de nosotros considere sus miserias, para incitarnos activamente a la enmienda de las costumbres, para detestar de modo especial los pecados y borrarlos con la oración y la penitencia; puesto que la continua oración y la penitencia por nuestras faltas nos atrae el auxilio divino, sin el cual todas nuestras obras son vanas y estériles. (MD, 39)

pio xii

Claro que esto no es popular, ni vende misericordina, ni será aceptado por la generalidad de los cristianos de nuevo cuño, encantados con la situación. Claro que es mucho menos complicado decirles que Dios les acoge, que Dios está ahí, que tiene los brazos abiertos para abrazar a todos, que hay que buscar de qué nos podemos despojar a fin de ayudar a otros y enriquecerlos con nuestra pobreza.

Decirles que tenemos que dejar de pecar, que tenemos que arrepentirnos y no volver a repetir nuestro pecado, que tenemos que tener propósito de la enmienda, que hay que confesarse (en el confesionario, con dolor de los pecados), se considera ya como una moda que recuerda los tiempos antiguos en los que la Iglesia no sabía llevar a las almas a Dios. En realidad, solamente ha empezado a llevarlas a Él a partir de marzo de 2013. Todo lo anterior fue tiempo perdido.

Que Dios nos conceda una Santa Cuaresma, tal como nos pedía Pío XII.

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