Hay una obsesión repetitiva en la predicación del Papa en Santa Marta, con eso de los cristianos tristes. Ya tuve que explicar en otra columna, que yo me siento aludido por estas acusaciones, a pesar de que nunca hasta ahora me había considerado triste. Pero así son las cosas.

Esta pasada semana, la referencia a los cristianos tristes tiene otro signo distinto, aunque me temo que tenga también la misma finalidad y el mismo trasfondo. Hablando de que la característica de los cristianos es que son personas que exultan porque conocen al Señor y llevan consigo al Señor, se aprovecha para una nueva arremetida que aquí transcribo:

Aquellos cristianos que viven en un tiempo adagio-lamentoso, que viven siempre así, quejándose de todo, tristes, no le hacen ningún favor ni al Señor ni a la Iglesia… Ese no es el estilo del discípulo. San Agustín dice a los cristianos: ¡Anda, ve adelante y camina! Con alegría: y ese es el estilo del cristiano. Anunciar el Evangelio con alegría. Y el Señor lo hace todo. En cambio, la excesiva tristeza, también la amargura nos lleva a vivir un, por así decirlo, cristianismo sin Cristo: la Cruz vacía a los cristianos que están ante el sepulcro llorando, como la Magdalena, pero sin la alegría de haber encontrado al Resucitado.

Aparte de que el estilo oratorio no es precisamente el que tenía Demóstenes,  y por lo tanto la traducción no puede ser muy de Cicerón, y aún en medio del confuso lío de palabras…  como ya nos conocemos,  puedo intuir con mi adagio-lamentosa-mala-milk (que en ocasiones es bastante alegre y divertida para mí), que aquí se mezcla todo al más puro estilo modernista, con la finalidad de sacar una sola conclusión: dar a conocer a los oyentes y lectores quiénes son los tales cristianos tristes, para que inmediatamente -como si estuviéramos en la Alemania nazi-, se les coloque la pañoleta en el brazo que nos identifique como amargados. Ni más ni menos. Yo, por el sólo hecho de llevar mi hábito, ya tengo bastante identificación entre mis hermanos. Soy amargado porque no llevo pantalones vaqueros asquerosamente sucios y no hago celebraciones  a las tantas de la madrugada con jóvenes y jóvenas conscientemente cristianos, que apoyan la homosexualidad y que rechazan las enseñanzas morales de la Iglesia.

Nuestro Señor, que era el Buen Pastor, ya nos alertaba de la situación en que nos veríamos después de su muerte y de su desaparición de este mundo. No creo que podamos acusar a Jesucristo de amargado, cuando contraponía la alegría del mundo con nuestra necesaria tristeza:

Lloraréis y os lamentaréis, y en cambio el mundo se alegrará.Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría (Jn. 16, 20).

En el mundo tendréis tristeza, pero confiad, Yo he vencido al mundo. (Jn. 20, 33)

Todo parece indicar por tanto, que el mismo Señor nos avisa de la posibilidad de que los discípulos tengamos que cargar con una tristeza, que estará justamente en proporción inversa a la alegría y el jolgorio del mundo. Por lo visto el Señor estaba en ese momento en un estado adagio-lamentoso. Claro que como Él no hablaba pensando en la prensa ni en la publicidad, se limitaba sencillamente a aconsejarnos lo que más nos convenía. Menuda diferencia.

Si nos atenemos a estas palabras transmitidas por el Evangelio de San Juan -y claro está, esto solamente sirve para los que creemos en la inspiración  y en la historicidad de los Evangelios-, tenemos motivos para estar tristes, porque hay que ver lo contento que está el mundo (yo diría el mundillo), con las actuaciones y con los decires y haceres de nuestros líderes religiosos. Ellos andan felices y contentos, triunfalistas, con plena confianza en sí mismos y en sus programas de acción, con la presunción del éxito al alcance de la mano. Y curiosamente, todos los medios que les encumbran, encaraman y ensalzan.

Para ellos -yo los comprendo, pobrecillos-, no puede haber lugar para la tristeza. Todos sabemos lo bien que va todo. Porque ahora se vive el cristianismo mejor que nunca. La asistencia a los sacramentos está por las nubes, la euforia colectiva está fuera de todo control, el sentido cristiano de la moral está en proporciones elevadísimas, el matrimonio cristiano –especialmente después de la catequesis de alta teología sobre las suegras– está que se sale, la familia está de miedo y fenomenal, a falta del golpe que se le va a dar este mismo año, la juventud vive enamorada de su vocación cristiana, como se ha visto en la participación masiva de jóvenes realmente comprometidos con su vida cristiana en Río de Janeiro, los Obispos están encantados con la nueva situación de progreso eclesial y de acercamiento al mundo… etc.

Por lo visto, son muchas las razones que tienen para estar contentos, mientras el cadáver se corrompe. Ya dijo el Señor que donde esté al cadáver allí se congregarán los buitres. Veo muchos buitres cantando a coro, mientras los adagio-lamentosos advertimos que esto no marcha. Pero no hay que hacer caso: son los clásicos amargados que no hacen ningún favor al Señor ni a la Iglesia.

Yo creo que la tristeza de María Magdalena al ver que el sepulcro estaba vacío, era real. Y por eso -en sus lamentos-, intentaba encontrarlo como fuera. Hasta que  el Señor mismo se le hizo presente. Ahora, la habrían calificado  en Santa Marta de cristiana amargada y tristona, si la hubieran entrevistado antes de encontrar a Jesús Resucitado. Quejarse de que el Señor ha desaparecido y no se sabe dónde lo han puesto, no está bien visto. La dictadura de los que tanto critican las dictaduras (menos la cubana), la intolerancia de los que se les llena la boca de la palabra tolerancia, la incomprensión de los que no hablan más que de comprensión, la actuación justiciera y despótica de los que no hablan más que de misericordia, es hoy día el carnet de autenticidad de un cristiano alegre.

Los pobrecillos que se atrevan a levantar la voz tímidamente, o a comentar  respetuosamente que esto no va bien, que se preparen. Los ejércitos misericordiosos de los déspotas de turno, tan judaizantes ellos, tan mahometanos ellos, tan vudús ellos, no lo permitirán. Que se lo digan al pobre Roberto De Mattei, ya estigmatizado y expulsado, probablemente por una llamadita telefónica desde las altas esferas. Así actúan.

Ha dicho el Cardenal Super-Madariaga que hay que criticar al Papa, pero con amor. Pues vaya cosa. Seguramente él tenga el termómetro para decidir quién critica con amor y quién critica por encima de los niveles permitidos. Cuando en realidad no se trata de eso: se trata de ver con los ojos de la cara que se nos han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Mientras tanto, todo el mundo sonríe, goza, se alegra, se regocija y se apunta a la jarana, el jolgorio y el alborozo.

Me vienen a la mente las palabras de aquel otro cristiano amargado y lamentoso, amante del adagio que fue Santiago, el apóstol que nos dejó escrito en su carta:

Estad sujetos a Dios. Resistid al Diablo, y él huirá de vosotros. Acercáos a Dios, y Él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores, y purificad vuestros corazones,  hombres vacilantes. Reconoced vuestra miseria, afligíos y llorad. Que vuestra risa se convierta en llanto, y vuestra alegría en tristeza.

Este Santiago, sin duda era peligroso. Seguro que le gustaba la Misa Tridentina, ésa que es una moda entre algunos jóvenes adagio-lamentosos de hoy. Yo creo que no hubiera llegado a Cardenal en estos tiempos.

Voy a comprarme unos globos y ponerlos en mi celda, a ver si así me alegro un poco la vida. Y voy a leer solamente la prensa adepta-exultante-eufórica para que se me quite la amargura. No creo que pueda ya soportar los pantalones vaqueros, por razón de la edad, pero quizá unas sesiones de música focolar o kika me espabilen el espíritu. La verdad es que me amarga la idea de no poder quitarme la amargura.

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