Todos los que tienen ya una cierta edad y conocimiento de los sucesos eclesiales de este último medio siglo, saben perfectamente que la expresión “por razones pastorales” ha sido utilizada con abundancia en muchos documentos emanados de la Santa Sede y por supuesto, de las Conferencias Episcopales. A quien no conozca a fondo el truco que esconde tal expresión -sea por su juventud o por su ingenuidad-, le podríamos decir que su significado viene a ser una declaración de que la ley que se ha dictado, se puede pasar por alto, siempre que existan razones que lo aconsejen. Poco entiendo de Derecho, pero me parece que no sería doctrina jurídica muy de fiar la que dictaminara leyes que se deben cumplir siempre que no haya una razón que permita que la Ley se deje de cumplir. Es como si la Agencia Tributaria dijera que hay que pagar los impuestos, a no ser que razones pastorales aconsejen que no se paguen. Mucho me temo que millones de ciudadanos encontrarían miles de razones para no pagar. Incluso en mi convento, no pagaríamos los impuestos a este gobierno por las razones pastorales evidentes de que no son católicos de verdad, o porque la corrupción instalada en los partidos políticos aconseja no darles ni un céntimo más. Y así, un largo etcétera de razones pastorales. Claro que el Ministerio de Hacienda, no es un Dicasterio de la Santa Sede o una Comisión de la Conferencia Episcopal, así que no hay nada que hacer.

Por razones pastorales, desde los años setenta, se han cometido en la Iglesia los mayores destrozos que imaginarse pueda. Por razones pastorales se empezó a dar la comunión en la mano, con el consiguiente descenso del respeto a la misma, por decirlo de manera suave; por razones pastorales también, se nombraron ministros extraordinarios de la Eucaristía, con lo cual el Santísimo empezó a ser manejado por todo el mundo; por razones pastorales estos mismos ministros extraordinarios empezaron a llevar la comunión a los enfermos; por las mismas razones pastorales se ampliaron las posibilidades para que la confesión se hiciera menos en el confesionario y más en los llamados Ritos Penitenciales en común, con la lógica disminución de la confesión privada;  por razones pastorales se permitió que los laicos tuvieran funciones en la Santa Misa que estaban reservadas sólo al sacerdote, y se inventaron las llamadas para-liturgias, especie de bodrio cultual que en la imagen de los fieles sustituía sin problemas a la misa entera y verdadera; por razones pastorales se dejó de administrar la extremaunción si el enfermo no lo pedía expresamente, con lo cual se cargaron el Sacramento y lo convirtieron en una especie de consuelo para los enfermos de gripe; por razones pastorales se ordenaron diáconos permanentes, a la espera de que también por razones pastorales pronto puedan ordenarse como sacerdotes hombres casados, para que enseguida y siempre por razones pastorales se elimine el celibato, porque ya se sabe que ha hecho mucho daño a la Iglesia desde que se implantó.

Que nadie piense que todos estos cambios se hicieron al tuntún, sin medir bien las consecuencias en la doctrina y la práctica secular de la Iglesia. Por mucho que las normativas se revistieran de preocupación y de sufrimiento por la dolorosa situación pastoral (por cierto, creada por ellos), estaba todo atado y bien atado. Claro que se conocía bien el alcance, las secuelas y las consecuencias. Pero la clave estaba en que todo esto que se permitía,  ¡ojo! siempre que las circunstancias lo aconsejaran, se fue convirtiendo en práctica habitual en parroquias, diócesis e incluso misas vaticanas, en donde también se permitieron bailes tribales y muchos otros ensayos, sin duda porque las razones pastorales lo aconsejaban fuertemente. Todo ello reforzaba, se nos decía, la piedad y el culto, la doctrina y la práctica. Y de paso se auto-daban un auto-enjuague de comprensión hacia el hombre moderno, cansado ya de signos excesivamente trasnochados. Eran ya los comienzos de la misecordina, aplicada solamente a los casos que interesaban. Mientras tanto se les daba palos a los que pensaban de otro modo o expresaban su extrañeza por cambios tan repentinos.

En un paso adelante, también por razones pastorales, se comprendió que el matrimonio pasaba por delicados momentos, según las condiciones sicológicas del hombre contemporáneo (supongo que también de la mujer), lo cual llevó a considerar desde un punto de vista mucho más comprensivo la posibilidad de conceder las anulaciones correspondientes. De todos son conocidos los resultados de tales prácticas, que han puesto al sacramento del matrimonio en un estado de coma irreparable. Por eso precisamente, ahora se aducen también razones pastorales para considerar que la Iglesia tiene que comprender al mundo moderno y debe dar algunos pasos adelante en su salida a buscar a sus ovejas. Ya no se conforman con el destrozo anterior. Hay que dar más pasos.

Y esos pasos son los que nos esperan en el inmediato y cercano futuro. Ya nos están preparando para ellos. Por una parte los divorciados vueltos a casar, que deben ser comprendidos y por razones pastorales hay que darles la comunión. Se aducen todo tipo de razones piadosas: que si ya la Iglesia hizo esto en el siglo tercero (como si les importara a éstos el siglo tercero y lo que hizo la Iglesia entonces), que si las iglesias orientales lo admiten, que si es una carga que hay que ayudarles a soportar… y en el colmo de la caradura o si lo prefieren, en el colmo de la desfachatez, el cinismo y la desvergüenza por razones pastorales (aunque hay quien es un cínico siempre y a toda hora), el maso-cardenal de Viena dice al Papa en la visita ad límina lo siguiente:

Una cosa es clara: la Iglesia debe prestar una más grande atención a aquellos cuyos matrimonios fallan y debe acercarse a ellos. Nadie debe tener el sentimiento de que su vida en la comunidad Católica ha llegado a su fin porque su matrimonio ha fallado… Nosotros en la Iglesia, tácitamente vivimos con el hecho de que la mayoría de los jóvenes, incluídos los que tienen estrechos vínculos con la Iglesia, con toda naturalidad viven juntos.

Con este pequeño dato, ya pueden ir ustedes resolviendo el problema y viendo por dónde van los tiros. Pobrecitos, los jóvenes estrechamente vinculados a la Iglesia que quieren vivir en concubinato por razones pastorales y no quieren recibir el matrimonio. Hay que comprenderlos. Pobrecitos los matrimonios que han fallado y sufren porque la Iglesia no los comprende. Pobrecitos los que se sienten atraidos por uno del mismo sexo y constituyen una forma de unión que también hay que comprender.

Todo llegará. Hasta mis novicios piensan ya que eso de la indisolubilidad es algo cuanto menos, discutible. O digamos que se puede aceptar en teoría, pero que habrá que adecuarlo a las situaciones concretas. Los pobrecitos se saben de memoria las preguntas del catecismo de las razones pastorales, aunque no saben cuántas naturalezas hay en Jesucristo. Pero esto último, ¿qué importancia puede tener? Al fin y al cabo, como dijo el Santo Padre hace unos días a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe,

Desde los primeros tiempos de la Iglesia existe la tentación de entender la doctrina en un sentido ideológico, o de reducirla a un conjunto de teorías abstractas y cristalizadas. En realidad, la doctrina tiene el único propósito de servir a la vida del Pueblo de Dios y garantizar un fundamento cierto a nuestra fe. Desde luego, es grande la tentación de apropiarse de los dones de la salvación que viene de Dios, para domesticarlos – tal vez incluso con buena intención – siguiendo la opinión y el espíritu del mundo.

Las doctrinas abstractas tienen que servir al Pueblo de Dios. Vale. Pero yo me pregunto: cómo pueden servir al Pueblo de Dios si se le está diciendo constantemente al Pueblo de Dios que las doctrinas abstractas tienen peligro de ideologización. Será que están en el límite de la plenitud y la penitud del límite, digo yo…, mientras me rasco la capucha.

Y mientras tanto, en la práctica, las doctrinas abstractas nos las vamos cargando en un acercamiento al mundo moderno, al que hay que atraer. La doctrina tiene que adecuarse al mundo contemporáneo, por supuesto. Que se lo digan a los Cardenales que ahora van de comprensivos por el mundo. Olor a oveja, pero olor a adulterio, concubinato y divorcio que no se tiene ninguna intención de remediar, porque no interesa la salvación de las ovejas. Me parece a mí.

Por lo tanto, yo en mi convento ya le he dicho a mi padre Superior que voy a hacer lo que me dé la gana de ahora en adelante. Eso sí, por razones pastorales. Faltaría más.

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