Hace ya muchos siglos, el profeta Isaías advertía del peligro de alabar a Dios con la boca y no con el corazón (Is. 29,13). Esta advertencia la hizo suya Nuestro Señor Jesucristo, citando al Profeta: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí (Lc. 15,8). Desde entonces ha quedado claro (por las palabras del Hijo de Dios), que el lenguaje puede ir por una parte y los pensamientos y el corazón por otro. Desde mucho antes, en el mismo momento en que Adán cometió el primer pecado, ya fue posible para la humana naturaleza, mentir descaradamente y que las palabras no se correspondieran con los hechos. En esto, el Demonio es un verdadero maestro de la mentira (el Padre de la mentira, le llamó Jesús), de la manipulación y de la corrupción.

De ahí la importancia de las palabras del Santo Padre que insiste una y otra vez en esos términos, muy preocupado del peligro de ser más un cristiano parlanchín, que un verdadero amante de Dios. En esta última ocasión, en uno de los primeros sermones   de este nuevo año, lo dijo de manera muy clara: no podemos ser papagayos cuando declaramos nuestra fe. Creo en Dios y creo en Jesucristo hay que decirlos de verdad, con el corazón. Porque si no, estamos inmersos en la hipocresía que el mismo Cristo denunció.

…una cosa es recitar el Credo desde el corazón y otra es hacerlo como papagayos, ¿no? Creo, creo en Dios, creo en Jesucristo, creo… ¿Yo creo en lo que digo? ¿Esta confesión de fe es verdadera o la digo de memoria porque se debe decir?

Es verdad. Tan verdad, como que el peligro de la rutina y la hipocresía, puede aparecer en todos lados, en todas partes y de todos los modos posibles. Puede ser un papagayo el que recita el Credo en latín y el que lo recita en español. Puede ser un papagayo el que recita las oraciones de la misa tridentina, como también lo puede ser el que la recita en español o en esperanto. Puede ser un hipocritilla el que se ata a las fórmulas y rúbricas de un rito, como el que se ata a las fórmulas libres, espontáneas y a veces heréticas de otro. Sí, porque también hay quien se ata a fórmulas consistentes en criticar toda fórmula. Tiene tanto peligro de rutina y de ser papagayo el que se empeña en cumplir las normas fijas, como el que se empeña en tener siempre la norma fija de agredir toda norma fija.

Tiene tanto peligro de apartarse de Jesús el que insiste en lo puramente anecdótico y legalista, como el que ser empeña por norma en ser un ilegal. Así como tiene tanto peligro el que se olvida de los pobres, como el que no hace otra cosa que mentar a los pobres. Es un peligro real. Recuérdese que el Señor le dio un buen vapuleo a Judas Iscariote cuando –cargado de sorna y de hipocresía-, comentaba que el rico perfume con el que se estaba ungiendo al Señor, se hubiera empleado mejor en atender a los pobres. La respuesta contundente del Señor no dejó de escribirla San Juan en su evangelio, añadiendo también otras palabras inspiradas por el Espíritu Santo: es que a Judas no le importaban los pobres… (Algunos dirían hoy día que San Juan andaba algo despistado al escribir esto).

O sea, que si vamos a eso, los peligros están por todas partes y escorarse hacia la hipocresía en las propias acciones es muy real. De ahí la necesidad de estar muy vigilantes y de amar mucho a Dios. Al final, efectivamente, eso es lo importante. Por muchos carismas y funciones que haya en la Iglesia, si no tengo caridad, no soy nada. Hace ya mucho que lo dijo Dios por boca de San Pablo en su carta a los Corintios.

Lo que me pasa es que como soy un fraile algo viejo y mal pensado, aunque no fui cocinero anteriormente, y he visto tantas situaciones de amor por los pobres tan complicadamente ampulosas y publicitadas que han terminado como el Rosario de la Aurora, ya no me fío de las palabras, sino que voy a los hechos. Recuerdo que el final de la novela protagonizada por Leonardo Boff, tan preocupado por los recursos de la Tierra, por los pobres del tercero y cuarto mundo, por la ecología y el problema indígena, por la deuda norte-sur y toda esas cosas… fue precisamente el abandono del sacerdocio y el matrimonio (civil, por supuesto), con alguna discípula tan preocupada como él de los dichosos recursos.

Hay dos cosas que no entiendo (entre otras muchas) y que me gustaría algún día poder interpretar con más serenidad. Una de ellas es por qué tanta insistencia en la pobreza cuando luego hay actitudes difícilmente digeribles en una supuesta Iglesia que alardea de ello.

Los 5 millones de dólares que el Papa ha tenido que inyectar (como el FMI a los Bancos en quiebra) a la Diócesis de Río de Janeiro por las pérdidas de la Jornada Mundial de la Juventud, me parece algo escandaloso en un momento en que no se habla de otra cosa que de una Iglesia pobre. Claro que si se tienen en cuenta las enormes frutos de esta JMJ, quizá pueda comprenderse tamaño gasto. No vamos a decir aquí como Judas que ese dinero se le podía haber dado a los pobres… porque en este caso está justificado, creo yo. Y es que en todas partes cuecen habas.

Por eso me alegra la nota que el Papa Francisco ha enviado a los Cardenales electos, para hacerles saber que este nombramiento no es más que un servicio a la Iglesia y por tanto no es menester que lo celebren con algarabía:

Te pido, por favor, que recibas esta designación con un corazón sencillo y humilde. Y, si bien tú debas hacerlo con gozo y con alegría, haz que este sentimiento esté lejos de cualquier expresión de mundanidad, de todo festejo ajeno al espíritu evangélico de austeridad, sobriedad y pobreza.

Qué razón tiene. Todavía recuerdo cuando el recién nombrado cardenal Dolan de Nueva York, hace unos años, con su gorra de beisbol y su taza de café en la mano, recibía a los periodistas en Roma. Me sentí mal al ver aquellas fotos. O al ver este panfletillo publicitario.

dolan cardenal

Pero este Consistorio ha tenido algo distinto. Se le ha concedido en esta ocasión el capelo a iglesias pobres como las de Haití, Burkina Faso o incluso Managua, por el hecho de ser pobres, veremos cómo se enfrentan ahora a los pagos de billetes de avión de sus cardenales que van a tener que estar en Roma cada dos por tres. Si Judas estuviera por aquí, a lo mejor diría también que los dinerillos de esos vuelos se le podrán dar a los pobres. Porque seguro que los gastos de esas pobres Archidiócesis, se van a disparar en el futuro, al tener un cardenal viajero. Si no, que se lo digan a la Archidiócesis de Tegucigalpa, en la que no aguanta mucho tiempo el Cardenal Rodríguez Madariaga, que está ahora de consejero de la Iglesia Universal y viaja más que el cardenal Cañizares. Me apuesto la cogulla a que esa Archidiócesis está de gastos hasta el cuello, desde que lo metieron en el Consejo de Administración del Obispo de Roma.

La segunda actitud que no acabo de entender, ha sido la reciente ceremonia de bautismos realizada por el Papa en la capilla Sixtina.  En la página informativa del Vaticano, no se dice nada especial, pero las noticias de prensa de otros medios laicos, claro está, han destacado que uno de los niños era hijo de padres casados por lo civil. También en este caso puede haber papagayos por ahí sueltos, porque me parece que ésa es una práctica que cualquier párroco de pueblo, de campo y de donde sea, ha tenido y tiene que afrontar frecuentemente. Hemos llegado a una situación en la que los matrimonios por la Iglesia han descendido estrepitosamente, y todavía hay padres que a pesar de todo quieren bautizar a sus hijos. Cuántos sacerdotes de a pie, han aprovechado esta circunstancia para casarlos por la Iglesia, o para amonestarles a que lo hagan cuanto antes. Y siempre asegurando que los padrinos sean verdaderamente católicos y casados por la Iglesia.

Pero en el caso que nos ocupa, no parece haber nada de esto. Ojalá alguien me lo desmintiera. Me escandaliza que el Papa no haya resuelto este bautismo con la previa boda de los padres. Habría sido un titular de primera plana espectacular: Gracias al Papa, dos casados por lo civil se casan por la Iglesia. Y al mismo tiempo habría dado ejemplo a los sacerdotes que luchan y sufren diariamente estas situaciones. Pero no. Ni una palabra de la necesidad de casarse por la Iglesia. Ni una palabra oficial sobre los atenuantes que haya podido haber (si los hay). Solamente el titular periodístico que nunca es explicado ni matizado por nadie: El Papa bautiza a un hijo de casados por lo civil. Conclusión inmediata: Pues ya ves que para el Papa no es tan importante el matrimonio por la Iglesia. O sea, que digo yo que puede ser también éste un caso de papagayismo sacramental: se bautiza así porque sí. Sospecho que olvidando las graves obligaciones de un cargo, que tiene que confirmar en la Fe a sus hermanos. Y que es también un Servicio, incluso más que el de los Cardenales.

Por tanto, lo mejor será que nos centremos en el verdadero amor a Dios y en la verdadera devoción y afecto del corazón cuando nos dirigimos a Él. No vaya a decirnos algún día el Señor: Predicásteis mucho en mi nombre, incluso hicísteis milagros… pero en verdad os digo que no os conozco.

Si mi vecino de columna se queja de cómo está el patio, imagínense ustedes cómo está el clero.

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