Con el nuevo año, han recomenzado las homilías en Santa Marta, y con ellas esas pequeñas pullas con las que se va minando la doctrina clara y verdadera, diluyéndola entre las dudas, o sumergiéndola al menos en una ambigüedad que muchas veces me provoca cierta indignación, sobretodo porque de aquí salen luego las innumerables citas del Santo Padre acumuladas por los tontos, que admiten una infalibilidad infalible en estas palabras, mientras niegan los dogmas con la mayor tranquilidad del mundo.

Hay quien me dice que ando obsesionado con todos estos discursos y alocuciones. Es verdad, porque para mí son algo más que eso: son verdaderas arengas y proclamas, que se van acumulando y que van debilitando y destruyendo la doctrina sana, mientras los asistentes a la susodicha misa de Santa Marta (vean si no, los videos diarios), escuchan como si estuvieran ante la Zarza Mosaica ardiendo, con cara de petimetres embobados, con una admiración que para sí la hubieran querido los filósofos presocráticos. Menos mal que no se descalzan,  pero a lo mejor algún día llegamos a eso.

El caso es que el nuevo año nos trae ya una perla que me parece llamativa, aunque pocos hayan reparado en ella. Creo que la puedo comentar con mis lectores, ya que todo el mundo se siente llamado a interpretar las palabras de Francisco. Siempre  abundan las interpretaciones maximalistas y exaltadoras del Genio. Estoy convencido de poder hacerlo así, porque ya nos dijo él mismo que pidiéramos por él y que él también necesita confesarse, porque también tiene defectos. Y de paso conservamos su humildad, que puede verse quebrantada por tantas palabras laudatorias sobre su persona en estos benditos últimos diez meses.

De todos modos, yo digo lo que pienso; a la espera de que se publique algo en La Civiltà Cattolica, que es ahora por lo visto la que lleva la voz cantante en contar lo que dice el Papa. Algo así como la nueva Acta Apostolicae Sedis, pero en versión diálogo-entrevista-compadreo, bebiendo un mate y sin ceremonias papales absurdas. Y es que ya se sabe que los jesuítas se entienden entre ellos a las mil maravillas y están en una sintonía con el nuevo Pontífice, que no se conocía desde los tiempos de San Ignacio.

Pues bien, volvamos a la perla subliminal. Resulta que siguiendo las instrucciones de San Juan, el Papa explica cuál debe ser el criterio para conocer si una cosa viene de Cristo o del anticristo. Me alegro que nos lo diga, porque estamos en tiempos propicios para andar entrenados en el tema. La respuesta está –se dice–, en que debemos conocer lo que sucede en nuestro corazón y en él discernir si una cosa viene del Señor o no.

Nuestro corazón siempre tiene deseos, tiene ganas, tiene pensamientos. (…) Si va en la línea del Señor, así irá bien, si no, no va…(…) Y el espíritu que reconoce que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios (…) y reconocer el camino de Jesucristo es reconocer que Él, siendo Dios, se ha abajado, se ha humillado hasta la muerte de cruz…

No se preocupen si piensan que no se entiende nada. Parece que se nos quiere decir que para saber si algo es de Dios o no lo es, hay que consultar a nuestro corazón. Como ya ha quedado establecido meses atrás que no hacen falta seguridades, ni verdades inmutables, ¿para qué se va a hacer referencia a ellas? Parece que lo importante es la acción, lo que aquí se llama el abajamiento, la humillación… pero yo no veo por ninguna parte las seguridades objetivas. Una de las cosas que yo siempre había creído que nos daba la seguridad de que procede de Dios, es precisamente el hecho incontestable de que la Iglesia lo refrende y lo corrobore. O sea, el Magisterio (no el de Santa Marta, sino el auténtico). Ese Magisterio que ahora se niega de hecho con tanta facilidad.

Me ha traido a la mente lo que estudiábamos en mis tiempos jóvenes acerca de la filosofía de la acción de Maurice Blondel, con su método apologético del umbral, en el que el acto de fe no es la aceptación de un contenido propuesto por una autoridad exterior, sino la expresión exterior de un sentimiento religioso. De esta forma, la verdad no es otra cosa que el acuerdo perfecto del pensamiento con la vida. Por eso está Blondel tan dentro de Rahner y por eso está Blondel indirectamente citado en la Pascendi de San Pío X.

Seguro que yo estoy exagerando, pero la verdadera pulla se entremezcla en la siguiente cita:

“Ese es el camino de Jesucristo: el abajamiento, la humildad, la humillación también. Si un pensamiento, si un deseo te lleva por ese camino de humildad, de abajamiento, de servicio a los demás, es de Jesús. Pero si te lleva por el camino de la suficiencia, de la vanidad, del orgullo, por el camino de un pensamiento abstracto, no es de Jesús.

O sea, que cero a la izquierda para el pensamiento abstracto. ¿He de entender por ello la formulación de verdades intelectuales? ¿El pensamiento abstracto no es de Jesús? ¿Y por qué razón? ¿Hay que poner en la misma altura la suficiencia, la vanidad, el orgullo… (y así, como si nada)… el pensamiento abstracto?

Voy a poner solamente un par de ejemplos, porque aquí hay que espabilarse para que no nos las den con queso. ¿Son de Jesús estas expresiones que admito plenamente en mi corazón?

En Jesucristo hay una Persona Divina y dos naturalezas: una divina y otra humana.

La Santísima Trinidad son tres Personas distintas y un solo Dios verdadero

En Jesucristo hay dos voluntades

….

¿Estos pensamientos son de Jesús? Porque aquí no hay abajamiento, humillación, amor a los pobres….

Mucho me temo que queda bien entendido lo que se llama pensamiento abstracto en este discurso. Repito: introducido como si nada. Como el pensamiento abstracto no es abajamiento ni humillación, sino seguridad, pretensión de conocer a Dios,es por tanto rechazable. La religión como un conjunto de fórmulas impuestas desde fuera, deja paso inevitablemente a una fe que proviene de nuestro interior. Todo muy aparentemente místico, pero de una inmanencia impresionante.

Mis novicios se ríen de estas cosas. Lo importante, dicen, es el amor a los demás, la humildad, la comprensión y apoyo a los marginados… y no esa absurda manía de presentarlo todo en fórmulas cuadriculadas.

Los demás escándalos con los que nos desayunamos ya todos los días, no llevan a la vanidad ni al orgullo; o sea, que por lo visto son de Dios y hay que mantenerlos alegremente en nuestro corazón. El abajamiento de subir a algún colega al papamóvil, eso sí es síntoma claro de que la cosa funciona. Yo, como no tengo papamóvil, no sé lo que haré para demostrar mi cristianismo fetén. Ya pensaré algo que impacte a mis frailes.

 

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