Queridos Reyes Magos:

Perdonad que os llame así, pero desde que era niño mis padres me enseñaron a dirigirme a vosotros de esta manera. Ya sé que ahora, con las nuevas técnicas de exégesis bíblica y los nuevos descubrimientos de interpretación filológica, hemos llegado a conocer con verdad que ni sois reyes, ni sois magos. Pero yo no puedo evitar ser un trasnochado y anticuado que hasta se cree que vuestros nombres son Melchor, Gaspar y Baltasar.

Mis hermanos frailes –que han estudiado a fondo la Sagrada Escritura, en prestigiosas Universidades de la Iglesia–, dicen que todo esto son tonterías de gran calado, producto de una mentalidad absorbente, enfermiza y totalitaria, que quería adormilar las ansias de los cristianos de antaño, e impedir que pensaran por libre. Y no sólo ellos, sino que en general piensan así tantos y tantos escrituristas de la nueva ola, que se dejaron el encéfalo dándole vueltas a los textos sagrados, con la ayuda de los nuevos métodos exegéticos. Lo probaron todo, menos leer los textos a la luz de la fe.

Los que estudiaron en la Escuela Bíblica de Jerusalén y consiguieron escapar de la neurosis masiva y pandémica que allí se contrae, son los que parece que entienden más de esto, (o eso es lo que ellos se creen). Los que estudiaron directamente en Roma, volvieron diciendo que todo es una monumental tontería con la que hay que acabar, empezando por los mismos evangelios de la infancia de Jesús, plenos de atavismos y pejigueras devotas, pero también entienden un rato largo, por lo cual les tengo verdadera envidia (o eso les hago creer). No digamos nada si estudiaron en München o en Brisgovia o en Retesburgen, porque éstos añaden el componente germánico, que impide a cualquier hijo de vecino leer el evangelio en roman paladino, o sea, entendiendo algo. Y siempre pueden decir con orgullo que mientras estudiaban allí, vieron un día a Rahner por la calle caminando bajo palio.

De los que estudiaron en Salamanca o en Comillas no os cuento… porque esos añaden a la destrucción de toda inspiración de la Escritura, aprendida en libros alemanes traducidos al español, una tendencia a promover la teología paleto-marxista-revolucionaria-pazguata con algunas dosis de vulgo revulgo. A todos en realidad les falta fe… en vosotros, queridos camaradas magos.

Uno de mis frailes jóvenes, recién doctorado, me ilustraba hace unos días sobre la necesidad de no creer en nada de lo que dicen los Evangelios, para poder así mantener la fe libre de ataduras innecesarias. La fe, dice él, es tan fuerte para nosotros, que cuando no creemos en nada es cuando se hace realmente importante. Dice él que ahora se sabe con certeza, que los Reyes Magos eran en realidad (según los estudios de un eminente doctor de la Universidad de Lampedusa), unos inmigrantes pobres de solemnidad, que llegaron en patera hasta el Mar Rojo y de ahí pasaron a Nazareth para ir a ver al niño, (eso de Belén ya está superado) montando en camellos prestados por las autoridades, que ya entonces transportaban la droga desde las periferias hasta el Continente, pero con poca autonomía y sin nadie que los supiera conducir a su destino. Por eso se inventaron lo de la estrella, que es una especie de GPS simbólico para escapar de Herodes, que a su vez tampoco existió.

Era imposible que fueran ricos –siguió diciendo mi hermano de hábito–, porque ya se sabe por la filología y la teología moderna que los ricos son despreciados por Dios, a no ser que sean pobres sindicalistas, que se hayan enriquecido por amor a los otros y siempre pensando en los otros.

También sé por este hermano que eso del oro, incienso y mirra es una chorrada. No podían traer regalos, y el hecho de que aparezcan estos tres productos en los relatos tardíos, indica la perversión de la Iglesia de los siglos posteriores, que quiere hacer ver que Dios recibe regalos de los ricachones, cuando se sabe con certeza que solamente quiere contactar con los pobres. Los trajes con que se les ha representado estos siglos, son también una muestra del poder de la Iglesia para conseguir que la liturgia utilice ornamentos ricos y vistosos, cuando se sabe que llegaron con taparrabos de franela arábiga, ennegrecidos por el calor y con emanaciones sudoríparas variadas.

En cualquier caso, queridos….lo que seáis: Yo sí quiero pediros algunos regalos para este año nuevo que acaba de comenzar. Estoy muy necesitado de unas gafas nuevas, para poder seguir analizando lo que pasa sin que la miopía y la presbicia senil me torturen y me confundan. Por tanto, han de ser unas gafas de calidad. Perdonad que os lo pida así de claro: tienen que ser unas gafas caras. Ya sé que un modelo cutre es lo que ahora se lleva para favorecer la humildad (mejor dicho, para que los demás puedan hablar de “nuestra” humildad), pero es que no me fío de que sean excesivamente baratas y luego acabe yo perdiendo también la cabeza, aparte de la vista.

Por favor, no me traigáis gafas modelo infocatólico, porque con esas no se ve más que lo que se quiere ver y acaba uno con la vista torcida. Tampoco quiero gafas modelo lampedusa, porque son muy horteras. Tampoco las gafas modelo rouco, porque al final hay que empeñarlas a cambio de alguna otra cosa y se ve demasiado… el plumero. Las gafas modelo cañizar no me gustan porque no sirven para nada y su inutilidad hace que al final no sepa uno dónde meterlas.

En fin, lo que quiero es unas gafas normales, que me hagan leer el evangelio con sencillez y sin cristales de aumento. Os pido que me traigáis las gafas de una fe profunda en los Evangelios, tal como siempre los ha interpretado la Iglesia y el Magisterio. Unas gafas que permitan creer que las Escrituras están inspiradas por el Espíritu Santo. Nos van a hacer falta en este nuevo año que empieza.

¡Ah! Y os pido otra cosa. Como yo sí que estoy seguro de que sois tres, sois reyes, sois ricos, seguísteis la estrella y sois santos, concededme el regalo de imitaros en aquella ilusión y empeño que tuvísteis vosotros por encontrar a Jesús. Menos mal que le preguntásteis a Herodes: el pobre –en su maldad–, os dirigió hacia el lugar correcto, aunque pretendiendo engañaros y cortaros el cuello a la vuelta.  Pero si llegáis a preguntar en alguna Curia, o en alguna Sagrada Congregación o en alguna Casa Generalicia o en alguna Universidad de la Iglesia, os hubieran echado a gorrazos por ingenuos, pelagianos, avinagrados y solamente encerrados en vuestra búsqueda, pretendiendo vuestra propia perfección.

Por favor, traedme unas gafas modelo piodoce.

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