Siempre me resultó llamativa en estos últimos lustros, la distorsión que el concepto de paz ha tenido en los mensajes de la Iglesia. Es más que una impresión. Aquello que dijo el Señor: No os doy la paz como la da el mundo, ha sido olvidado, naturalizado y mundanizado por quienes tendrían que haber sido los guardianes de la Paz Verdadera, ésa a la que precisamente se refería Jesucristo.

Estos mensajes pacifistas de los últimos Pontífices, se leían y pronunciaban en la Jornada Mundial de la Paz, felizmente instaurada por Pablo VI para el día 1º de Enero de cada año. Nunca pudimos escaparnos de esa fecha ni de esos mensajes, que podrían constituir por sí solos un volumen de páginas capaces de adormecer al cristiano más insomne. Pero este año, ha sido adelantado al mismísimo día de Navidad, convirtiendo así este grandioso misterio en una llamada más a la concordia entre los hombres, a la consecución de un mundo mejor y a la solución de los conflictos en las diversas partes del mundo. O sea, dale que te pego y dale que te dale. Más naturalización de lo sobrenatural y mucha más trivialización y superficialización de lo profundo.

A la vista de los diversos mensajes navideños, tanto políticos como religiosos, no puedo apreciar ninguna diferencia en lo que se refiere a hablar por hablar. Sea para solicitar de los que no quieren acabar con la paz que acaben con la paz, sea a pedir una paz que ya se ha comprobado utópica. Porque mientras el pecado y la corrupción de los hombres siga existiendo, la paz mundana será imposible. Por eso precisamente pienso yo que el Señor decía que no daba él la paz como el mundo la da. Aunque nuestros Pastores sí la dan exactamente como la da el mundo. Y si no, lean atentamente estas palabras:

La verdadera paz no es un equilibrio de fuerzas opuestas. No es pura “fachada”, que esconde luchas y divisiones. La paz es un compromiso cotidiano, que se logra contando con el don de Dios, con la gracia que nos ha dado en Jesucristo….Y me alegra que hoy se unan a nuestra oración por la paz en Siria creyentes de diversas confesiones religiosas. No perdamos nunca la fuerza de la oración. La fuerza para decir a Dios: Señor, concede tu paz a Siria y al mundo entero.

No entiendo esto del compromiso cotidiano, si no es en el marco de una vida cristiana que rechaza el pecado personal, que adora a Dios por encima de cualquier otro ídolo de este mundo; que adora al Verdadero Dios de la Paz, que no es otro que el Dios hecho Hombre en Jesucristo. El de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana de siempre. Que se unan a nosotros los de otras religiones para rezar por la paz, es como si los miembros de una comunidad de vecinos de diferentes religiones, se unen para poner una denuncia contra una extorsión de una fábrica cercana. Nada más. Pero rezar al mismo Dios, eso es otra cosa.

Ahora que está de moda argentinizar verbalizando cualquier palabra por horrorosa que sea, haciendo un asesinato del español y maltratando con violencia doméstica el diccionario, podríamos decir que se ha impuesto el blablablablear. ¿Que qué es esta palabrota? Pues creo que puede responder al hecho (casi siempre topiquero y descarado) de no hacer otra cosa en los discursos que decir bla, bla, bla… elevado a una potencia que está en relación directa con la cara dura, el morro y la desvergüenza del que habla. Vean ustedes otro ejemplo de blablablablear:

Durante muchos años, juntos hemos caminado en la construcción de nuestra democracia, juntos hemos resuelto problemas no más fáciles que los que hoy afrontamos, y siempre con la ambición de llegar a un objetivo común. Pues bien, juntos debemos seguir construyendo nuestro futuro porque nos unen y nos deben seguir uniendo muchísimas cosas: Nos une el afán de asegurar un porvenir sólido, justo y lleno de oportunidades.

Adivina, adivinanza: ¿Quién ha dicho estas palabras tan consoladoras y tan llenas de amor por su pueblo? La solución está aquí.

Y es que no puedo remediarlo: todos los discursos de este tipo me suenan a vacío. Y más si es en un Obispo o Pastor, porque entonces el vacío se convierte casi casi en traición. Suenan a demagogia. Porque es demagógico, al más puro estilo chavista o castrista, meter en una homilía del Nacimiento del Hijo de Dios, que viene a salvarnos del pecado, tantos conceptos filo-marxistas, como si el pecado fuera eso que se ha dado en llamar pecados sociales. Pero de pecados personales, rien de rien. ¡¡Pues estaríamos buenos, a estas alturas!! Vean el elenco de vocablos dedicados al tema en el discurso de marras:

Guerras-mujeres maltratadas-violencia-ayuda humanitaria-espiral de violencia y miseria-concordia pacífica-convivencia-atentados-desplazados-emigrantes-trata de seres humanos-delitos contra la humanidad-conflictos armados-explotación del planeta…

Pienso que todo esto está muy bien para que lo diga falsamente Obama o San Juan Carlos I o bien cualquier mangante de los que nos gobiernan, pero es un discurso puramente humano -e insisto-, algo demagógico. Pero en un Pastor de Almas, me recuerda aquello que decía el apóstol San Juan: Ellos son del mundo y por eso hablan del mundo y el mundo los oye. No es extraño que este tipo de discursos abra la puerta a ser elegidos hombres del año, tanto en las churras como en las merinas, tanto entre los galgos como entre los podencos. Y sólo nos faltaba ahora ser elegido hombre mejor vestido del año, que es el último premio recibido. Mis novicios modernistas están botando de alegría.

Cómo se extrañan aquellos discursos encendidos en el misterio de lo sobrenatural y llamando a los que habían rechazado a Cristo. Vean aquí una muestra, pero por favor no se entristezcan, porque desde luego ya no se escucha esto ni por casualidad:

No obstante este copioso fulgor de la luz divina que irradia del humilde pesebre, posee el hombre la tremenda facultad de hundirse en las antiguas tinieblas, causadas por el primer pecado, en las que el espíritu se agota en obras de fango y de muerte. Para esos ciegos voluntarios, que lo son por haber perdido o debilitado la fe, la misma Navidad no tiene otros atractivos que los de una fiesta meramente humana, reducida a pobres sentimientos y a recuerdos puramente terrenales, mirada frecuentemente con dulzura, pero como envoltura sin contenido y cáscara vacía. Aun quedan pues, en torno a la refulgente cuna del Redentor zonas de tinieblas y la rodean hombres de ojos apagados a la luz celestial, mas no porque el Dios Encarnado no tenga, aun dentro del misterio, luz para iluminar a todo hombre que viene a este mundo, sino porque muchos, ofuscados por el efímero esplendor de ideales y obras humanas circunscriben su vista en los límites de lo creado, haciéndose incapaces de levantarla al Creador, principio armonía y fin de todo lo que existe.

A estos hombres de las tinieblas deseamos señalar la gran luz que irradia del pesebre, invitándoles, ante todo, a reconocer la causa actual que les ciega y les hace insensibles a las cosas divinas. La causa es el excesivo y a veces exclusivo aprecio del llamado «progreso técnico». Este progreso, soñado al principio cual mito omnipotente y fuente de felicidad, promovido más tarde con gran ardor hasta las más audaces conquistas, se ha impuesto a la conciencia ordinaria como fin último del hombre y de la vida, en sustitución de todo otro ideal religioso y espiritual.

¿De quién es este discurso?

¡¡Lo han adivinado!!

Es el discurso de Pío XII en la Navidad de 1953. Por poner alguno. Podríamos haber escogido cualquier otro. Pero claro, esto ya no se lleva. A Pío XII no le hicieron hombre de año en ninguna publicación de la época. Por eso no sube a los altares, hasta que los judíos den su visto bueno. Pero esto es otra tema para otro día.

De momento me conformo con desearles a todos una Paz, no como la da el mundo. Es mucho más evangélica.

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