No es de admirar que la justicia humana sea tan injusta. Ya estamos acostumbrados a ello. A la vista están los asesinos de ETA paseando por las calles, ante el malvado e hipócrita-asombro horrorizado de los políticos del PP y del PSOE que los han dejado salir, o mejor dicho, que han pactado su salida, al mismo tiempo que proclaman que ellos están con las víctimas. La Justicia llamada internacional de este Nuevo Orden Mundial que nos gobierna, impone la amnistía encubierta de los asesinos mientras viven;  y los alaba y ensalza cuando mueren. Esto es normal, aunque algún día Dios pondrá las cosas en su lugar. El llanto y el rechinar de dientes del que hablaba Jesucristo, no es una figura retórica para ilustrar un infierno vacío.

En estos días, una vez más, asistimos a la muerte de uno de los líderes mundiales más mimados, afamados, premiados y amados de los últimos lustros: Nelson Mandela.

Es por eso perfectamente normal que la prensa liberal, laica, anticristiana y embustera ensalce de este hombre su inmensa condición de estadista, su condición de libertador, resaltando que la clave de su éxito político había sido tender la mano y dialogar con el adversario (esto me suena), y yo qué sé cuántas cosas más. Pero es lo de siempre: el mundo izquierdoso enardecido y casi en éxtasis por este defensor de los derechos humanos. Y el mundo derechoso, con la baba caída por este maravilloso líder, que vino a salvar a sus contemporáneos y a adoctrinar a toda la humanidad. Todos los diarios se sumergen en esta universal incensación. El Rey de España, tan preocupado él de los derechos del hombre, especialmente si es yerno o de la familia, ha escrito una carta pública en la que se le escapa un lapsus de lo más divertido: «Descanse en paz quien supo traérsela a Sudáfrica y a quien tanta gratitud debemos todos». Digo yo que habrá querido decir traérsela fresca, según dice hoy día la gente. Porque a Sudáfrica le trajo la muerte y la desolación.

Sí, porque este hombre ha sido responsable de la ley del aborto libre más amplia de todos los países. Han muerto más negros por las leyes abortivas de Madela, que por el appartheid; claro que con la aquiescencia de la Jerarquía Católica que protestaba por éste, pero no por aquéllas.

Más de 250 premios y títulos internacionales avalan la labor destructiva de este hombre, amparado por todas las organizaciones norteamericanas de influencia mundial y de corte masónico. Y por supuesto –¡cómo no!–, con el dichoso Premio Nobel de la Paz, que todos sabemos lo que es. Y el que no lo sepa, que repase la lista de los premiados en los últimos decenios. Por eso digo que no me extraña tanta alabanza y tanto incienso en boca de tantos aduladores. Hasta hay quien es oficialmente opositor de Fidel Castro pero llama a Mandela gran estadista, cuando el comunismo marxista de Nelson Mandela no se puede extirpar de su glorioso curriculum. Mi vecino de Columna   ha esclarecido brillantemente el tema.

Pero lo que realmente me deja atónito y paralizado es que también desde las altas instancias de la Santa Sede, se emitan mensajes alabando la figura de este hombre. Según las últimas consignas, habría sido un momento estupendo y propicio para salir a los de fuera a mostrarles la alegría del Evangelio. La alegría del que sabe que la vida humana es sagrada desde el primer momento de su concepción. El momento de anunciar el mensaje de Jesucristo a estos “auténticos periféricos” que han hecho tanto daño a la humanidad y que han provocado más pobreza que ningun otro sistema económico, porque han promovido sistemáticamente la pobreza del pecado, que es la mayor y la más miserable de todas las pobrezas. Por lo menos, si no se convierten –aunque no hagamos proselitismo con ellos–, el resto de católicos no serán confundidos escuchando palabras elogiosas para la cultura de la muerte.

Y si no se las creen, aquí   las tienen, con subrayados míos; o sea, con mi perplejidad en forma de subrayado:

En su mensaje de pésame el Papa Francisco rinde homenaje al firme compromiso demostrado por Nelson Mandela en la promoción de la dignidad humana de todos los ciudadanos de la nación y en la creación de una nueva Sudáfrica basada en los firmes cimientos de la no violencia, la reconciliación y la verdad. El Papa reza para que el ejemplo del difunto presidente inspire a las generaciones de sudafricanos a poner la justicia y el bien común en la vanguardia de sus aspiraciones políticas. Con estos sentimientos, el Pontífice invoca sobre el pueblo de Sudáfrica los dones divinos de la paz y la prosperidad.

No sé por qué, me ha venido a la mente la cita del evangelio de San Mateo 10, 33

 

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