No sé si es pura pretenciosidad, o es que los titulares de prensa y televisión tienden a exagerar, pero a la vista de la presentación, publicación e incluso el texto mismo de la Evangelii Gaudium, parece como si hasta ahora la Iglesia no hubiera evangelizado correctamente, o lo hubiera hecho con resultados negativos e incluso los evangelizadores  hubieran sido tipos raros, tristes, sin entusiasmo y sin ardor por las palabras del Señor. Da la impresión de que es AHORA cuando se plantea la verdadera evangelización, mientras que –de alguna forma más o menos velada–, se nos quiere decir que antes no la hubo. Como si se pudieran tapar así como así veinte siglos de evangelización abundante y fructífera, frente a medio siglo de caída en picado de las conversiones y misiones.

Me hacen gracia, por ejemplo, las palabras de presentación de un eufórico y algo cortesano Mons. Celli, cuando dijo que…

…con Evangelii Gaudium el Papa devuelve la alegría intrínseca que debe llevar el anuncio del Evangelio. Dice que muchos cristianos tienen una Cuaresma sin Pascua, y que hay veces que muchos evangelizadores tienen un rostro de funeral. Y esto no puede ser, hay que redescubrir para todos la alegría de estar con Jesús, de la profunda conversión, de sentirnos amados por el Padre y vivir en plenitud esta conversión.

 

¿Devuelve la alegría….?  ¿Es que se había perdido esta alegría y ahora la vamos a descubrir? ¿La vamos a recuperar ahora en este nuevo programa electoral? ¿Se había evangelizado hasta ahora con tristeza? ¿Los evangelizadores han tenido cara de funeral?

Aparte de morirme de risa con estos comentarios y exageraciones, la verdad es que no estoy dispuesto a pensar en un San Francisco Javier con cara de funeral. Pero claro, se me dirá que el Santo Padre no se está refiriendo a San Francisco Javier. O que tuviera cara de funeral un San Pedro Claver, pero claro se me dirá que el Papa no se refiere a Claver. O que tuviera esa misma cara de funeral, cualquiera de los miles y miles de misioneros españoles que evangelizaron América, pero es que tampoco se estará refiriendo a dichos evangelizadores.

En realidad es un nuevo mensaje destinado a quienes todos sabemos. O sea, a los que convierten la evangelización en una acumulación de tristezas: los amargados, los que solamente hablan de las exigencias morales, a los que predican sobre el infierno y el pecado, a los que viven en definitiva (y este es el segundo mensajito), una Cuaresma sin Pascua.

¡¡Bingo!!  Aquí está la clave: ¿Quiénes son los que viven una Cuaresma sin Pascua? Pues no lo sé exactamente. Aunque me imagino a quién se está refiriendo.

Pero sí sé, por el contrario, que llevamos 50 años en los que muchísimos han querido vivir e imponer una Pascua sin Cuaresma. Han sido muchos años en los que se prefirió quitar de las nuevas iglesias los crucifijos para poner Resucitados, en un alarde de catequización en la que la Cruz de Cristo,  ha sido sustituida por el Resucitado alegre y glorioso. Incluso en la horripilante nueva férula. Aunque san Pablo (que de esto entendía un montón), decía que él predicaba a Cristo crucificado, aunque fuera escándalo para los judíos y locura para los griegos.

Los que quisieron y quieren una Pascua sin Cuaresma, son los mismos que quieren imponer una Sagrada Escritura sin inspiración, unos dogmas sin inmutabilidad, una moral sin restricciones, una Redención sin pecado, una Misa sin sacrificio, una Eucaristía sin transubstanciación o un Cristo sin divinidad.

Lo que necesitamos es insistir en la alegría, se nos dice. Pero tampoco creo que la palabra alegría, que aparece muchas veces en la Exhortación –según los contabilizadores de vocablos–, sea utilizada ahora por vez primera en los documentos pontificios. Pero claro, se trata de presentar la nueva visión programática dejando claro que hemos pasado de una época (muy larga) de cara de funeral, a la alegría verdadera. Ahora hay que decir aquello que se decía antes en España: To er mundo e güeno.

Por supuesto que el Evangelio es alegría y la evangelización es la transmisión de la misma. Pero digo yo en mi ignorancia, que esta alegría no nos permite olvidar que la vida del cristiano sobre la tierra es lucha, que el Señor nos estuvo alertando constantemente contra los peligros de los que matan el alma, contra los falsos profetas, contra el demonio, contra nosotros mismos, contra la levadura mala… todo lo cual haría pensar que el Señor era un poco pesimista. Porque hay que ver el susto que se llevaron los apóstoles, cuando Jesús les dijo que ya veríamos si cuando volviera encontraría fe sobre la tierra. Vaya panorama. Parece que en este momento no hablaba Jesucristo tan alegremente. La verdad es que el Señor no se había leído Evangelii Gaudium, claro está. Eran otros tiempos.

Yo siempre estuve convencido de que el fundamento de la Evangelización de la Iglesia, desde los apóstoles hasta nuestros días, era la firme convicción de que estaba predicando la Verdad a un mundo pagano que no conocía a Dios. Creía yo que precisamente era esa misma convicción, la que siempre le dio seguridad a la Iglesia para presentar su doctrina, sin complejos, sin dudas, de forma sólida, ante las falsas religiones… y por eso mismo dieron su vida muchos cristianos que solamente se arrodillaron ante Dios, y no ante los ídolos o solicitando la bendición de rabinos y sacerdotes herejes. Que se lo cuenten a tantos y tantos mártires. Pero ahora parece que no debe ser así, o al menos no queda tan claro. Por eso no acabo de entender este párrafo de la Evangelii Gaudium:

Prefiero una Iglesia herida, accidentada y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. (EG, 49)

Yo siempre había creído que la Iglesia es precisamente la que nos da seguridades. Y por eso creemos en Ella. Cuando el Señor le dijo a Pedro que confirmara a sus hermanos en la fe, quería decir que les diera la seguridad de la fe, o sea, que defendiera, afirmara, confortara con esa seguridad a los cristianos, que habrían de enfrentarse a un mundo exterior falso y equivocado. Y que la Iglesia, Esposa de Cristo, es el Centro desde el que tiene que partir toda evangelización. Sin necesidad de interpretar el Evangelio desde la cultura contemporánea, sino más bien al revés.

Pero no sé si esto se puede dialogar con alguien. Probablemente me dirán que yo no estoy capacitado para el diálogo, como suelen decirme mis novicios. Así que me conformaré con pedir a Dios que guarde a su Iglesia en el espíritu de la verdadera predicación del Evangelio. Sin trampas ni ambigüedades. Se abre (por lo visto) una segunda Primavera.

De profundis clamavi ad Te…

 

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