Como no me gusta ser ingenuo y por el contrario me encanta utilizar los ojos para ver y los oídos para oír, siguiendo la consigna del Señor, no acaban de convencerme tantas y tantas celebraciones conmemorativas del final del Año de la Fe, convocado el pasado año por Benedicto XVI (de venerada memoria) y continuado por su sucesor el papa Francisco.

Digo que las celebraciones llevadas a cabo con este motivo, no me han terminado de “enganchar”, como se dice ahora. O sea, que no me han gustado un pelo. No por las celebraciones en sí, sino porque pretenden convencernos de algo que me parece es rotundamente falso. Dicho más suavemente, inexistente. O sea, que nos están dando gato por liebre y nos están diciendo que el enfermo está perfectamente, mientras el encefalograma es más plano que la llanura castellana. El enfermo está medio muerto y los médicos se reúnen, para celebrar el excelente resultado de la operación quirúrgica que le hicieron hace 50 años.

Comentaba yo con mis novicios progresistas y entusiastas, que Jesucristo se preguntaba si habría fe sobre la tierra cuando él regresara en su segunda venida. Esta cita evangélica no les gusta mucho, y siempre me dicen que pertenece a un manuscrito en el que apareció de repente esta frase,  pero que expertos exegetas aseguran que puede proceder de algún intérprete pre-tridentino, con cara de pepinillos en vinagre, que lo único que quería era introducir el miedo al infierno. O sea, que la frasecita la añadió con ganas de fastidiar, meter el miedo y jorobar, ya me entienden ustedes. Cuando todos sabemos –continuaban diciéndome- que Jesús estaba abierto al perdón y jamás habría dicho esa frase tan casposa y desfasada.

Pues bien, yo pienso que nosotros podríamos preguntarnos en un alarde de realismo: ¿Hay más fe en noviembre de 2013, que en el mismo mes del pasado año? ¿realmente ha aumentado la fe del pueblo cristiano (de los católicos), a los que la Iglesia ha regalado con esta magna celebración? ¿se puede decir con verdad que se ha percibido una intensificación y un aumento de la fe en tantas y tantas almas católicas?

Por supuesto que no se puede contabilizar esto de modo matemático. Sería imposible calcular los resultados reales, porque eso solamente lo sabe Dios, que lee en los corazones y que conoce las cosas tal como son y no como las presenta la prensa laica, o la prensa católica eufórica y radiantemente triunfalista, o los expertos comentaristas vaticanólogos.

Pero insisto en que, aun haciéndonos cargo de todo esto, y una vez más siguiendo las consignas del Señor, podemos ver por los frutos del árbol, la calidad del árbol. Por sus futos, los conoceréis. Yo veo que la Iglesia siempre ha dicho que la fe es una virtud sobrenatural por la cual, creemos que son verdaderas las cosas que Dios nos ha revelado, a causa de la autoridad de Dios mismo que revela, que ni puede engañarse ni engañarnos. Véase si no, la declaración hecha por el Concilio Vaticano I en su Constitución Dei Filius. A no ser que hayan quitado ya dicha Constitución de la página web del Vaticano, de la que ahora desaparecen cosas con cierta frecuencia.

O sea, que la fe tiene como objeto verdades de fe, verdades inmutables, que no dependen de la época o de las opinones, o de las culturas. Verdades que hay que mantener como Verdades, y que si no se afirman como tales la Fe desaparece. Por eso decía Santo Tomás de Aquino (así me lo enseñaron siempre en mis años mozos) que el objeto de la fe es Dios mismo. Dios que se revela y que se da a conocer.

Observo sin embargo, con cierta perplejidad, que la fe de la que se habla ahora, y la que viven los fieles que andan un poco despistadetes, tiene mucho más de sentimiento que de certeza, más de frases bonitas que de verdades absolutas, más de subjetividades que de objetividades. En resumen, que la fe que se nos vende ahora es una experiencia. Y por desgracia esto aparece tanto en discursos como en encíclicas (véase Lumen Fidei, de reciente aparición), como en el pensamiento del común de los fieles. De este modo, la fe queda reducida a una experiencia personal que viene a consistir en el Amor de Dios, y en el abandono de toda la persona en Dios.

Por eso suena tan experiencial este pequeño párrafo del discurso de clausura del domingo pasado, en el que se explicaba el objetivo principal del Año de la Fe:

(Este año de la fe)…nos ha ofrecido la oportunidad de redescubrir la belleza de este camino de fe que comenzó en el día de nuestro bautizo, que nos hizo hijos de Dios y hermanos en la Iglesia. Un camino que tiene como meta final el encuentro pleno con Dios, y durante el cual el Espíritu Santo nos purifica, nos eleva, nos santifica, para hacernos entrar en la felicidad que anhela nuestro corazón.

A poco que nos descuidemos, desaparece del mapa teológico y católico el conjunto de verdades (dogmas) que han fundamentado la fe a lo largo de siglos y con el cual la propia Iglesia, enviada por Cristo a evangelizar, nos fue explicitando la Revelación contenida en las Escrituras. Ahora todo es sentimiento y experiencia.

Pero yo sigo en mis trece: no creo que haya aumentado la fe en este año. Más bien me parece que se ha seguido debilitando, continuando con el proceso de decadencia de los últimos lustros. Y si no, díganme ustedes:

¿Tiene fe verdadera, quien no crea en la virginidad de la Virgen María, aunque esté en la plaza de San Pedro ejerciendo como voluntario del año de la fe?

¿Tiene fe verdadera, quien no admite la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía (sin circunloquios), aunque esté adorando con mucho sentimiento las reliquias de San Pedro?

¿Tienen fe verdadera los Obispos alemanes que han decidido dar la comunión a los divorciados vueltos a casar, tirando por tierra el sentido del matrimonio indisoluble y el correspondiente valor de la Eucaristía administrada a personas que viven en adulterio, aunque en sus respectivas diócesis se celebre con solemnidad el año de la fe?

¿Tiene fe verdadera quien mantiene que la Iglesia es una democracia y le niega al Sumo Pontífice el título de Vicario de Cristo y lo relega a ser Obispo de Roma, por mucho que haya celebrado el año de la fe?

¿Tiene fe verdadera quien no cree en la resurrección de Jesucristo, aunque esté entusiasmado por “el efecto Francisco”?

¿Tiene fe verdadera quien niega que la Iglesia católica es la Única verdadera y propone una reunión de religiones en una especie de concubinato de sentimientos religiosos, por mucho que concelebre con el Papa en la clausura del Año de la Fe?

¿Tiene fe verdadera quien sostiene que la Santa Misa no es un Sacrificio, por mucho que esté en las más altas posiciones de los movimientos eclesiales?

…Y así podríamos seguir. Claro que habrá quien diga que esto son exageraciones de fraile contumaz, obstinado y empedernido. Pero a mí no me engañan los discursitos melosos de tantos teólogos. Miremos los frutos: la fe se ha oscurecido, se ha debilitado, muchos cristianos no creen ya en los dogmas fundamentales. Y mientras se reparten las medallas y las condecoraciones, el enfermo se muere. Todo es éxito, todo es triunfo. Pero se ve un encefalograma plano.

 

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