Vamos dando pasitos adelante en la construcción de un catolicismo ñoño y un poquitín mojigato, e incluso me atrevería a decir de baja calidad, por no utilizar ese término horrible que profieren mis novicios cuando piden una coca cola: light, o algo así.

La Misericordina me parece algo cursi, en un catolicismo que se las da de firme y de refinado, en estos últimos días del Año de la Fe. Me parece que tener que llegar a estos recursos es un poco de juegos de niñas o de un infantilismo rematado, aunque muy a la moda. No merecería comentario si no fuera porque el Papa la ha recomendado desde la ventana de sus habitaciones privadas (que sigue sin habitar, por cierto). He de confesar que cuando he visto al Santo Padre con la cajita en la mano, las cámaras enfocando y la recomendación de su uso a miles de fieles, me he reído tanto que casi me caigo de la banqueta medieval que me sustenta. Y más todavía cuando ha recordado a los fieles entusiastas, que él no es farmacéutico.

Pues menos mal. Porque la verdad es que suena a algo de brujería o de amuleto. Tanto que se han reído muchos de contar las cuentas, o de las novenas, o de las velas, o de las devociones tridentinas y preconciliares, tienen ahora que pasar por hacer el proselitismo del Rosario, metido en una cajita con la inscripción de la medicina en cuestión, como si se tratara de una fórmula mágica de adelgazamiento o de eliminación del colesterol espiritual. O una especie de estimulante para el alma.

Así es la vida. Como si el Rosario no tuviera de por sí la fuerza necesaria para recomendarlo tal como es, sin aditamentos, sin aspavientos, sin novedades evangelizadoras que son más un sucedáneo que otra cosa. Y sin cajitas. O al menos, eso me parece a mí. El vigor del Rosario, con su carga de siglos y de recomendaciones de los Pontífices y de los Santos de todos los tiempos, e incluso el encargo expreso de la Santísima Virgen, como medio y remedio de tantos males y pecados, no necesita de estas cajitas metafóricas, que se regalan como si fueran bolitas de menta para el aliento.

Sí, ya sé que no es para tanto. Y que probablemente piense alguno que me estoy pasando de la raya o que exagero muchísimo ante una sencilla muestra de devoción, a la que se añade la buena voluntad. No tengo nada que decir de los organizadores, inventores y promotores de tal hazaña evangelizadora, Dios me libre. Estoy seguro de que deben tener muy buena voluntad. Pero sí que es verdad, que me viene a la cabeza la idea de que esto es la expresión de nuestro catolicismo actual, al amparo de las rebajas que tanto proliferan en la vida comercial.

Me parece que es una rebaja sustancial de la verdadera virtud de la misericordia, tan grandiosa, tan elevada, hasta el punto de que es una de las bienaventuranzas, nada menos. Me resulta empobrecedora en grado sumo la expresión, porque esconde algo así como una reducción de su monumental contenido, para convertirla en unos buenos deseos de que a lo largo del día nos tomemos tres pastillitas de éstas, y así podamos misericordiear con el hermano y el cercano, el periférico y el necesitado.

Y mucho más me preocupa que esta medicinita pueda tener algunos efectos secundarios, tales como acostumbrar al pueblo cristiano a rebajar todo el contenido de las virtudes cristianas hasta extremos tales que se convierten en virtudes humanas, que las viven los judíos (por supuesto), los musulmanes, los agnósticos y los batusis. Me parece que por aquí anda la clave de todo el tema y por lo tanto anda también por ahí mi legítima preocupación. Así como estamos asistiendo a una consideración equilibrada de todas las religiones, porque todas ellas nos llevan a la verdad… así mismo se va imponiendo un equilibrio de todas las virtudes, que se pueden vivir en cualquier religión, en cualquier situación y en cualquier estado. Las grandes virtudes cristianas, reconducidas y/o encamadas con las grandes virtudes paganas. La prudencia explicada por Séneca, confundiéndose con la prudencia infusa de la que tan ardientemente habló Santo Tomás de Aquino.

Pero en fin, insisto en que es una cuestión de menor calado, dentro de los falsos remedios que se nos están proponiendo en el día a día, aconsejados por farmacéuticos purpurados, boticarios aficionados de tres al cuarto.

Eso sí. Hay que mirar el papelito de la misericordina, porque a mí lo que más me interesa son las contraindicaciones, no nos vaya a dar alguna peste bubónica o alguna fiebre amarilla.

¡¡CUIDADO!! No tome misericordina si está usted cerca de algún  Franciscano de la Inmaculada, o de alguien que haya optado por la misa en latín, o si está usted en contacto con cualquier otro síntoma de tradicionalismo. En tal caso, consulte a su párroco o a su psicólogo.

En caso de intoxicación, creo que lo mejor es leerse el discurso del Cardenal Rouco al empezar la Plenaria de la Conferencia Episcopal. Les aseguro que les entrará tanto sueño, que cualquier otro síntoma que pueda existir desaparecerá por arte de magia. Pero no me hago responsable de otros daños colaterales. Aunque estoy seguro que en esto me darán la razón casi todos los Obispos allí presentes.

 

 

 

 

Anuncios