Las doctrinas dictadas a medias son tan peligrosas como las doctrinas claramente erróneas, porque dejan la exposición a la mitad, y no lo dicen todo (por falta de tiempo o por falta de ganas). Algo así como si fueran producto de unas rebajas intelectuales y que por tanto se ofreciera todo al 50% de su valor, de su intensidad y de su integridad. Recuerdo a un párroco de mi pueblo, en los años del cuplé, que dejaba siempre los sermones a medio, pero con tan mala fortuna que al final acababan enfadados todos los oyentes. Porque todos los podían interpretar a su antojo y acomodo, y les echaban en cara a los del bando contrario, lo que los del bando contrario les reprendían a ellos.

La Virgen María no es el jefe de una oficina de correos, será otra expresión que habrá que añadir al amplio Vocabulario Homilético del papa Francisco:

La curiosidad nos impulsa a querer sentir que el Señor está acá o allá; o nos hace decir: “Pero yo conozco a un vidente, a una vidente, que recibe cartas de la Virgen, mensajes de la Virgen”. Pero mire, ¡La Virgen es madre! Y nos ama a todos nosotros. Pero no es un jefe de la oficina de correos, para enviar mensajes todos los días. Estas novedades alejan del Evangelio, alejan del Espíritu Santo, alejan de la paz y de la sabiduría, de la gloria de Dios, de la belleza de Dios. Porque Jesús dice que el Reino de Dios no viene para atraer la atención: viene en la sabiduría. ¡El Reino de Dios está en medio de ustedes!

Es de suponer que estas palabras entristecerán a los fieles que andan exageradamente preocupados por los mensajes de la Virgen a supuestos-as videntes, y que siempre están en vilo, porque la Virgen les ha advertido que llega el fin del mundo dentro de varios días o varios meses. Muchos de ellos, no son otra cosa que pobres cristianos, desesperados ante la situación calamitosa de la Iglesia, se diga lo que se diga. Quizá estas gentes estén necesitadas de una pastoral periférica que les explique con cariño y caridad que efectivamente, no hay que atender a estas supuestas visiones, porque pretenden usurpar el puesto de la auténtica Revelación, que está contenida en las Sagradas Escrituras y en la Tradición (este segundo término del binomio no hay que olvidarlo, señores escrituristas y teólogos oficiales filo-luteranos).

Pero imagino que también entristecerán a los que creen en esos mensajes de la Virgen, que han sido declarados fiables por la Iglesia y cuya credibilidad está altamente aconsejada, aunque no formen parte de la Revelación Oficial. La Iglesia, en efecto, siempre fue sumamente cautelosa con todas las apariciones. Nunca se lanzó al vacío a la hora de analizarlas y examinarlas escrupulosamente (algo similar a las canonizaciones de antaño). No cabe duda que los mensajes de Lourdes, Fátima o La Salette, por nombrar los más conocidos, no pueden ponerse a la misma altura que los de otras apariciones respecto de las cuales la Iglesia aún no se ha pronunciado.

Según las palabras del Santo Padre en su homilía de Santa Marta, esto es síntoma de curiosidad. Es verdad. Pero digo yo, que si la Santísima Virgen nos ha querido dejar un mensaje que la propia Iglesia ha custodiado y reconocido como verdadero, por algo será. No es malo tener cierta curiosidad por conocer el contenido del mensaje. A pesar de que, como en el caso de Fátima, haya sido la propia Iglesia post-conciliar la que lo ha escondido –incumpliendo los plazos dados por la misma Virgen-,  o al menos no lo ha dejado ver en su totalidad, especialmente en lo que se refiere al tercer secreto, según han denunciado algunos expertos en el tema, a los que se silencia sistemáticamente.

Pues sí. Yo tengo curiosidad por conocer qué es lo que dijo realmente la Virgen María a los pastorcitos de Fátima. Y no me gustaría que me hayan mentido sobre esto, los mismos que tendrían que haberme contado la verdad. O que me hayan contado la mitad de la película, desdeñando los pasajes más conflictivos. Qué le vamos a hacer. Yo soy así de rarillo. Pero creo que también hay muchos cristianos de a pie que piensan como yo.

Yo soy un pobre fraile, pero lo que me llama la atención de esta homilía, es que olvida hablar también de aquellos que promueven la curiosidad, la alimentan y la sostienen a modo de globo sonda ante la gente. Digo yo que provocar la curiosidad debe ser tan desagradable a Dios como la curiosidad misma. Véase si no, la que se ha montado en torno a la posibilidad de que el Colegio Cardenalicio sea sustancialmente cambiado (curiosidad hasta febrero), de que se va a estudiar el modo de atender a los divorciados recasados (curiosidad hasta el Sínodo de 2014), la posibilidad de suprimir el celibato sacerdotal, fomentado ya por diversas declaraciones, en especial la del recién nombrado Secretario de Estado (curiosidad hasta Dios sabe cuándo), la declaración de que hay que dar más papel protagonista a la mujer en la Iglesia (más curiosidad), la curiosidad de por qué han decidido quitar de la web vaticana la famosa entrevista de Francisco (todo ello “explicado” con una habilidad jesuítica por Lombardi), la curiosidad de por qué cayó un manto de silencio en toda la prensa sobre el “descubrimiento” de que la mayor parte de los sellos del Cónclave aparecieron rotos después del mismo…. Por supuesto que estas noticias por entregas, estos misterios sin desvelar, suscitan la curiosidad y llevan adherido un amarillismo impropio de la Santa Sede.

Si el pueblo cristiano está curioso por saber todas estas cosas, es porque se fomentan las dudas, las ambigüedades y las sistemáticas declaraciones equívocas. ¿Voluntariamente? ¿Involuntariamente?

Es verdad que el Reino de Dios no vendrá con espectacularidades, pero realmente hay que ver lo espectaculares que son muchos de los que tienen el encargo de confirmar en la fe.

Menos mal que la Santísima Virgen está por encima de todo esto. Ella sí que es Trono de la Sabiduría. Pero si nos manda algún mensaje, por algo será.

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