Me alegra ver que el Papa no evita hablar de la confesión. En varias ocasiones ha hecho algunos comentarios que se podrían interpretar como una re-valorización del Sacramento de la Penitencia, haciendo incluso algunos paralelismos con las consultas de los psiquiatras y animando vehemente a los cristianos que le escuchaban  (supongo que a toda la Cristiandad y no sólo a sus diocesanos de Roma), a que no tengan miedo en acudir a la confesión, porque en ella encontrarán el perdón y la misericordia de Dios y por ende, la paz y el descanso. Vean si no, estas frases de la homilía en Santa Marta hace escasas semanas, tal como fue publicada por la agencia oficial de noticias del Vaticano, que dada la espontaneidad del Papa en sus homilías, se las ve y se las desea para poder entrecomillar las frases y darles algo de sentido. Pero bueno, aquí están y más o menos se pueden entender:

La confesión de los pecados hecha con humildad es “lo que la Iglesia pide a todos nosotros”, recordó el Papa, y citó también la invitación de Santiago: “Confiesen entre ustedes los pecados”. Pero “no – aclaró Francisco – para hacer publicidad”, sino “para dar gloria a Dios” y reconocer que “es Él quien me salva”. He aquí porqué, añadió el Santo Padre, para confesarse se va al hermano, “el hermano sacerdote”: es para comportarse como Pablo. Y sobre todo, subrayó, con la misma “concreción”:

Algunos dicen: “Ah, yo me confieso con Dios”. Pero es fácil, es como confesarte por e-mail, ¿no? Dios está allá, lejos, yo digo las cosas y no hay un cara a cara, no hay un a cuatro ojos. Pablo confiesa su debilidad a los hermanos cara a cara. Otros: “No, yo voy a confesarme”, pero se confiesan cosas tan etéreas, tan en el aire, que no tienen ninguna concreción. Y eso es lo mismo que no hacerlo. Confesar nuestros pecados no es ir a una sesión de psiquiatría, ni siquiera ir a una sala de tortura: es decir al Señor: “Señor soy pecador”, pero decirlo a través del hermano, para que este decir sea también concreto. “Y soy pecador por esto, por esto y por esto”.

Me parece estupendo escuchar esto de labios del Santo Padre. Pero claro, como siempre me ocurre, no me quedo del todo tranquilo. Me parece que me están dando gato por liebre. Máxime, sabiendo el tremendo problema-crisis-decadencia-abandono y desconcierto existente entre los fieles en lo que respecta a este Sacramento, que desde los años posteriores al Vaticano II ha sido sistemáticamente machacado por muchos sacerdotes y obispos, que acabaron enviándolo al cuarto trastero de la vida cristiana, en muchos casos mediante una burda ridiculización de sus objetivos y fines.

Está bien que el Papa recuerde a los cristianos el valor del perdón de Dios llevado a cabo a través del Sacramento de la Penitencia, pero sería deseable una catequesis mucho más amplia y esclarecedora que no puede ser suficientemente explicada en unos minutitos en Santa Marta, ni en algunas referencias de segundos de reloj en una Audiencia General.

Yo comprendo que convocar un Sínodo sobre la Confesión no tiene hoy en día ningún atractivo y no saldría en los periódicos. Se han llevado últimamente mucho mejor los Sínodos sobre Africa (2009), o sobre el Oriente Medio (2010) o sobre Oceanía (1998), o sobre la Nueva Evangelización (2012) –cuyos frutos estamos viviendo y ¡¡¡¡están a la vista¡¡¡¡–, pero desde luego nunca sobre alguno de los sacramentos, porque eso es otro cantar. Además, ¿qué diría la prensa laica? Seguro que le parecería anticuado y rancio. No podemos ahora enredarnos en estos menesteres.

Como mis novicios me dicen que digo estas cosas con mala voluntad y que soy un cascarrabias redomado y consumado, vejestorio bastante anticuado y achacoso, he pensado proponer a la Santa Sede que hagan con la Confesión lo mismo que han hecho con el próximo Sínodo de la Familia: una encuesta a las bases; o sea, enviar a todos los Obispos del Orbe cristiano unas preguntas, que permitan llevar a cabo una indagación exahustiva sobre la realidad pastoral (así hay que decirlo ahora) de este sacramento tan fundamental en la vida del cristiano, según las palabras del Sumo Pontífice, para dejarse misericordiear por Dios.

A su vez, los Señores Obispos enviarían esta encuesta a sus párrocos y laicos, para que todos pongan de manifiesto el papel que tiene la confesión en las prioridades de la Iglesia actual, tan comprometida por otra parte en tener misericordia con las situaciones de sufrimiento de los divorciados vueltos a arrejuntar (perdón, a casar) y tantos otros temas dignos de la nueva evangelización en la que estamos inmersos. Espero que con esta encuesta se pueda aclarar el panorama. Ya no escucharíamos palabras genéricas y vaguedades voluntaristas.

Dada la difusión diaria de las palabras del Santo Padre, pienso en lo eficaz que sería que un día el Papa hablara con esa misma energía que suele utilizar en determinados casos para exigir y recordar a obispos y sacerdotes la necesidad de que haya confesonarios en las iglesias, de que no pueden estar amueblados como una consulta de sicólogo, de que los sacerdotes se sienten habitualmente a confesar, de que la confesión nos hace recuperar la gracia santificante (y explicar qué es esta gracia santificante), de que los consejos en la confesión no pueden ser contrarios a la moral católica, de que la confesión frecuente es necesaria, de que en todas las iglesias y a todas horas debe haber posibilidad de confesión, de que son malos sacerdotes y malos Obispos los que no promueven esto, de que los sacerdotes que regañan y reprenden a los fieles que les piden confesión son malos pastores, de que el Obispo que jamás se sienta en un confesonario no puede ser un pastor de almas como Dios quiere, de que en los seminarios hay que facilitar la confesión, de que hay que explicar a los futuros sacerdotes la auténtica doctrina de la Iglesia sobre este sacramento, que está recogida con toda claridad en los Decretos del Concilio de Trento (que los Obispos tienen que conocer en profundidad), de que no es suficiente que los sacerdotes estén una media hora antes de la misa o una horita escasa en los fines de semana, de que no se puede ridiculizar este sacramento, de que se requiere la conversión y el arrepentimiento sinceros, así como un serio propósito de la enmienda y de que la confesión es el cauce que Jesucristo ha querido para poder dar su perdón. Y fuera de éste, no hay remisión de los pecados.

¡¡Madre mía!!  esto sí que sería armar lío.

Las palabras del Sumo Pontífice darían luz y claridad a los católicos frente al veneno que corre por ahí en boca de tantos. Creo que con esta encuesta, las cosas quedarán claras. Sabremos por fin que la Iglesia sigue diciendo lo que siempre dijo. No basta con decir que ya sabemos la doctrina de la Iglesia, porque desde hace 50 años hay un desconcierto fenomenal y nadie la sabe. Y lo que es peor: muchos pastores la saben, pero la desprecian y la han cambiado por una doctrina puramente humana y sicologizada.

Hace días, hablando precisamente de la corrupción de “algunos” (siempre de modo inconcreto),  el Papa animaba a rezar  “por tantos niños y muchachos que reciben de sus padres pan sucio…” refiriéndose al pan que procede de la corrupción y el soborno. Yo animo a rezar al Señor, también por tantos niños, muchachos, mayores y viejitos que han recibido y reciben el pan sucio de la doctrina adulterada y corrupta por parte de sus pastores, que hace tiempo dejaron de ser sal de la tierra y quieren acabar de convertirlo todo en un muladar. Eso sí, con aires neo-evangelizadores y con globitos en las manos. Mientra tanto, los confesonarios eliminados o vacíos.

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