En Febrero del año próximo, aumentará la lepra del Papado tras el nombramiento de nuevos cortesanos. Dicho así, con las palabras mismas del Sumo Pontífice, que ya tuvimos ocasión de comentar hace algún tiempo.

Pero se añade ahora un motivo más de preocupación, para todos aquellos que están a la espera del cardenalato. Resulta que no se le ocurre otra cosa al Papa Francisco, que anunciar un  Consistorio sin decir quiénes van a ser los que reciban la birreta cardenalicia. Así que se han disparado las alarmas médicas, porque desde aquí hasta febrero nada menos, las posibilidades de ataques de ansiedad, infartos, aneurismas y esquizofrenias varias, han subido como la espuma entre arzobispos y obispos.

Pero es que en el caso que nos ocupa, se ha abierto un nuevo abanico de posibilidades y por tanto son muchos más los que ponen su esperanza en subir (perdón, quiero decir en ponerse al servicio del Pueblo de Dios). Desde que el Santo Padre dijo que la Iglesia no tenía necesidad de príncipes, y aconsejó a todos que no estén pensando en que la Iglesia es un lugar para promociones humanas y/o para hacer carrera, empezaron a promocionarse los que siempre han huido de las promociones y por tanto, ahora ven posible su promoción.

Si, ya sé que esto es un lío. Pero eso es precisamente lo que quiere armar Francisco. Y desde luego que lo ha armado. Porque ahora resulta que debe haber muchos más esperando el capelo, de los que había antes de sus doctrinales palabras acerca del promoveatur.

Antes, los posibles cardenales estaban más o menos cantados. Que si esta Capital importante, que si aquella Ciudad tradicionalmente cardenalicia, que si aquél puesto de la Curia que lleva consigo la birreta, que si aquél viejito que se lo mereció… el caso es que podía haber una o dos sorpresas que el Papa se reservaba en sus pontificales entrañas.

Ahora, sin embargo, dada la tendencia de Francisco a destruir casi todas las costumbres anteriores (qué manía tiene con eso), los que tendrían que ser cardenales de oficio, estarán con los  nervios de punta por si les nombran o no. Tienen cuatro meses para dejarse caer por la corte a ver cómo va el tema, cuatro meses para no dar ninguna señal de tradicionalismo, para pasearse con los pobres de su diócesis, para periferiear por esos mundos de Dios, para aventurar alguna nueva teoría teológica o para no predicar jamás en sus cátedras sobre el aborto, la homosexualidad o el divorcio, puesto que esos temas ya no se llevan y se ha abusado mucho de ellos.

Por otra parte, enfrente de éstos, se situarán los que están deseando que los nombren pero tienen que aparentar que no les importa. Son los que otrora habían abominado de los capelos, pero ahora ven resquicios por los cuales sus nombres pueden aparecer en las malditas listas. Son los que sintonizan perfectamente con Francisco: los que no viven en Palacios Episcopales, los que se desplazan en un 4 latas, los que no tienen secretario, ni usan agenda electrónica, ni disponen de internet y/o han vivido siete años en la Selva Amazónica enseñando a los indígenas a protestar contra  el capitalismo salvaje, los que son creativos en la liturgia y nunca en su vida apostólica se han sujetado a normas, los que no permiten en modo alguno la Misa de siempre en su jurisdicción, los que siempre han sido compasivos y misericordiosos con los pecadores, sin exigirles la conversión (ese maldito modo de hacer proselitismo)… o sea y en resumen, los que ahora están en comunión con Roma.

Pero es que por otra parte, y según los mentideros vaticanos y los chismorreos de blogueros expertos, es posible que haya nuevas medidas (siempre anti-tradicionales), con posibles nombramientos de seglares. Hasta de mujeres, dicen algunos. Dignas y dignos laicos capaces de dirigir una Sagrada Congregación o cualquier Dicasterio hasta ahora dominado por la jerarquía, ese concepto trasnochado y fútil de la Iglesia de Belarmino, gracias a Dios enterrada ya. Espero no tener que leer en la lista a Su Eminencia Carmen Hernández o la Reverendísima Francesca Chaouqui, recientemente nombrada experta asesora.

Todos aquellos que siempre despreciaron los títulos eclesiásticos, pero que ahora se aprestarán a recibirlos, me recuerdan a aquellos revolucionarios de siempre, girondinos, jacobinos o bolcheviques (que en esto no había diferencia), que destronaban a la aristocracia para convertirse inmediatamente ellos en nuevos aristócratas y nobles. Si no fuera por las guillotinas que hubo de por medio, sería para morirse de risa. Pero así se escribe la historia. Conozco frailes de mi orden, que criticaron las puntillas y las canonjías, hasta que a ellos les concedieron alguna.

Así que, por una u otra razón, creo que son muchos los que van a estar nerviosos estos meses. Pidamos por ellos. A pesar de estar situados en cada uno de los extremos del espectro filo-cardenalicio, progresistas y conservadores, unos y otros, están unidos en el duro arte de la Trepa, que no es otra cosa que el término que mis novicios jóvenes utilizan para lo que siempre se llamó arribistas. Pero he de confesar que esto del trepeteo tiene un encanto especial en su significado, porque las plantas trepadoras, no sólo suben, sino que además arrasan todo lo que encuentran a su paso. En estos menesteres, si hay que arrasar con las propias convicciones, también se arrasa.. en caso de que haya convicciones.

No hay más que ver las sonrisas que lleva encima el Cardenal Madariaga desde que es un peón del G-8 y ve posibilidades también para subir algún peldaño más. Anda por ahí explicando a todos lo que va a decidir el Consejo de Cardenales y dando conferencias múltiples a diestro y siniestro. No está en su Diócesis de Tegucigalpa ni de milagro. Pero es que hay algo inquietante en todo esto: Si es cierto lo que ha dicho el cardenal Barbarín, de que el propio cardenal Bergoglio se auto-postuló de alguna manera ya en el pre-cónclave, entonces todo se queda en casa. Distintos obispos con los mismos collares.

Y un aviso final, muy importante para trepas: Mucho cuidado con celebrar la misa con las manos encoladas. Desde hace dos días, eso no está bien visto. Ya se ha encargado el Santo Padre de ridiculizarlo muy cuidadosamente y sobre la marcha.

 

 

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