No acabo de entender las nuevas formas y usos del Pontificado de Francisco. Me dicen algunos bondadosos frailes de mi comunidad, que son maneras de ser muy personales y actuaciones muy espontáneas que no afectan a lo sustancial. Puede que sea verdad; aunque hay muchas maneras de ser accidentales que dejan bien claro lo que se piensa en el fondo. Pero cuando veo y escucho algunas palabras, declaraciones u opiniones vertidas así como así por aquí y por allá, en un miércoles en la Plaza de San Pedro o un viernes en la Casa Santa Marta, o en la revista de turno, confieso que me asalta la duda teológica. ¿Por qué se pronuncia como si nada, una frase que puede ser malentendida? ¿Por qué se deja caer que se refiere a alguien, sin nombrar a ese alguien? ¿Por qué no se dice con claridad a qué grupos , instituciones, personas… se está haciendo referencia? Porque, digo yo, si se trata de traer al camino auténtico al que está equivocado, no hay que andarse con trampantojos, sino que hay que hablar con claridad.

Ayer, un experto vaticanista (este título me hace mucha gracia), hizo juegos malabares para explicar que Francisco ha dicho ante la Jornada del Domund, que “la Iglesia es misionera, que tiene que continuar la misión misma que Jesucristo le confió a sus apóstoles….” a pesar de que hace un par de semanas dijo que “el proselitismo es una solemne necedad”. Para ello titula su artículo de la siguiente manera: No al proselitismo. Sí a la misión. Confieso que cuando leí este título, casi me da un ataque de risa y empiezo a proferir carcajadas homéricas (que son, -para los inexpertos- las carcajadas sonoras y cargadas de ironía). Casi me atraganto, porque estábamos en el convento en las horas de silencio y la Santa Regla manda no hablar ni reír; por eso tuve que coger una almohada y desahogar mi risa antes de troncharme y que mis superiores se enfadasen todavía más conmigo, porque me suelen decir que tengo cara de pepinillos en vinagre porque soy de los antiguos.

Y es que decir que la Iglesia es misionera pero que no hace proselitismo, es algo que no me cuadra en mis esquemas lógicos. A no ser que se quiera enviar un mensaje subliminal. Siempre se ha pensado y dicho que el proselitismo es algo consustancial al apostolado, en el que está implícito el intento de atraer a las propias doctrinas a aquellos que las desconocen. Respetando su libertad, sin coacción y todo eso, pero empeño serio de atraer; o sea, seguridad en transmitir una doctrina que pensamos que es la verdadera. Por esta razón los judíos llamaban prosélitos a los que antes eran paganos y se habían convertido al judaísmo. La Biblia está llena de tales términos. El mismo San Pablo conseguía convertir a prosélitos, que a su vez se hacían prosélitos del cristianismo. Los Hechos de los Apóstoles hablan de ellos en varios lugares. Uno de los primeros siete diáconos -Nicolás-, era prosélito de Antioquía. No creo que esto fuera una solemne tontería.

En la Audiencia General del 16 de octubre, el Papa insiste efectivamente en que la Iglesia tiene que continuar la misión que Cristo le encomendó, enseñar a otros lo que Cristo mandó, compartir la alegría del mensaje de salvación… y yo me pregunto: Entonces, ¿en qué quedamos? ¿No es precisamente esto lo que pretende el proselitismo? ¿No ha hecho esto la Iglesia a lo largo de su historia? ¿No tenían afán proselitista los primeros cristianos? ¿Estuvieron equivocados los antiguos misioneros, cuando tenían afán de convertir a los que eran paganos? ¿Podemos decir, -sin explicarlo BIEN-, que el proselitismo es una solemne tontería?

Me estoy haciendo viejo y torpe y la verdad es que no entiendo nada. Los novicios de mi convento, jóvenes todos ellos y muy amantes de la misión, dicen que se entiende perfectamente. Pero como a veces es muy jugoso poner en práctica el sabio proverbio castellano piensa mál y acertarás, me queda la duda de si realmente no habrá un mensajito especial para navegantes. Y la clave la puede dar el último párrafo del discurso del miércoles con mis destacados en negrita:

¿somos misioneros con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestra vida cristiana, con nuestro testimonio? ¿O somos cristianos encerrados en nuestro corazón y en nuestras iglesias, cristianos de sacristía? ¿Cristianos sólo de palabra, pero que viven como paganos? Debemos hacernos estas preguntas, que no son un reproche.

Una Iglesia que se cierra en sí misma y en el pasado, una Iglesia que mira sólo las pequeñas reglas de costumbres, de actitudes, es una Iglesia que traiciona la propia identidad; ¡una Iglesia cerrada traiciona la propia identidad! Entonces redescubramos hoy toda la belleza y la responsabilidad de ser Iglesia apostólica.

Parece que esto va dirigido a los de siempre. Los cristianos de sacristía, los que hacen proselitismo, son los que se cierran en reglas, costumbres y actitudes del pasado. O sea, los periféricos tradicionalistas. Esos no saben llevar el mensaje de Cristo porque son hipócritas y semipelagianos por naturaleza. Enredados en cuentas y en encajes.

Así que ya lo saben, queridos lectores. Hay que salir, abrirse y anunciar el mensaje de Cristo. Pero para hacer misión. No para hacer proselitismo. Yo, por mi parte ya lo tengo claro y me he quedado más tranquilo. El cristiano no puede hacer proselitismo, pero sí debe hacer prosemitismo. Esto sí que está claro.

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