Ahora que sabemos que Dios no es católico, podemos afirmar con más fuerza que nunca, que España sí que lo es. O mejor dicho, lo ha sido siempre y quieren hacer desaparecer del mapa cualquier vestigio de catolicismo que pueda quedar todavía. Véase si no, la rabia contenida y descontenida, el odio mostrado y escondido, el rencor tantas veces expresado por parte de los que odian a España y por tanto odian al catolicismo, y de los que odian el catolicismo y por tanto odian a España.

No tienen remedio. Ahora se han montado protestas por la beatificación de muchos mártires de la guerra civil, porque aunque el catolicismo les importa un pito, les fastidia y les da corage que se declaren mártires por la fe a más de 500 sacerdotes y religiosos que murieron a manos de las turbas anticatólicas, por más que quiera revestirse la noticia de diplomática tolerancia o de hipócrita pacifismo. Se les ve el plumero. Igual que el Señor les decía a los fariseos que ellos eran hijos de los que habían matado a los Profetas, podemos decir de todos estos protestones, que son hijos de aquellos que un día mataron a estos mártires. Y que mantienen por eso la agresividad y el rencor con una incontinencia verbal asombrosa.

No pueden ocultar su agresividad incluso a la vista de la bandera española. No soportan una concentración de banderas españolas, no pueden resistir que se les hable de rezar un rosario por España, no permiten hablar sobre las gestas españolas que admiraron al mundo y que siempre fueron unidas al catolicismo más intenso. No pueden esconder el rencor de que España haya sido vencedora del islam en tantas ocasiones, o defensora del catolicismo en Trento frente al protestantismo destructor de Europa. De esa Europa que estaba construida sobre el catolicismo y que fue destruida por los anticatólicos. Y que ahora quieren construir en falso los anticatólicos, sobre bases masónicas.

Pero es igual. Dios es el verdadero juez de la Historia. Mientras tanto, pidamos por España, para que según le prometió la Santísima Virgen a Santiago en las orillas del Ebro, nunca abandone la fe católica. Esa misma que ha dado tantos mátires, desde las persecuciones romanas hasta nuestros días, que velan desde el cielo por la fe hispana que se transmitió a los pueblos americanos.

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