Qué razón tiene el Santo Padre cuando habla en su nueva entrevista (otra más) del peligro de los cortesanos en su cercanía e influencia sobre los poderosos. Admite -y con cierta razón-, que la corte es la lepra del papado, a propósito de que son precisamente los cortesanos los que halagan el narcisismo de los jefes de la Iglesia: Los jefes de la Iglesia, a menudo han sido narcisistas, halagados y exaltados por sus cortesanos. La corte es la lepra del Papado.

“Buen análisis para un comienzo de reforma de la Curia”, pensé yo en mi celda cuando leí estas declaraciones. Pero luego, conforme he ido viendo las reacciones a la entrevista (llena, una vez más de ambigüedades y palabras con doble sentido, amén de otras afirmaciones de muy delicada hermenéutica y que tendremos ocasión de analizar), me he dado cuenta de que el Santo Padre se queda corto en sus apreciaciones. Tan corto tan corto, que es posible que incluso le puedan caer a él y su entorno a poco que se descuide. Aunque si se lee la entrevista despacio, al final no acaba por decirnos quién considera que es de verdad cortesano y quién no. O sea, al final, como en las películas mal contadas, no sabemos quién es el malo y quién es el bueno. Claro que con el concepto de bien y de mal que parece que tiene el Papa Bergogglio, no es de extrañar que así sea.

Yo pienso que desde hace siglos, y en realidad desde que el mundo es mundo, los poderosos han tenido siempre a su alrededor consejeros y amigos que cumplían una función importante, cual era la de acompañarles con su ayuda en sus diversas decisiones y complejas determinaciones. Así nacieron las Cortes de los Reyes, así se formó la figura de las Monarquías Modernas en pleno Renacimiento. Hasta el punto de que la figura del verdadero caballero renacentista, fue descrita pormenorizadamente por Baltasar Castiglione en su obra del mismo nombre (El Cortesano) y de gran éxito en la Europa del siglo XVI. El peligro de que cada uno de estos consejeros se convirtiera en adulador, es claro. Y por eso mismo caían y se erigían nuevos consejeros, que cuando perdían el favor del Rey de turno, eran ajusticiados. Lo mismo estaban en la picota de una forma que lo estaban de otra, si se me permite el juego del lenguaje.

Hasta aquí, todo normal y muy acorde con la naturaleza humana. Revestidos de un ropaje o de otro, en las Monarquías o en las Repúblicas, en las Democracias y hasta en las repúblicas bananeras, habrá cortesanos. Quizá podamos modernizar esta palabra, utilizando el vocabulario que manejan mis frailes jóvenes, con los vocablos pelotillero (algo más anticuado) o trepa (de palpitante actualidad). Un trepa es alguien que sube con la facilidad de una planta trepadora, al tiempo que lo hace utilizando trampas, ardides y engaños. Un pelota, vamos.

Creo que en Roma y en torno a la Santa Sede siempre ha habido cortesanos y/o trepas. De hecho, también el Papa ha llamado la atención sobre la necesidad de no ser ambiciosos en la acumulación de cargos episcopales y curiales. He conocido muchos frailes de mi Orden que por el hecho de hacer un Doctorado en Roma, ya venían con ciertas esperanzas de ser nombrados obispos. O tantos que se matriculan en las escuelas diplomáticas vaticanas, con la absoluta seguridad de que estarán pronto en el escalafón de los Nuncios, aunque primero tengan que pasar diez años como ayudantes de cámara en las nunciaturas más alejadas del planeta. Merece la pena.

Lo que ocurría en otros tiempos de los que yo he sido testigo (no quiero decir fechas para que no se hagan suposiciones malévolas), pero sí, más o menos por esas fechas que ustedes están pensado, se elegían Obispos espirituales, buenos pastores, con doctrina segura y probada, doctores de verdad, que no se pasaban la vida en Roma o en la Conferencia Episcopal, que no daban vueltas alrededor del mundo, que no daban conferencias fuera de su Cátedra que era su Catedral, que se distinguían por su amor a Dios y al rebaño encomendado, aunque no echaban olor a oveja, sino más bien el bonus odor Christi del que habla san Pablo.

Ahora no. Ahora se tiende a nombrar Obispos gestores, que sepan llevar la diócesis sin problemas, que no susciten inquietudes, que no se salgan de la línea marcada por la Conferencia Episcopal, que aguanten el  tirón, que no sean nacionalistas ni no nacionalistas y si acaso en algún momento se inclinaran por algo, que sean nacionalistas, pero cuidando no aparecer como anti-nacionalistas…. ¿Comprenden ustedes…?

Esto es lo que genera una verdadera corte-cortesana. Y si no, véase las reacciones a todo lo que hace, dice, piensa, gesticula, señala, propone, decide, inventa, destruye… el Sumo Pontífice actual: todo-todo-todo es aclamado por la Nueva Corte Pontificia que hoy va desde unos obispos a otros, desde el periódico más católico (por unas razones) al más ateo (por otras). Desde la televisión más irrespetuosa hasta la más religiosa. No hay diferencias. Todavía no he visto a ningún Cardenal (la corte del Papa, esa que es la lepra, según él), decir lo más mínimo, ni pronunciar la menor preocupación sobre las tremendas y delicadas palabras de las desdichadas entrevistas, que ponen en entredicho la labor de tantos y tantos sacerdotes en sus parroquias. Más bien veo que está de moda decir que Francisco tiene un perfil de santo (si es que uno tiene que trepar) o que ya era necesario que la Iglesia no oliera a alcantarilla (si es que uno tiene que subir). Por poner dos casos extremos y recientes. No quiero poner las referencias correspondientes, porque mis aguzados lectores saben a quiénes me refiero.

Así que cuidado con ser halagado y exaltado, para no fomentar el narcisismo. Y una cosa más: No es bueno que los que ya están arriba den instrucciones y normas morales a los de abajo sobre lo malo que es trepar. Porque a lo mejor, si se destaparan algunas biografías episcopales y cardenalicias dejarían a más de uno con el carnet de trepa entre los dientes.

 

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