Tengo que confesar que ya estoy mucho más tranquilo, después de haber superado una prueba muy dura, con un descenso de mi auto-estima, una tremenda falta de identidad frailuna y una anorexia intelectual de caballo, que quisiera compartir con mis amables lectores.

Resulta que desde hace ya muchos años, he querido vivir la Santa Misa como siempre aprendí a escucharla y vivirla allá en los días de mi niñez. Y no tengo que ponerle apelativos porque me parece que hay que llamarla sencillamente así: La Santa Misa. Crecí en ese ambiente y llegué a mi Orden como hermano lego reconociendo en la Misa la señal de identidad de la doctrina católica: el Sacrificio de la Nueva Alianza para el perdón de los pecados que es propiciatorio, laudatorio, impetratorio y de acción de gracias.

Vinieron tiempos duros en los que la Misa desapareció de mi convento y nos impusieron la Nueva Misa (ésta sí que tiene que llevar calificativo, porque es realmente nueva, respecto a los siglos precedentes). Me pareció entonces que mi obediencia a las normas de la Santa Madre Iglesia me exigían un sacrificio grande: aceptar lo que se me imponía, a sabiendas -o con la tremenda sospecha-, de que algo andaba mal.

Intenté entonces acudir a los lugares (pocos) en los que se celebraba la Misa. Comentaba con unos y con otros mi extrañeza por la prohibición generalizada y expuse mis dudas porque me parecía que esta Nueva Misa hacía desaparecer del escenario todo el sentido sacrificial que la Iglesia había ido explicando desde siglos inmemoriales. Me parecía que no era posible que la Iglesia hubiera estado equivocada tanto tiempo y ahora de repente, tras la apertura de las ventanas, se le abrieran los ojos a la verdad.

Pero mi intento siempre resultaba vano. Era casi imposible. Y lo que es peor, a mi alrededor se fue acrecentando un ambiente de rechazo a mi manera de pensar y de proceder. Ya nadie daba un duro por mí. Todos pensaban que mi tradicionalismo (así lo llamaban) era de psiquiatra de guardia, que mis rarezas se iban acumulando, y que mi pasión por guardar con veneración los ornamentos antiguos del Convento, era enfermiza. He de decir que esta postura mía me produjo un aislamiento y un abandono de todos, que nunca podré explicar en su verdadera y trágica profundidad.

Cuando en 2007 el papa Benedicto XVI promulgó el ya famoso (y odiado) Motu Proprio, ví una luz en mi vejez. En él nos decía el ahora Papa Emérito, que en realidad la Misa nunca había sido prohibida y que por tanto se podía celebrar incluso sin permiso del Obispo o del Superior. ¡¡A buenas horas, pensé yo!!, pues esto se decía, cuando ya casi ni existía y cuando había sido literalmente pisoteada y masacrada por unos y por otros.

Pero en fin, dando gracias a Dios, me dispuse a solicitar de mi Superior poder asistir a la Misa si es que encontraba un lugar cerca de mi Convento. Me concedió el permiso con una displicencia digna de encomio, pero a mí me pareció un verdadero regalo del Señor. Por fin iba a poder salir del aislamiento en el que me tenían sumergido incluso mis propios hermanos, siendo el hazmerreir de la Comunidad y suscitando las sonrisitas y apelativos propios de mi condición tridentina.

Me encontré un lugar en el que se comenzaba tímidamente a celebrar, lo que a su vez me puso en contacto con otras personas que también la querían organizar en sus ciudades y diócesis. Allí me dí cuenta de que no es verdad que sólo un grupo de nostálgicos viejos como yo, querían recuperarla. Por el contrario era mucha gente joven, muchos de ellos procedentes de una vida acatólica que habían recalado aquí tras un serio proceso de conversión, gentes con un gran amor por la Iglesia, gente que –como yo–, estaba siendo marginada, insultada y despreciada en sus ambientes parroquiales, gente que a pesar de las dificultades insistía en asistir a esta Misa sin complejos. Lo más curioso es que su asistencia se producía a pesar de las dificultades, olvidos, murmuraciones y comentarios que se disparaban desde otras parroquias y por otros sacerdotes. Teniendo que cambiar de iglesia según las necesidades mucho más imperiosas de otras comunidades, teniendo encima la amenaza de los obispos que exigían un número determinado de fieles para ser considerado “grupo estable”, teniendo muchos de ellos que soportar el autoritarismo de los obispos que la prohibían con descaro en contra de la prescripción papal; teniendo en fin que llevar encima la herida social de ser casi unos apestados por preferir esta Misa que ni siquiera se anunciaba en los horarios oficiales.

Como decía al principo, esto conmovió mi corazón y suscitó en mí enormes sentimientos de soledad y pena. Realmente me sentía herido por este desprecio y por esta marca que se nos colocaba. Y este sufrimiento no era menor cuando comprobaba la cantidad de nuevas misas que se celebraban en medio de tremendas inseguridades y disparates doctrinales, en medio de payasadas y en medio de nuevas formas de “creatividad en la Eucaristía”, sin que nadie dijera nada, nadie prohibiera nada, nadie criticara nada…

Entonces empecé a escuchar las entrevistas del Papa Francisco. Hay que referirse a dichas entrevistas, porque por lo visto ése va a ser el material doctrinal más frecuente que va a legar a lo que quede de la Iglesia. En ellas y en muchos otros discursos, insiste vehementemente a sacerdotes y obispos que vayan a las periferias existenciales, que salgan hasta allá y que le lleven la buena nueva y la alegría y paz del Evangelio a esos grupos marginados, dolidos en su corazón, que curen sus heridas y que los acojan con humildad y verdadero amor fraterno, que les comprendan y que nos los juzguen porque llevan ya las marcas de Cristo en su rechazo social.

Ahí comprendí que yo mismo y tantos cristianos fieles a la Iglesia, que aman a Dios y que aman al Papa, que insisten en la doctrina de la Iglesia de siempre, pronto van a ser salvados por la predicación. Están en una verdadera periferia existencial de la que pronto saldrán, gracias a los discursos e impulsos del Santo Padre a sus sacerdotes y obispos.

Claro que por el momento hay dos cosas que me preocupan. Una de ellas es que los Franciscanos de la Inmaculada han sido machacados en su periferia existencial. Se les ha impedido, contra todo Derecho, celebrar la Misa. Habrá sido un error. En realidad son una minoría dentro de la Iglesia, pero acaba de decir Francisco en una nueva entrevista que ser una minoría es además, una fuerza. Bueno, no se referirá a las minorías que aman la Misa, porque desde luego su fuerza es bien escasa.

Pero hay algo que me preocupa más. Ha dicho Francisco que los que aman la Misa tienen el peligro de la ideologización. Seguramente no se habrá dado cuenta o habrá querido decir otra cosa. Tampoco sé qué quiere decir exactamente, aunque el empleo de las palabras mismas lleva ya consigo una mala voluntad de ideologizar la cuestión ante la prensa.

De todos modos, prefiero el peligro de ideologización de la Misa, que el peligro de superficialización, el peligro de sacrilegio y el peligro de profanación. Tal como se puede ver en muchas misas en cualquier ciudad y en cualquier parroquia. Claro que eso no preocupa a los de arriba, después de haber participado en la misa de Copacabana. Esa no tiene evidentemente peligro alguno de ideologización.

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