A lo largo de toda la historia de la espiritualidad, las diversas ordenes monásticas y religiosas en general, han tenido que aceptar que el paso del tiempo, el acomodamiento y la rutina pervertían, o al menos disminuían, el fervor de los primeros tiempos fundacionales. La Iglesia, siempre Maestra y vigilante, nunca tuvo empacho en aprobar las llamadas reformas y observancias, sabiendo mejor que nadie que la renovación del espíritu y la vuelta a los orígenes, eran punto esencial en la riqueza de la Iglesia y el mantenimiento de los diversas formas de vivir los Consejos Evangélicos, cumbre de la vida de perfección a la que invitaba el mismo Jesucristo.

De este modo, los Benedictinos tuvieron su reforma en la persona de San Roberto, luego llevada a su culmen con San Bernardo. Los cistercienses pretendieron superar aquella situación de poder y riqueza en que los cluniacenses habían acabado. Luego vino otra reforma con la Trapa, siempre con el apoyo de la Iglesia. No hablemos de la Reforma que Santa Teresa y San Juan de la Cruz llevaron a cabo con los Carmelitas Calzados, que pasaron a  ser Descalzos en una búsqueda incesante de perfección y regreso a la Primera Regla. O de los Franciscanos, con el incomparable San Pedro de Alcántara en España. Y tantos otros que se podrían citar.

Sin embargo, en estos tiempos nuestros tan atribulados y confusos (aunque para algunos tan maravillosamente carismáticos), las cosas suceden al revés. O al menos así me lo parece. Véanse si no, los últimos sucesos acaecidos con los Franciscanos de la Inmaculada, en los que da la impresión que se ha querido dar una muestra de autoridad que sirva de aviso para caminantes. Una orden religiosa floreciente en los últimos años, que quiso adaptarse al Motu Proprio de Benedicto XVI sobre la Forma Extraordinaria. Precisamente ahí comenzó su aumento de vocaciones. Con una labor apostólica importante, celebrando con el Misal de 1962 y con la aquiescencia general de todos los miembros de la Orden.

Y de repente, aparecen los reformadores, que en este caso, en lugar de volver a la vivencia del propio espíritu de una forma mucho más observante, quieren dejar de celebrar la Misa Tradicional, denuncian a los Superiores por querer “imponer” esta misa y ciertas costumbres y desean abandonar las normas estrictas que se derivan de ello. O sea, al revés que lo que ocurrió siempre en la Iglesia.

Sorprende que en estos casos la Autoridad responde de una manera fulminante. No con la parsimonia de otras ocasiones, con la negativa a dar pábulo a opiniones internas hasta que se lleve a cabo una investigación…

Por el contrario, se nombra un Comisario (amiguete y de la opinión de los denunciantes, claro), se les fulmina con una investigación y sobre todo (aquí está la clave), se les prohibe celebrar la Misa de San Pío V, aunque se vaya en contra de las disposiciones de toda la Tradición e incluso del papa Benedicto XVI que se encargó de decirnos (por fin de forma oficial), que esta Misa nunca se puede prohibir, aunque ya lo sabíamos.

El caso es que me temo que esta orden ya no levanta cabeza. Las divisiones internas agudizadas, el escepticismo de unos y las incertidumbres y dudas de otros, las imprevistas traiciones, debilitarán a esta Orden, a pesar de la heroica postura de obediencia mantenida hasta ahora por el Superior y Fundador.

Ha pasado inadvertido a la prensa religiosa (¿voluntariamente inadvertido?) que el nuevo Comisario ha nombrado Secretario General de la Orden precisamente al responsable de las protestas y estrella mediática de los comunicados oficiosos de la Orden en contra del Fundador.

En fin, esta es la clave de los tiempos que vivimos. Firmeza en el castigo para los tradicionales. Pero comprensión y diálogo para los quejicas y protestones, situados en contra del propio Fundador. Bueno, si le aplicamos el diálogo a los musulmanes del Ramadán, o a los judíos que no creen en Dios Trino, ¿por qué no se lo vamos a aplicar a estos frailes desesosos de reformar su Orden para que no sea excesivamente tradicionalista?

Estamos en los tiempos del diálogo con todos… Bueno, con todos los que merecen que les apliquemos el diálogo. Jamás con esos carcamales de misa de encajes. Con esos, duro y a la cabeza.

 

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