Desde el momento mismo en que Benedicto XVI anunció su renuncia al Solio Pontificio, se dispararon las curiosidades morbosas y las dudas razonables sobre el puesto que en lo sucesivo tendría en la Iglesia, la dignidad que se le debería guardar, e incluso el nombre con el que se le habría de tratar. Cosas todas ellas de menor importancia, utilizadas hábilmente para distraer a las mentes débiles y flojuchas, de tal modo que no pudieran darse cuenta del tremendo golpe que desde ese mismo día se le estaba propinando al Papado. Aunque trataban de encubrirlo diciendo que este gesto ya se había dado en siglos anteriores, a los más conspicuos y menos aborregados, no se les escapaba la diferencia de esta renuncia con las otras (escasísimas, en rigor una sola) de la Historia de la Iglesia precedente.

Me llamó poderosamente la atención la insistencia de portavoces y expertos de todo calado, incluido el propio interesado, en advertir que una vez presentada la renuncia, el Papa iba a dedicarse a la oración y al estudio. Por el momento, se decía, Benedicto XVI  esperaría a que estuviera adecuadamente preparada la residencia en la que esperaba pasar sus últimos días: un pequeño convento de clausura dentro del Vaticano. Esto ya me alarmó, he de confesarlo. Porque nunca terminé de creerlo.

En pocos días, ya se había llegado a un acuerdo entre los que mangonean estas cosas de protocolos y liturgias. Se nos dijo entonces, que se le podría seguir llamando Benedicto XVI, que seguiría vestido de blanco, que se le trataría de Pontífice Emérito… y no sé cuántas cosas más. Todo ello innecesario -creo yo-, en el caso de una persona que insistía en que se retiraba del mundanal ruido para dedicarse a la oración. (Ya se sabe que el mundanal ruido y la oración son incompatibles). Yo seguía pensando que si dejaba de ser Papa debería llamarse Joseph Ratzinger, debería dejar de vestir de blanco y en modo alguno podría titularse Emérito porque esto supondría poner en el mismo plano al Pontífice Reinante y al que acaba de dejar de ser reinante. Todos sabemos el papelito que han hecho casi todos los Obispos Eméritos, que en el mismo momento de serlo, adquieren una locuacidad para dar conferencias, una fortaleza para viajar por el mapamundi y una longevidad matusalénica, hasta el punto de que se dan casos de Obispos Eméritos que han sobrevivido a varios Obispos Sucesores suyos. Pero bueno, esto daría para otro artículo sobre las ocurrencias del Vaticano II.

El caso es que desde mi malvado punto de vista, pensé desde el primer momento que este anunciado silencio no llegaríamos a verlo nunca. Al fin y al cabo, y siguiendo con mi maldad, esta renuncia había sido cuidadosamente programada. Con fines también claramente programados. Y uno de estos fines, como decía antes, era el de hacer ver como algo normal, que puede haber dos Pontífices (sí, ya sé… uno de ellos Emérito. Pero en la mentalidad de la gente… dos Papas. Ni más ni menos). Por eso nunca llegué a creerme que Benedicto XVI desaparecería del mapa mediático.

Muy pronto pude ver que mis teorías se confirmaban. Primero fue el montaje del helicóptero saliendo del Vaticano hacia Castelgandolfo, luego un mini-reportaje sobre el día y las actividades del ex-Santo Padre, después el estado de las obras del convento de marras, luego (un pasito más en la línea destructiva de la monarquía), la visita de Francisco I al Papa Emérito en Castelgandolfo para saludar a su digno predecesor (cosa que se podría haber hecho -si hubieran querido-, sin la presencia de periodistas), luego (otro pasito más), la nueva aparición de Ratzinger en la bendición de la estatua de San Miguel junto al Pontífice felizmente reinante, luego (otro pasitín más), la encíclica cuadrumana escrita por los dos, luego (otro nuevo paso) Ratzinger siguiendo por televisión la JMJ y enviando un mensajito previo a los jóvenes que allí se iban a reunir; luego, una visita sorpresa a Castelgandolfo este pasado 20 de agosto (algún periódico titulaba: Benedicto XVI se va de excursión a Castelgandolfo), y ahora se nos anuncia que muy pronto celebrará la misa con sus antiguos alumnos tras el encuentro anual que éstos celebran en los últimos días de agosto.

Resumiendo: que no veo por ninguna parte la tan cacareada vida contemplativa y la desaparición de Ratzinger de la vida pública. Si, ya sé que son pocas las apariciones y actividades, pero teniendo en cuenta que en el Vaticano no hacen nada sin estudiadas y pensadas razones, creo que abona mi teoría del intento de desprestigiar al Papado. Me temo que todo ha estado programado desde el primer día. Incluidas las clases intensas de italiano que Bergoglio empezó a recibir unos meses antes de la renuncia del ahora Papa Emérito.

Todo programado: desprestigio por la dosificada presencia del Emérito y desprestigio por la constante presencia del Reinante.

Que Dios nos ayude.

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