Dentro de la vulgaridad que se ha instalado en el Vaticano desde hace unos meses (pongamos, más o menos, desde marzo), todos los días puede ocurrir algo original que supere la vulgaridad anterior o algo cada vez más vulgar que pretende pasar por original. Y es que una vez que se abre la compuerta de la chabacanería, de la camaradería, acortando distancias principescas, gastando bromitas vulgarotas (por aquello de que hay que estar con el pueblo y ser sencillo, pobre y colega), los hechos se van de las manos y ocurre aquello que decía el refrán de que hay personas a quienes “les das la mano y se toman el codo”.

En este ambiente se han sentido los futbolistas de las selecciones de Argentina e Italia cuando han sido recibidos por el Santo Padre, antes del trascendental partido amistoso para homenajear al actual Sucesor de Pedro, seguidor ferviente de no sé qué equipo de la Argentina profunda. Tan felices estaban, que el jugador de la fotografía (me niego a aprender su nombre), se ha sentado en el Trono Pontificio como el que se hace una foto en un parque de atracciones.

Claro que esto no era un parque de atracciones, sino el Trono de Pedro. Primero se le bajó del pedestal (había que estar a la altura de las visitas), y luego sirve de cachondeo generalizado. Habrá quien piense que no es para tanto y que es exagerado lo que aquí escribo, pero a mí me enseñaron siempre en el Noviciado que quien tiene la Autoridad no puede malgastarla, desprestigiarla y depreciarla como si fuera de su propiedad.

Claro que esto no habría saltado a la prensa con esa alegría y euforia tan típica de los seguidores del Papa (cada vez hay más), si los discursos hubieran tocado (aunque fuera de pasada) los grandes temas morales que el mundo del fútbol encubre: corrupción generalizada e inmoralidad en los sueldos y en los contratos. Aquí parece que nadie se plantea por qué no se le da a los pobres algo de este inmenso capital, en vez de solicitar la utilización de cáliz tipo Lampedusa —modelo cutre solemne, por si alguien lo quiere encargar para su parroquia–, para demostrar que se está con los pobres y que Nos preocupan los pobres.

Y no digamos lo bonito y útil que hubiera sido alertar sobre la vida disipada de gran número de futbolistas, que dan escándalos en su vida privada (sí, es privada), pero tan alejada de un comportamiento moral cristiano. Ocasión excelente para hablar de la moralidad en el deporte.

Se entiende bien el significado metafórico de la foto de arriba: el fulano se siente el Rey del fútbol, cruzando sus piernas en el Trono del Vicario de Cristo.

Si hubiera algún santo patrón del fútbol, ahora mismo comenzaba una Novena en su honor, solicitando su intercesión.

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