¡¡Ay, Señor!! Ya vuelven a enredar estos jesuitas. La Compañía fundada por San Ignacio con la intención de que fuera un auténtico ejército que ayudara al Papa en la lucha contra los Enemigos de la Fe, dio muchas glorias a la Iglesia… que muy pronto se convirtieron en calentamientos de cabeza. Especialmente peliagudos en este pasado siglo XX.

Primero en los años del post-concilio, con el Padre Arrupe como Prepósito General, los que fueron testigos de la destrucción de la Compañía en todos los terrenos, batiendo verdaderos records de pérdidas de vocaciones sacerdotales y defecciones de todo tipo. A la cabeza de todas las heterodoxias doctrinales, los jesuítas fueron imponiendo su aggiornamento en sus Colegios, en otros tiempos tan católicos. Pulularon las figuras de jesuítas que escandalizaban con sus teorías y sus actitudes. Sólo por citar un par de ejemplos, en España tuvimos que ver cómo por un lado Díez-Alegría disparaba herejías, mientras el tristemente famoso Padre Llanos se afiliaba al Partido Comunista.

Posteriormente, el apoyo, aliento, participación y acogida ansiosa de la Teología de la Liberación en Hispanoamérica (ellos dicen América Latina), fue el caballo de batalla de la Compañía en los años posteriores. Un nuevo paso al frente en su línea de lucha contra la Iglesia. Nunca asimilado como culpa por los Superiores, nunca atacado de raíz, y ahora bendecido con el Guardián de la Fe Monseñor Müller, tan amigo de unos y de otros liberacionistas.

El paso siguiente ha sido ya en estos años y consecuencia de aquéllos: el “distanciamiento” de la Compañía respecto a la doctrina moral de la Iglesia. Las universidades jesuítas han sido el caldo de cultivo de congresos y estudios, publicaciones y mítines en los que se ha pisoteado la doctrina moral católica sobre la anticoncepción, el matrimonio, el aborto y un largo etcétera. También esto, sin que hubiera ni una sola reprensión por parte de las autoridad supuestamente competentes.

Pero el paso que acaban de dar, que también viene de tiempo, pero que ahora va saliendo con más claridad a la luz, es la organización de un círculo rosa. Me niego a comentar de qué se trata. Mis lectores pueden acudir a los noticieros de estos días. Según los organizadores, no es cuestión de hablar de la doctrina de la Iglesia, sino de profundizar en estos fenómenos culturales de la homosexualidad, el encuentro con lesbianas y trans… porque ya se sabe que esto es muy enriquecedor. Aunque ya se viene haciendo desde hace años en estas universidades jesuíticas (no puedo llamarlas católicas), ahora salta la noticia más fácilmente por internet y nadie puede negarlo.

Mientras tanto, los Obispos bailando la samba (ahora sí se puede decir esta expresión en su sentido auténtico), las Sagradas Congregaciones de la Doctrina de la Fe, la Educación Católica y Universidades, la de Obipos… mirando para otro lado. Menos mal que por fin tiene la Compañía un miembro sentado en la Silla de Pedro (perdón, Obispo de Roma).

Ahora ya no tiene la Compañía que ayudar al Papa en su misión de defender a la Iglesia de las herejías. Hoy día, extrañamente, la Compañía está sentada en el Solio Pontificio. Lo que van a disfrutar todos y lo que van a tardar en quitarse (ahora ya del todo) la careta.

De momento han pasado del círculo rojo (con la hoz y el martillo) al círculo rosa (con la bandera multicolor y multiarcoiris, esa que tanto le gusta ponerse a los Obispos como casulla).

Pero, ahora que lo pienso, ¿quiénes somos nosotros para juzgar un Congreso de lesbianas y compañer@s mártires en una Universidad Católica?

San Ignacio de Loyola, Ora por nobis.

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