Cuando ingresé en mi convento, hace ya bastantes años, algunos de los frailes más viejos y experimentados nos explicaban a los novicios cómo esperaban ansiosamente los discursos programáticos, de aquellos que eran elegidos para algún cargo superior. Si el recién elegido decía que esperaba la ayuda de Dios para ejercer su cargo con dignidad y responsabilidad, nos quedábamos muy tranquilos. Pero si acaso decía que no pensaba mandar sino servir, o que iba a consultarlo todo con los demás, o que estaba abierto al diálogo, provocaba en nosotros un pánico terrorífico. Pues la experiencia nos había enseñado que justamente aquellos que más se las daban de comprensivos y colegas, resultaban luego ser los más totalitarios e intolerantes de entre todos los Superiores.

Algo así pasa ahora cuando los elegidos para Obispos de una determinada Diócesis, anuncian a bombo y platillo que ellos vienen a aprender y que de ninguna manera piensan ejercer su autoridad episcopal al modo de un príncipe, o que su función es fundamentalmente servir a la comunidad. Hay que echarse a temblar en ese caso, especialmente si uno pertenece a esa parte de la comunidad que no le cae muy bien al Pastor.

Y es que el único que pudo decir con verdad No he venido a ser servido sino a servir, fue Nuestro Señor Jesucristo, que por eso mismo es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.

Desgraciadamente, los modos y maneras actuales distan mucho de este ejemplificante modo de actuar de Jesucristo. Porque automáticamente suele verse el plumero –como solía decir mi maestro Fray Suspicaz—, en las primeras actuaciones oficiales que se les presentan. Ejercerán la misericordia, sí, con los que piensan como ellos, pero machacarán a los contrarios.

De esta forma se puede ser extremadamente comprensivo con la homosexualidad (sin hacer alusión alguna al grave y nefando pecado de la sodomía), se puede comprender a las protestantizadas monjas americanas (dislocadas en su amor por la ideología de género y otras lindezas cercanas también a la homosexualidad), se puede animar a seguir a Cristo a millones de jóvenes (sin mencionarles -ni siquiera de pasada- los graves casos de la moral católica que ellos rechazan en porcentajes alarmantes), se puede minusvalorar las acusaciones graves respecto a algún nombramiento curial poco recomendable…. En todos estos casos, es la misericordia la que resplandece. ¿Quién soy yo para juzgar a estas personas?

Sin embargo, esta misma comprensión se echa en falta en otros casos. La tolerancia, la benevolencia, la solicitud de informes, el olvido de los pecadillos de juventud, el tiempo de estudio y de prudencia necesarios para cada caso… brillan por su ausencia si se trata de personas que son tradicionales, amantes del rito antiguo, o algo críticos con algunos aspectos de las nuevas doctrinas, que vienen pisoteando sistemáticamente todo el Magisterio anterior. Se les prohíbe la celebración de la misa tradicional, y punto.

Ya repartiremos misericordia y comprensión con los que celebran la Santa Misa de modo blasfemo, sacrílego o vestidos de payaso. Pero estos pelagianos que se visten con trapos y puntillas… no se pueden tolerar. Como diría Hugo Chávez (que en gloria esté): ¡¡Exprópiese!!

Aquí sí es posible ejercer la Suprema Autoridad, blindando las alternativas de recursos ante la Signatura Apostólica. Como es igualmente posible ejercer la autoridad personal si hace falta canonizar a alguien que todavía “no se ha dignado” hacer el milagro requerido. ¿Y qué más da? Para eso está la Autoridad del cargo. Se canoniza sin milagro, y a otra cosa mariposa.

La prensa podrá seguir destacando la política de gestos. Pueden seguir las alabanzas en la portada de las más afamadas revistas. Pueden continuar hablado de las decisiones colegiales, de la comisión de expertos que se va a reunir en octubre, del nuevo ministerio petrino de amor a todos y a todas.

Yo, por mi parte, desde el rincón de mi convento, insisto en preguntarme: ¿Y quién soy yo para juzgar a un sacerdote bueno, que ama a Dios y que quiere celebrar la Misa tradicional?

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