Desde la época de mis estudios en Salamanca, cuando mi pasión por la Retórica y la Lógica no era compartida por mis doctos profesores, que pensaban erróneamente que yo no era capaz de estudiar ni una sola Tesis filosófica con el menor aprovechamiento, me ha resultado fácil comprender que no es lo mismo el lenguaje vulgar que el lenguaje científico. Ni es lo mismo lo que se expresa en el lenguaje coloquial que lo que se reviste de cierta prosapia, autoridad o solemnidad. Hasta el punto de que si se confunden ambas facetas, es seguro que nos damos un coscorrón –metafóricamente hablando–, de esos que hacen historia.

Atrás quedaron los grandes discursos de los Papas en los que se hablaba con autoridad, elegancia y estilo, con el convencimiento de estar dirigiéndose a muchos millones de cristianos que andaban expectantes: anhelando los pastos que antaño daban los Pastores a las ovejas hambrientas. Ni existe ya este tipo de discursos, ni existe el rigor expositivo, ni la profundidad teológica, ni (al parecer) el deseo consciente de impartir doctrina. Por no existir, ni siquiera existe la Silla desde la que se solían leer.

Ahora se ha recuperado el lenguaje coloquial. Es más “cercano” emplear las expresiones que llegan al pueblo, las que se entienden facilonamente, los términos sencillos y adaptados a los gustos de los oyentes. Y desde una cátedra también sencilla, de andar por casa, sin complicaciones teológicas, según los conceptos de pobreza que hoy se estilan cabe los muros vaticanos.

Claro que en todo esto hay un peligro obvio: al dar prioridad a lo coloquial, aparecen expresiones impropias del lenguaje escrito o del estilo literario. No sería problemático si esto lo llevara a cabo un periodista, un vendedor de aspiradoras o un recaudador de impuestos. Pero si el que lo utiliza está siendo escuchado por millones de personas, el peligro es acuciante; tanto mayor, cuanto mayor sea la responsabilidad del que habla.

Si mi barbero me comenta que la próxima semana habrá datos que provocarán un desplome en la bolsa de Nueva York, la cuestión no pasa de ahí. Hasta puede ser hilarante mantener esta conversación con él. Pero si esto mismo lo dice ante las cámaras el Presidente de la Unión Europea, o el ministro de Finanzas de la misma, o el Presidente de los Estados Unidos, las consecuencias no tienen ninguna gracia: las reacciones del mundo económico internacional, no dejarán de darse con celeridad.

Hace unos días, en plena Audiencia en el Vaticano, el Santo Padre hablaba a los fieles en la Plaza de San Pedro, sobre la igualdad en la Iglesia. Decía, en su lenguaje coloquial, que nadie es mayor que nadie. Ni siquiera el papa: todos somos iguales. Frase tan “popular” como ambigua, arrancaba los aplausos de miles de fieles que estaba allí congregados esperando el ansiado pasto. En realidad aplaudían como ovejas, sin darse cuenta de que esto hay que entenderlo en sus verdaderas proporciones. Vamos, digo yo.

Como soy fraile bien intencionado y bonachón por naturaleza, sé que no es posible que Su Santidad quisiera decir que la Iglesia es una democracia. Digo que es imposible, porque si hubiera querido decir eso, estaría destruyendo automáticamente dos mil años de doctrina y de teología católicas. Y eso no es posible en la boca de un Papa. De ahí mi insistencia en que hay que aplicar siempre en estos casos, la hermenéutica de la contradicción.

Porque es realmente una contradicción decir una cosa y la contraria a la vez y en el mismo sentido. Si todos somos iguales, no hay jerarquía. Y si hay jerarquía no todos somos iguales. Si la Iglesia es democrática no es jerárquica; y si es jerárquica no es democrática. Así de simple. (Cómo gozarían mis maestros de Lógica si me vieran en este momento).

Yo supongo, sospecho, imagino y espero que el Papa quería decir que ante los ojos de Dios, todos somos iguales. Pues es verdad: todos somos pecadores, todos necesitamos de la ayuda de la Gracia y todos tenemos que dar cuenta a Dios de nuestra vida. Ya lo había dicho el Señor: Si no haceis penitencia, todos igualmente pereceréis. Si esto es así, estamos plenamente de acuerdo.

Pero nótese el matiz populista de la frase. Porque se esconde el verdadero sentido de la cuestión: y es que en la Iglesia no todos somos iguales. No señor. Existe un Sacramento llamado Orden Sacerdotal, que imprime carácter (si no nos ha engañado el catecismo), por el que algunos hombres son ontológicamente configurados con Cristo, cualitativamente distintos al resto de los bautizados. Incluso el Obispo de Roma, aunque tenga una Comisión de sabios que le hagan de Consejo de Administración. Por eso mismo, el Papa no es igual al resto de los fieles cristianos.

Claro que no es esto lo que dirá la prensa entusiasta, que se extasía comentando los nuevos aires que soplan en la Iglesia. Los titulares de los periódicos concluirán que todo ha cambiado en este tema, porque en el sermón de turno se dijeron estas frases tan emocionantes.

Pero a mí no me sacan de mis convicciones lógicas. Lo que se dice de forma coloquial, no siempre se puede utilizar en la forma literaria o escrita. Es muy peligroso que quede constancia de ello para el futuro.

Me imagino lo que pensará quien se acerque dentro de 100 años a las Acta Apostolicae Sedis y encuentre las expresiones Dios no es un spray, cara de pepinillos en vinagre o todos somos iguales y otras frases de roman paladino, recogidas como magisterio del Sucesor de Pedro. Pero no hay problema: no ocurrirá nada, porque para esa época ya habrá aprendido todo el mundo a a aplicar la hermenéutica de la contradicción.

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