No es ningún secreto que la santidad ha quedado en estos últimos tiempos bastante desprestigiada. La profusión de canonizaciones en los recientes pontificados y la insistencia machacona en que la santidad está al alcance de todos, ha rebajado las exigencias, ha suprimido los necesarios heroísmos y ha dejado convertido el camino a los altares en una senda mucho más ancha que la que siempre exigió la Iglesia en otros tiempos. Parece que también la Iglesia –como la Universidad–, ha aprobado el Plan de Bolonia, como prueba de que todo el mundo puede ser universitario, aunque como decían en mi convento, “no sepan hacer la O con un canuto”.

Los santos de hoy en día, o los que se proponen como tales para iniciar su proceso, ya no requieren un currículum llamativo, porque según se nos dice, la santidad misma no es llamativa. Claro que esto se podría interpretar bien: siempre creyó la Iglesia en la santidad profunda y sencilla, vivida por caminos también sencillos. Pero los que se proponían como santos, eran para el pueblo cristiano unos verdaderos héroes, santos a contracorriente, paladines de Jesucristo, que vivieron las virtudes cristianas –teologales y cardinales–, en toda su plenitud y hasta extremos insospechables. Santos que eran los primeros en hacer obras de caridad, aunque entonces no estuvieran encumbrados como participantes de oenegés. Santos que se ensimismaban en la oración y se elevaban por los aires (esto ya no es motivo de beatificación), santos que les explotaba el pecho por el fuego devorador de su amor a Dios. Santos que daban su vida para defender su fe frente a los herejes (¡horror!, hoy día tampoco esto es curricular).

Estos santos eran ejemplo de vida para los niños en las catequesis. Se les enseñaba a los pequeños cristianos que ese era el modelo a imitar. Cuántas vidas de santos y cuántas historias de santos han alimentado la imaginación de los niños que veían en ellos un arquetipo inalcanzable, pero deseable e imitable. Cuántos libros se publicaron con esta intención y todavía hoy algunos “trasnochados” siguen publicando, leyendo y enseñando a sus hijos.

Ahora las cosas han cambiado. Vean si no este vídeo rescatado de la información de Rome Reports, tan moderna ella. Si no se ve con los ojos post-conciliares de la santidad light, no se puede comprender. Especialmente las primeras palabras.

Enseñar a los niños sobre los santos puede resultar complicado. Este libro trata de echar una mano. En “Holy Crocodile” (juego de palabras a partir de un dicho inglés que expresa sorpresa y admiración) en vez de ser las personas quienes ayudan a los animales, son los animales quienes ayudan a las personas.

Ya sea un perro, un zorro o un cocodrilo, los animales socorren a personas necesitadas en situaciones de vida o muerte. Los animales se convierten en un ejemplo de cómo los valores cristianos son valores vivos, incluso ante los grandes retos de la vida.

Después de esto, ya lo saben ustedes, queridos feligreses de este pobre fraile: es difícil explicar a los niños la santidad de los hombres. Es mucho más fácil hacerles ver las buenas acciones de los animales.

Seguro que este libro lleva el nihil obstat de alguna Congregación Romana. Cosa que será difícil conseguir para una vida de Santiago Matamoros. Es que los niños no pueden comprender estos gestos del Apóstol en la España Medieval. Como tampoco pueden comprender que San Francisco Javier bautizara niños paganos hasta que se le cansaba el brazo: es mejor decirles que un oso hormiguero salvó de una riada a los ratones del lugar, mostrando así su solidaridad con ellos.

¡¡Omnes sancti et sanctae, intercedite pro nobis!!

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