Suele concederse a los gobiernos recién elegidos, la cortesía de 100 días de plazo para poder opinar sobre su gestión. Se supone que a lo largo de los tres primeros meses no se han podido afrontar plenamente los problemas más graves, pero tres meses es tiempo suficiente para poder valorar los gestos, prever las actuaciones, vislumbrar los proyectos que se llevarán a cabo, suponer el estilo que marcará el tiempo que venga después.

Han pasado ya tres meses del Pontificado de Francisco y van apareciendo opiniones diversas. Por una parte, las que le presentan como el papa cordial, cercano, preocupado por los pobres, sencillo, tierno con los enfermos; en una palabra: distinto a los otros papas, por su “magnífica” ruptura con las costumbres que pervivían en los anteriores.

No me siento obligado a hacer un balance, como fraile que soy, de lo que haya supuesto la labor del Jefe. Pero tiendo a pensar que quizá podría haberse llamado Atila I, al menos por lo que hace a las costumbres y gestos mostrados al Mundo y a la propia Iglesia. Sabido es que suele llamarse “atila” a todo aquél que destruye y aniquila, como en su día hizo el bárbaro del mismo nombre. Un atila es alguien que arrasa con casi todo, que destruye a su paso lo que parecía establecido y sólido, que reduce a escombros lo edificado en muchos años.

Francisco, con sus gestos, –tan alabados por la prensa, incluso la anticatólica– ha destruido en tres meses tantos otros gestos de sus antecesores, cuyo sustrato era la gloria de la Iglesia fundada sobre Roca. La profundidad de los gestos no está en sí mismos sino en lo que representan, lo que sugieren, lo que expresan, lo que transmiten, lo que entregan a la posteridad.

Francisco ha entregado a la posteridad la imagen de un pontífice que accede desde el primer día a su divino cargo con gestos banales, con el desprecio a la liturgia más encumbrada de la Iglesia, con el rechazo de los honores debidos al Vicario de Cristo en la Tierra, con la vulgarización de sus movimientos, vestiduras y presentación; llamando trapos a los ornamentos sagrados, denominando cuentas al rezo de avemarías en esa devoción secular que es el Rosario, diciéndose incapaz de gobernar lo que es obligación específica suya, eliminando de un plumazo siglos de historia.

Es posible que sea este el papa del populismo en la Iglesia. El que se lance a terminar de una vez por todas el último bastión que quedaba de la Liturgia Romana, y que ya ha sido destruido por los atilas de turno en los últimos 40 años en iglesias y parroquias. Es el modernista de las costumbres, una vez instalado el modernismo de la doctrina. Es el cantor de la superficialidad de los gestos, una vez arruinada la profundidad de lo que representaban.

Me temo que estos primeros cien días solamente son la punta del iceberg. Se abre un tiempo impreciso de destrucción masiva, a base de gestos populistas, que tanto atraen a las almas cándidas e inocentes, pero que también gustan a los enemigos del catolicismo secular.

Se acabó hace muchos años la Silla Gestatoria, pero ahora se acaba el sillón sobre un pequeño podio, las zapatillas rojas, la muceta, el canto litúrgico, los grandes sermones, las ceremonias… y un largo etcétera. La Roca sigue estando ahí, pero es una roca conscientemente, alegremente, abiertamente, debilitada.

Si en otro tiempo Jesucristo advirtió a San Francisco de Asís que reconstruyera su Iglesia, habremos de confiar en que Dios quiera ahora llevar a cabo esta nueva reconstrucción, por caminos que sólo Él conocerá.

¡Ven, Señor, Jesús!

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