Una de las más eficaces maneras de acabar con algo es despojarlo de su esencia, desvirtuarlo, desnaturalizarlo… para reconstruirlo enseguida de un modo parecido, pero que ya es realmente distinto. Aquello que la masonería expresaba con su regla ideal: solve et coagula.

Esta estrategia se ha llevado a cabo en los últimos 40 años respecto a la confesión, presentando siempre el siguiente esquema:

1. Se reconoce que la confesión es necesaria, porque todos somos pecadores.

2. Se advierte que no hay que convertirla en un rito mágico que haya que estar haciendo frecuentemente.

3. Se insiste en que la confesión no supone quitar manchas, porque eso convertiría a un Dios misericordioso en un Dios justiciero que está esperando con cierto regusto que nos acusemos ante Él.

4. Basta confesarse cada cierto tiempo, para no vulgarizar el sacramento. Pongamos… ¿un año?

O sea: todos somos pecadores (¿), la confesión nos perdona (¿), no está mal hacerlo de vez en cuando (¿)… pero bueno… tampoco hay que exagerar. Es hermoso pedir perdón a Dios sin tanto “ritualismo”.

Esto se ha hecho en cuanto a la teoría y adoctrinamiento del pobre Pueblo de Dios sojuzgado hasta la mitad del siglo XX por una idea de la confesión trasnochada y mecanicista.

En cuanto a la práctica, se quitaban los confesionarios de las iglesias. Resultaba muy difícil encontrar confesor. Surgió el invento de las confesiones media hora antes de las misas. Pero tampoco duró mucho. Los confesores no estaban ni siquiera entonces. Había que entrar a la sacristía a pedir por favor si alguien podía salir a confesar. Si finalmente el sacerdote (generalmente entre protestas), entraba en el confesionario o confesaba en la silla más cercana (las sillas de psicólogo de las que tanto podríamos hablar…), el penitente asistía atónito a una discreta reconvención consistente en decirle que no era para tanto y que hubiera bastado hacer un acto de contrición para poder acercarse a la comunión. ¡¡Evitemos la rutina!!

El paso del tiempo hizo lo correcto: al final no hay conciencia de pecado (aunque sí de una nebulosa frase que reconoce con la boca pequeña que todos somos pecadores), no hay confesionarios, no hay confesores, no hay penitentes. Salvo raras y contadísimas excepciones en unos y otros lugares, en los que esforzados y santos sacerdotes siempre están disponibles. Las largas colas de comulgantes en las misas, en iglesias que carecen de confesores y confesionarios, pueden ilustrar mejor el tema que tratamos.

Pues bien, ahora, en el ambiente de Nueva Evangelizacion que vivimos, Mons. Fisichiella descubre el Mediterráneo Pastoral: En todas las Diócesis debería haber un lugar en el que se pudiera encontrar un sacerdote 24 horas disponible para confesar. Es como las tiendas 24 horas, para los que tengan ciertas “urgencias”. O como las Farmacias de Guardia. O como el 112 del Samur.

Así podría quedar la publicidad de la Diócesis de turno:

¿Quiere usted confesar? No se preocupe. Tiene usted un servicio 24 horas para acogerle, ayudarle y acompañarle en su arrepentimiento. Le haremos ver que en sucesivas ocasiones, debe usted encontrase consigo mismo, hacer un acto de solidaridad y reconciliarse con Dios. Ya verá usted cómo –en la próxima ocasión–, no se desespera tanto por confesar enseguida y usted mismo se enfrenta a esta situación. Pero ante todo: Ya sabe usted que Dios perdona y no es quisquilloso. No desvalorice usted la misericordia divina que no tiene por qué estar atada a formulaciones rituales.

Todo homologado, testado, aprobado y legislado por la Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización.

A partir de ahora, cambia el catecismo tradicional. Antes hacían falta cinco cosas para confesarse bien. Ahora hará falta solamente saber en dónde está el servicio 24 horas.

Con lo cual, gracias a Mons. Fisichiella, hemos restablecido la confesión.

¡¡La Confesión ha muerto!! ¡¡Viva la Nueva Confesión!!

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