Una vez introducido en la Iglesia el principio democratizador, que se define a sí mismo como la llegada de los nuevos tiempos en que la Autoridad ya no es Piramidal, sino que ahora la base está hacia arriba y por tanto la pirámide está invertida (Kiko Argüello dixit), es necesario que se corrija tal defecto, más propio de tiempos oscuros y fundados en el miedo (Piero Marini dixit) y pasemos a la Edad Dorada en la que la autoridad recaiga sobre el bendito Pueblo de Dios, que es quien realmente ha recibido el mandato de Jesucristo de Gobernar, Pastorear y Regir.

Con estos presupuestos, ya no tiene sentido que los pastores huelan a oveja. Ese sería sólo el primer paso. Porque el desarrollo lógico de las ideas conduce a que las ovejas huelan a pastores. Al fin y al cabo, alguien debe llevar adelante el Rebaño. Y establecido ya por los nuevos Doctores de la Iglesia del siglo XXI en qué sentido hay que entender este grave defecto que venimos sobrellevando desde el siglo I, deberán ser las ovejas las que avisen al pastor de la proximidad del lobo (si es que a ellas les parece lobo, claro está), indicándole asimismo dónde están los buenos pastos, para evitar que el autoritarismo del pastor les impida comer hierba transgénica (que es la que a ellas les encanta).

No es raro por tanto, que en un sentido muy evangélico-protestante, se hayan llenado nuestras plazas de ovejas que predican con autoridad. Por supuesto que los antiguos pastores también pueden predicar cuanto quieran; pero mucho ojo, porque en caso de decir algo incorrecto, anticuado o ya superado, las ovejas de turno le corregirán para que –haciendo su autocrítica fielmente–, vuelvan al redil de las ideas de la pirámide cabeza abajo.

Al revés de lo que Jesucristo proponía, si acaso hay algún pastor perdido, saldrán las 99 ovejas a buscarle para traerlo al redil, y entonces habrá más alegría en el cielo por un pastor que se arrepienta que por 99 ovejas con olor a pastores que no necesitan conversión.

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