El llamado mundo de las redes sociales se va imponiendo, aunque no queramos dejarnos influir por él. Como tantos otros avances tecnológicos, éste participa de la característica de aislar del mundo exterior a todo aquel que no se someta con fidelidad. El peligro de ser una especie de apestado por no tener facebook o twiter acecha en cada momento. Y hasta tal punto llega la cosa, que todo está organizado para que, de tiempo en tiempo, el recalcitrante escéptico que quiere escapar del twiterío, recibe comunicaciones que le hacen saber que “Fulanito quiere compartir contigo su cuenta” y por tanto, “debes crear una nueva cuenta a tu nombre lo antes posible”. Por supuesto, quien se anima a decir que NO, tendrá en un par de semanas un nuevo recordatorio al efecto, a modo de tentación insistente.

Me parece muy bien que los que dependen del mundo de la comunicación y necesitan acaparar un mayor número de oyentes, fanes y participantes, se dejen llevar por esta dictadura opresiva del twiteo. Me parece algo normal (entendiendo los parámetros en que se mueven), que los artistas de cine, los cantantes, los dependientes del famoseo mediático y todos los que de alguna manera van hambreando ser conocidos, utilicen estos sistemas. Gracias a ellos nos podemos enterar de la última pelea que acaban de tener en sus cuentas de twiter el famoso futbolista y la famosa cantante (que parece ser que ya van a dejar de vivir juntos); del más reciente comunicado del político socialista con su ex-mujer (empeñada en recuperar sus bienes tras el divorcio) ; del famoso torero con la famosa nueva novia que a su vez se peleó en twiter con su actual amante. Y digo que me parece muy bien, porque al fin y al cabo la vida de estos personajillos es esa misma que muestran con tan poco pudor: una especie de drogo-dependencia consistente en hablar de sí mismos, sacar a la luz las interioridades más íntimas, provocar el seguimiento en los fans (siempre tan superficiales como ellos), suscitar sentimientos de pena, cariño, rabia, malestar… pero con tal de que nunca se deje de hablar de ellos. Algo así como la telebasura, pero sin cobrar.

A un nivel algo más bajo, los amiguetes que se cuentan toda su vida en las redes sociales, con no menos cantidades de superficialidad que los anteriores, dependen también de este tipo de comunicación. Así te puedes enterar de las películas que le gustan a Fulanito, de las fotografías de Menganito cuando fue a la Ribera Maya con su pareja, de los gustos y extravagancias de Zutanito que hasta nos dice cuáles son sus platos preferidos y cómo le gusta dormir en verano. Otra nueva forma de superficialidad, con menos glamour y menos televisiva, pero con tanta vulgaridad y falta de profundidad como las anteriores.

Y es que en esta moda de compartir todo lo que uno tiene en su haber, bajo la presentación de una mayor cercanía entre amigos, de sencillez y sinceridad de vida, se esconde un tremendo vacío que no se sabe cómo llenar, porque la vida se reduce a eso: comunicar y comunicar pretendiendo no estar sólo, cuando lo que hay es una soledad real difícil de eliminar.Un aburrimiento espiritual de enormes proporciones.

Con estos prolegómenos es fácil deducir lo que se ha querido decir en el título: Parece difícil entender que un Obispo o un Cardenal (generalmente viejo) tenga necesidad de twitear para estar siempre en comunicación con supuestos fanes (generalmente jóvenes) y tenga que recurrir a estos métodos (probablemente de nueva evangelización) para poder catequizar (eso dicen) a sus ovejas. Como si no hubiera métodos mucho más eficaces y mucho más profundos de que un Príncipe de la Iglesia lleve a cabo su misión. Creo que se podría organizar toda una revolución si consiguiéramos que –en lugar de crearse una cuenta en twiter-, cada Obispo permanezca en su Diócesis al menos ¡¡dos meses!! sin salir de ella. O un Cardenal que fuera capaz de no salir de su país de trabajo en ¡¡ tres meses !! Quizá entonces podría estar en su Sede catequizando a los jóvenes (y también dando doctrina a los mayores: que parece que sólo es buen obispo el que le habla a los jóvenes), decir su Misa dominical en su Catedral, confesar en algún confesonario (si queda alguno) y predicar una homilía que previamente se haya preparado. Sí, aunque parezca una utopía.

Un Pastor de Almas no tendría necesidad de twiteos y facebookes si realmente se dedicara a eso: pastorear almas. En cierta ocasión, Jesucristo le dijo a sus apóstoles: no echéis las cosas santas a los cerdos…, queriendo decir probablemente que hay cosas que por su santidad, por su profundidad, por su necesidad de interioridad, por su sacralidad… no admiten ser compartidas de modo tan vulgar y superficial. Las cuestiones que se refieren a la salvación del alma no se airean en twiter ni se comentan alegremente, ni se las expone a un público tan frívolo como el autor. Y el deseo de llegar a todos en el apostolado, pasa por la importancia de llegar ante todo a los que Dios le ha confiado. ¿O es que interesa más tener seguidores de twiter en los países más lejanos, que estar cerca de aquellos a quienes Dios les ha confiado sus almas?

Quizá por esto, anden ahora entre los papables-amados, aquellos que tienen una cuenta en twiter. El público no quiere honduras ni profundidades, sino eso: twiteos con los que “entretenerse”. Un Papa twitero: eso lo que ahora mismo necesita la Cristiandad.

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